EL SUEÑO ESPAÑOL

EL SUEÑO ESPAÑOL
por Albert V. Cătănuș

Prefacio

No me he propuesto hacer en las siguientes páginas una radiografía de la sociedad española, ni siquiera un análisis de la situación de la diáspora de España, simplemente hablaré sobre mí y sobre la gente que tuve la suerte, o la mala suerte, de encontrarme en estos 4 años. Algunos de los hechos son ficticios, y todos los nombres han sido cambiados para proteger a los protagonistas de los eventuales disgustos. Algunos se identificarán con ciertos personajes, o reconocerán en ellos a familiares o vecinos. Pero siempre existirá la pregunta: “¿por qué pasa todo esto, por qué la gente acepta este tratamiento? “. Para mi todas los sucesos contados son nada más que una “fiebre por el oro” del siglo XXI. No hablaré sobre los rumanos de España, generalizaré, escribiré sobre la gente, sobre la naturaleza humana, sobre los motivos que llevan a los cambios bruscos de comportamiento y pensamiento. De mis conversaciones con las diferentes personas que pertenecen a nacionalidades distintas a la rumana me he enterado de que no somos es único pueblo que estuvo necesitado de practicar una semejante “fiebre por el oro”; tanto los españoles como los portugueses tuvieron que abandonar sus hogares para poder encontrar un trabajo decente y bien pagado en los años ’60-’70. Aunque ni los españoles ni los portugueses se han comportado como los rumanos. Por ejemplo, he aquí una pequeña historia. Por culpa de un complejo de circunstancias nefastas, el autocar que me llevó a España me abandonó en el aparcamiento de una gasolinera inmensa situada en una autovía en el corazón del país. Conmigo han sido dejadas allí otras 3 personas: una mujer de aproximadamente treinta y cinco años, que tenía la misma destinación que yo, y otros 2 hombres de más de cuarenta años, vestidos con ropa barata, de esa ropa barata que se encuentra un montón en los puestos de mercado llenos de productos de origen asiática. Estamos en 2003 y el motivo del abandono es simple, el autocar evitaba mi ciudad de destino porque tendría que haber dado un rodeo muy grande. Estaba intrigado, había pagado exactamente hasta Zaragoza. Tenía un estatus de semi ilegal, una especie de persona non grata en el espacio de la Unión Europea de aquel entonces, así que cerré el pico y llamé a mi hermano. La mujer hizo lo mismo, llamó a su marido. Luego puse a mi hermano en contacto con su marido. Las cosas en nuestro caso se arreglaron muy bien. En tres horas mi hermano y el marido de la mujer iban a recogernos en un taxi. Respiré tranquilo. Alegre de que todo había terminado bien me aventuré en una conversación estúpida con la mujer, ni siquiera hoy me acuerdo bien de su nombre , aunque la he visto una sola vez en los últimos cuatro años, sin saludarla, evidentemente. Pero regresemos a los dos hombres en ropa barata. Aún estaban en el aparcamiento. Estaban perplejos, los teléfonos públicos de allí funcionaban con monedas. Les he cambiado un billete de cinco euros y se han puesto a llamar. Eran amigos, se conocían de Rumanía y vinieron aquí juntos a la promesa de un familiar de uno de ellos de que encontrarían rápidamente un lugar de trabajo bien pagado. Trabajaban en construcción. Manitas, sostenían ellos. Uno de ellos llamó a su primo, que le había prometido ayuda incondicional. Este contestó. Se mostró bastante sorprendido por su presencia en España y les pidió que lo llamaran más tarde. Entonces yo me alejé de ellos. Después de media hora entraron, distraídos, en el bar-restaurante donde estaba yo con la mujer. Su primo ya no contestaba al teléfono, aun más, había apagado el teléfono. Estaban desesperados, no hablaban español, no tenían donde quedarse, les quedaba muy poco dinero. En el momento en que mi hermano vino en el taxi, había anochecido, los dos hombres aún estaban esperando abandonados en el aparcamiento y nadie les contestaba al teléfono. Fue entonces cuando me di cuenta del horror en el que me encontraba. Le he contado divertido la historia de los dos amigos traicionados. Sólo más tarde me di cuenta de que la mujer me miraba conmocionada mientras yo contaba la historia riéndome a carcajadas. Entonces me he enterado de que tales historias se repetían frecuentemente, a mi hermano y al marido de la mujer les importaba un bledo el sufrimiento de los dos abandonados. Eran inmunes a semejantes historias, prójimos que abandonaban a sus prójimos. Nada es nuevo, la traición no cuesta nada.

El sello de cincuenta euros

Eran las diez de la noche cuando sonó el teléfono. El jefe me llamaba a su apartamento. Aunque vivía cerca, Costel me acompañó porque yo no conocía muy bien la zona. He llamado al interfono, una voz joven de chica nos contestó en español.
-Sí.
-Somos nosotros, Costel y Alberto.
Entramos, en el salón había dos sillones grandes de imitación de cuero en las cuales yacían tiradas dos jóvenes de máximo veinte años, como dos fajos de paja caídos de un remolque. Una de las chicas, la más alta, hablaba muy ruidosamente al teléfono.
-Co, no te he dicho, co?!… ¿Cuánto más quieres, co? La semana pasada te mandé quinientos euros, déjame de una puñetera vez en paz. Siempre dinero y dinero, vete a trabajar. ¿Yo no tengo! Oyes, ¡¡¡ NO TENGO!!! Colgó el teléfono muy caro y lo tiró sin cuidado en la mesita de cristal que tenían en frente. Vete al diablo, puta.
Mi hermano la preguntó rápido, sonriendo.
-Andrea, ¿otra vez quiere tu madre dinero?
La otra mujer era gordita y con los senos grandes, enormes aun.
-Te he dicho, chica, les has acostumbrado con demasiado dinero, yo no les mando más de tres – cuatrocientos euros al mes.
-No le mando más, puede llorar lo que quiera. Es lo que hace siempre, que se ha quedado sin dinero, que yo puedo ayudarla, que debo ayudarla. ¡No quiero más, ya, stop! Quiero ahorrar dinero. He visto un abrigo de piel muy, muy chulo.
Andreea estaba llena de oro, tenía dos colgantes grandes de oro al cuello, un reloj también de oro, incontables anillos. Yo estaba intrigado, ¿por qué quería a toda costa comprarse un abrigo de piel? Se trataba de esnobismo, me decía a mí mismo, todas las prostitutas quieren imponerse a las demás a través de su ropa. Las prostitutas más distinguidamente vestidas eran las más caras. Sabía, de mi hermano Costel, que mi jefe tenía en este piso dos prostitutas. Al mismo tiempo usaba el piso como oficina.
A Cristina, la hermana del jefe, la conocía de Rumanía. Era enfermera en un hospital. Era amable y siempre afable con todos.
Antes de entrar, Costel me avisó sutilmente al oído.
-Ten cuidado con Cristina, está hecha una hiena.
Cuando entré en la oficina propiamente dicha Cristina me recibió sonriente.
-Albertino, hace un montón de tiempo que no nos vemos. Ji-ji, Dios mío, ¡qué alto eres! El jefe me guiñó el ojo, como de “bienvenido seas en mi reino”.
-Cierra la puerta.
Lo escuché y la cerré de inmediato.
Frente a mí, en la mesa de madera, había un montón de dinero. Mi primer contacto con el dinero del jefe. Sabía que era un mafioso y que se ocupaba con todo tipo de cosas ilegales y peligrosas. Después de que haya cerrado la puerta, los dos empezaron a contar el dinero que apilaban con rapidez. El criterio era simple, los billetes se organizaban según el valor: 20, 50, 100, 200 y 500.
En 3 minutos habían terminado.
-Son sesenta y tres mil y pico.
-Co, cojo yo los billetes de 500, que tengo que hacer un pago a uno, desde hace dos semanas y lo tengo con mentiras. Co, he llegado a creerme mis propias mentiras. Ja-ja-ja.
Se giró hacia mí. Cogió de la mesa un billete de 50 euros.
-Éstos son para ti. Co, ¡saca ese papel! me explicó en dos segundo, el sello del documento que tenía en mano tenía que llegar a otro documento. Me mostró ese documento también. Sé que no es complicado para ti, si lo consigues puedes irte más rápido a casa. No me importa el tiempo que te quedes aquí, yo lo necesito para mañana por la mañana a las diez cuando se vaya mi hermana al banco. Aquí tienes todo lo que necesitas. Con un gesto largo me mostró un escáner, un ordenador de mesa, una impresora, un portátil.
-Esto me lleva diez minutos, le dije muy seguro de mí mismo.
-¡Muy bien, hazlo!
Me senté y empecé a escanear el sello. Me he metido en el bolsillo los 50 euros ganados más rápido en mi vida. Era una cosa de cinco minutos.
– Sică, ¿a quién debes tú hacer el pago a las once de la noche? Cristina parecía preocupada por el destino de los quince mil euros en billetes de 500.
-Co, es un español, no lo conoces. Una vez no tuve dinero para materiales y él me lo prestó.
-¿Te prestó quince mil, Sică? ¿Qué materiales?
-Sí, se me olvidó decirtelo. Unos materiales. Bueno, me voy, paga a los trabajadores y el resto ingrésalo en el banco.
-¿Y con Albertino qué hago?
Se paró en frente de la puerta.
-Alberto vendrá mañana a trabajar aquí, en la oficina. ¿Has oído, Alberto? Mañana a las ocho de la mañana te vienes aquí y ayudas a Cristina con los papeles. Éste es tu trabajo de hoy en adelante.
Salió.
Cristina miraba muy atentamente a la pantalla.
-Que se vayan todos al diablo, Albertino, sólo sellos quieren éstos.
-Ya, he acabado. Cristina, debes comprar una impresora más avanzada, ésta está un poco cansada. ¿Observas la mala resolución que tiene?
Cristina no tenía ni pajolera idea de lo que significaba “resolución”, pero leía en su mirada que entendió qué quería decir.
-Vale, mañana te vienes conmigo a comprar una mejor. La mejor, Albertino. La necesitaremos más. Y me mostró un montón de papeles. Probablemente todas necesitaban sellos.
-¿Te ha dado Sică el dinero?
Me pareció extraño que me preguntara, vió con sus propios ojos cuando el jefe me tendió el billete de 50 euros. Nunca entendí su hipocresía, su falsa compasión.Sólo después de años he llegado a entender su hipocresía.

Trabajaba en la oficina y entró un portugués galopín. Trabajaba en la empresa de mi jefe. Quería dienro para comer. Se había tardado con el pago de las nóminas unos dos meses. Cristina levantó los hombros impotente.
-No tengo, lo siento, estamos en una situación desesperada. Nosotros tampoco recibimos dinero de los contratantes. Espera a ver qué tengo en la cartera. Abrió una cartera enorme, lo sacudió y sacó para el portugués un billete de 10 euros y algunas monedas. Es todo lo que tengo, lo siento mucho, ven mañana. Nosotros estamos también sin un duro desde hace una semana. Casi la creí yo también, era una actriz consagrada.
Apenas había cobrado un cheque gordo, casi setenta mil, estuve personalmente con Cristina al banco unas horas antes para cobrarlo. Debajo de su estudio había una bolsa de plástico negro con setenta mil euros. El portugués me miró triste. Ignoré su mirada y miré a Cristina, quería aprender cómo se puede mentir con tanta convicción. Dí una réplica estúpida, había ya entrado desde hace mucho tiempo en una cadena de debilidades.
-Ven mañana, recibirás todo el dinero.
Después de que el portugués se fuera, salimos a comer por ahi. Me parecía normal comer en un restaurante caro, era mi derecho, me lo había ganado, me había adaptado mejor que el portugués.
Cristina miró satisfecha el resultado de mi trabajo. El sello era perfecto.
-Albertino, eres bueno.
-Eh, casi no es nada. ¿Mañana vengo a las 8?
-No, ven a las 9 que no tenemos mucho trabajo.
Me pareció inútil preguntar por el salario y otros detalles. Estaba seguro de que iba a ser pagado como un rey. Si por un sello recibí cincuenta euros, por otras cosas más complicadas probablemente tenía que recibir por lo menos el doble.
Ahora me entran ganas de reir de mi credulidad, pero todos nos equivocamos, ¿no?

En la obra

Era una mañana cualquiera. Un edificio en forma de U, casi terminado, lleno de trabajadores: españoles, rumanos, marroquís, ecuatorianos, búlgaros, etc. Una armonía casi perfecta, en el tiempo en el cual España necesitaba de mano de obra extranjera. Cualificados o no, necesitaba gente. El mecanismo era simple: los bancos tenían mucho dinero para gastar, así que financiaban la construcción de pisos, que luego vendían más caro a través de los créditos hipotecarios.

El jefe acostumbraba a dar vueltas por los parques de la ciudad para reclutar nuevas fuerzas. Los rumanos que no tenían donde dormir acostumbraban pasarse las noches en la ribera boscosa del Ebro o en los parques grandes. Aquí encontraba en abundancia “materia prima”: casi todos pretendían ser manitas o, por lo menos, haber trabajado en construcciones. La verdad es que al jefe no le importaba mucho su preparación profesional, a él sólo le importaba cumplir los requisitos del jefe de obra: “Tráeme cinco hombres para un mes, dos oficiales de primera y tres peones!”, “Tráeme tres más para la limpieza.” Y así seguidamente. Se les entregaba un mono, un casco, un par de botas, a lo mejor un par o dos de guantes, y se les mandaban a trabajar en la obra. Ninguno tenía la documentación necesaria pero éste no era un problema. El jefe de obra aceptaba tácitamente que esos ilegales entraran en su obra, estando presionado por el término de la obra, el banco estaba contento de que los pisos se venderían, el estado estaba contento también de cobrar las tasas e impuestos aferentes. Los trabajadores recogidos de por los parques podían también mandar a casa un puñado de euros. Era un círculo vicioso en el cual todo el mundo ganaba. La felicidad llegaba a cotas máximas. España se dirigía con pasos acelerados hacia el octavo puesto en la jerarquía mundial. La economía se basaba en principio en turismo y construcciones. Así que absolutamente todos los rumanos que venían a España eran ingenieros, maestros, oficiales de primera o peones. Rumanía mandaba a España sólo constructores. Me entraba la risa cuando pensaba que más del 80% de ellos no habían sujetado una paleta en mano en Rumanía.
Éste era el caso de los cuatro rumanos de etnia rroma (gitanos) que se mezclaron con nosotros esa mañana en el vestuario.
-Dame, hermano, a mí también un casco, me dijo uno de ellos con un atrevimiento específico.
-Echa un ojo allí, y le enseñé un lugar detrás de una sofá de madera donde se acostumbraba a tirar los cascos usados.
Eligió una amarilla, y se la colocó de manera chulesca en la cabeza.
-¿Cómo me sienta, eh?
-Eres guapo, ¡que se muera mi madre!
Rió mellado.
Estábamos casi treinta rumanos de la empresa del jefe en aquella obra. Empresa de construcciones suena muy pomposo. Se trataba de una oficina, dos secretarias, un almacén de herramientas, quince, veinte coches de segunda mano, o de quinta mano en los cuales los trabajadores iban hacia diferentes trabajos cada mañana, y esto es casi todo. Aaa, y por supuesto, los casi ciento cincuenta trabajadores. “La empresa de construcciones” se ocupaba con prestar los trabajadores, con enviarlos a diferentes y variados lugares de trabajo por toda España. De hecho, “la empresa de construcciones” del jefe no construía nada desde los cimientos hasta el techo, sólo alquilaba la mano de obra a otras empresas mayores. Era una práctica muy utilizada en España, muchos rumanos se privatizaron de este modo. De todos estos trabajadores aproximadamente el 90% eran rumanos, y aproximadamente el 10% tenían los documentos legales para poder trabajar.
De los treinta rumanos era responsable un hombre alto y delgado, por su nombre de bautizo Vali. Vali Căpşună. Con una desfachatez fantástica, hablaba defectuosamente el español y acostumbraba a chillar a todo el mundo. Incluido al jefe de obra español. Cualquiera que fuera. Sólo faltaba que le dieran un látigo y tendríamos una plantación llena de rumanos encima de los cuales sólo se oirían los gritos histéricos de Căpşună.
Căpşună llevaba siempre consigo, debajo del brazo, un cuaderno grande, pasaba lista tres veces al día y se sentía excelente cuando podía humillar a alguien. Sin embargo, tenía una debilidad. Era fácil de manipular si los subalternos le hacían la pelota. Bueno, ex caporal en la mili después de la Revolución, acostumbraba a pedir cualquier cosa gritando. Chillaba en el teléfono, chillaba en la mesa, chillaba sentado en el WC, chillaba desde el tejado del edificio. Le gustaba imponerse a través de los gritos y, evidentemente, chillaba a su mujer, a su hermana, a sus familiares, a todo el mundo. Estaba entusiasmado cuando el jefe de obra le llamaba y le pedía dos o tres hombres para cualquier trabajo obligatorio y gratuito. Para imponer, abría el cuaderno y elegía a sus víctimas. Luego empezaba a gritar sus nombres como un desesperado, en toda la obra. Cuando los infelices llegaban delante de él, eran tratados como esclavos. Repito, sólo le faltaba el látigo y el acento texano.
Căpşună se acercó a los cuatro recién llegados como un gavilán alrededor de los pollos.
-Vosotros ¿qué sabéis hacer?
Los cuatro se miraron el uno al otro, se juntaron y levantaron los hombros. Es decir, nada.
Căpşună cogió coraje, era el momento para demostrar su superioridad.
-Me cago en Dios, ¿¿¿otra vez peones??? Casi la mitad de los trabajadores que se hallaban en el vestuario no entendieron el insulto de Căpşună. Luego empezó a interrogarlos de manera amenazante.
-¿Cuándo os trajo el jefe a vosotros? Sólo no cualificados me trae. Yo necesito aquí oficiales de primera, por mi polla. Todo el mundo sabe barrer, necesito trabajadores cualificados.
Hablaba como si todos los pisos de esa obra se construyesen para él.
Uno de los cuatro replicó tímidamente.
-Pero no grites así, hermano, que por tu polla que gritas mucho!
Căpşună les dio la espalda. Era muy descontento, alguien intentaba mellarle la autoridad. Gritó a otro trabajador de etnia rroma.
-Co, Luchiaaaaan! Éstos son de los tuyos, co!
El gitano se presentó rápidamente ante él, estudiando con atención a los cuatro.
-¿De dónde sois vosotros, co?
-Anda, déjalos, Luchian, que ahora tengo trabajo, galleó el ex caporal.
Căpşună abrió el cuaderno pensando en voz alta. Era un truco con el cual buscaba impresionar.
-¿Dónde os meto a vosotros también? Miraba al techo, en el cuaderno, y luego a los cuatro, y así seguidamente.
De repente se puso de pié.
-¿Dónde os meto?
Tras un momento de inspiración continuó con el delirio de los gritos.
-Juáaaaaaaaan! Cógete a estos dos contigo para los ladrillos. Mira a ver si hacen bien el trabajo, y me avisas. Los vuelo de inmediato. Entre los dos estaba el que intento bajarle el tono de la voz minutos antes. Căpşună ya tenía su venganza, “los ladrillos” era un trabajo extenuante.
Aún quedaban dos trabajadores.
-Albertoooooooooo!
Estaba fumando tranquilamente con Victoraş en un rincón del vestuario que apestaba a pies sudados, calcetines infectos, ropa sucia y botas sin lavar desde hace meses. Era una peste casi sofocante pero ya nos habíamos acostumbrado todos.
-Sí, Căpşună!
-Coge a estos dos contigo para barrer. Si no hacen buen trabajo, me llamas. Miró bizcamente a los dos. Co, aquí no te va engañando, todo el mundo trabaja, por mi polla, has entendido?
-Trabajamos, jefe, que viva tu familia, como no trabajar? Porque por eso vinimos aquí, para trabajar, qué cojones?!
Los dos eran cuñados. De Argeş (distrito ubicado en la zona centro-meridional de Rumanía). Tenían cadenas gruesas de oro colgando del cuello y grandes anillos en los dedos.
Les di dos escobas grandes y los mandé a un piso en el bajo para que hicieran limpieza allí.
-Co, nos os quedéis quietos, que si viene Căpşună sin avisar y os pilla os manda a casa andando!
-¿Cómo quedarnos quietos, co? ¿Estás mal de la cabeza? Nosotros vinimos aquí para trabajar, no para tocarnos los cojones.
-Sólo os he avisado, nada más.
Los miré sin mucha confianza. Tenía algunos amigos gitanos a los cuales no los cambiaría ni por todos los ministros del Palacio Victoria (sede del Gobierno de Rumanía, en Bucarest), pero estos dos me parecieron sospechosos. Las cadenas de oro de sus cuellos, en vez de tranquilizarme, me han levantado dudas. Los miraba como estudiaban distraídos las escobas en dotación. Probablemente esa era la primera vez en sus vidas que pisaban una obra para trabajar. Tenían móviles caros y hablaban entre ellos como si estuviesen en inspección aquí. Un amigo de Brăila (distrito en el sureste de Rumanía), Mariano, se me acercó. Me indicó con la mirada a los dos. Estaba claro, a él también le parecieron sospechosos. Podían ser proxenetas con problemas o unos ladrones que se escondían. O sólo el diablo sabe qué podían ser, pero no parecían trabajadores recogidos del parque por el jefe, o venidos en autobús de Rumanía para partirse el lomo en las obras españolas. Tenían la piel muy suave en las manos. Marian me dijo pasando.
-Voy a cogerme el pasaporte del vestuario, estos gitanos parecen peligrosos.
Casi todos llevábamos el pasaporte encima, aunque el riesgo de nos parara la policía en la calle era muy alto, y en base al documento de identidad podíamos ser expulsados a Rumanía más fácilmente. Pero no tomábamos en cuenta este riesgo.
-Espera que voy contigo.
Podían ser ladrones de pasaportes. Marian tenía razón, así que lo seguí al vestuario para buscar en los vaqueros que había dejado en armario el pasaporte rojo en el que ponía con letras grandes doradas “ROMÂNIA”.
Teníamos que ser cautos. Nuestro enemigo número uno no era el policía español, no lo fue nunca, nuestro adversario principal era el propio connacional, el que te robaba el pasaporte, el tabaco, las herramientas de trabajo, el trabajo o la comida de la nevera.
Me cogí el pasaporte de los vaqueros y salí al patio interior del edificio. Hacía una mañana estupenda.
Me puse “Paraziţii” en los auriculares – “Vicios”, me he encendido un cigarrillo y me puse a barrer con rabia. Seguí con la mirada a los dos recién llegados de los cuales respondía. A través de la ventana se veían trabajar. Victoraş estaba a mi lado con su eterna sonrisa en los labios. Me señaló que me quitara los auriculares.
-¿Quiénes son estas voladoras del bajo?
-No lo sé, es el primer día aquí.
-Dame un cigarrillo.
Se lo di.
-Difícil con el dinero…suspiró y empezó a barrer vigorosamente alrededor de él.
De vez en cuando levantaba los ojos para mirar alrededor de mí. Todo estaba bien. Unos marroquíes cubrían una pared con mortero. Los saludé, ellos me saludaron también. Busqué con la mirada a los dos recién llegados. Estaban trabajando.
Por donde estaba yo pasó Căpşună. Andaba deprisa y hablaba alto al móvil. Sujetaba en la mano el imprescindible cuaderno. Me quité los auriculares y le dije a Victoraş.
-A éste pronto le va a dar un ataque de nervios.
Victoraş me miró largamente.
-Que se vaya al diablo de alto. Quería despedirme. Le dijo al jefe que yo era vago y que sólo valgo para chófer.
Yo barría lentamente y sin ganas. Estaba pensando en la pausa para la comida y en el hecho de que sólo tenía unos sándwiches para pasar el día. Iba a hacer calor, el otro día también hizo mucho calor. De hecho, aquí hace siempre calor. He tanteado discretamente el pasaporte, estaba en su sitio. A veces tenía la sensación de que las cosas desaparecen simplemente. No había perdido nada en mi vida. Pero ¿qué perder?
Paraziţii tenían razón: la vida significa una amalgama de gente llena de vicios juntados en un lugar.
Victoraş sonreía y barría también. Sólo sonrientes en esta obra. Me hizo señal a que le ayudara a levantar una vara pesada dejada aleatoriamente por una de las grúas-torre.
Me acerqué y levanté la vara con las dos manos. Pesaba mucho, muchísimo, probablemente algo así como setenta kilos. En Rumanía, los ladrones de hierro la habrían transformado en dinero en unas pocas horas. Pero no aquí. En España, los materiales de construcción yacen tirados por doquiera. Por cada edificio de 8 pisos construido puedes hacer un chalet bonito con los materiales dejados al azar. Y si no eres demasiado pretencioso, puede hacer hasta dos. Pero en fin, depende de ti.
Todos estos pensamientos pasaban por mi cabeza mientras movía con Victoraş la vara pesada de hierro. Rumanía se había quedado lejos con los salarios de mierda y con todos los rumanos que apenas sobreviven con lo que ganan. Aquí estamos en el Occidente, aquí todos salimos a relajarnos después de un día de trabajo, tomando una cerveza o un café en un bar.
Retomé mi actividad mientras intentaba vigilar a los recién llegados. Durante unos dos minutos no había alzado la mirada del vaivén de la escoba. Barría vigorosamente, como si esperara en el dormitorio a los huéspedes que me iban a felicitar por la limpieza ejemplar de mi casa. Noté en el ambiente un movimiento extraño. Algo raro, como un fenómeno meteorológico que aparece una vez cada cien años. Levanté la mirada. A unos metros de mí estaba un hombre con una camiseta naranja, con una carpeta en la mano izquierda y una riñonera negra sujeta al cinturón de los pantalones de tela.
En principio pensé que era otro jefe de la obra, que pasaba mucho tiempo en la oficina, en fin, alguien de la inspección de trabajo, aunque no tenía el casco reglamentar. Parecía muy seguro de sí mismo, como si hubiese estado mil veces en esa obra de las periferias. Se acercó a Victoraş porque él estaba más cerca. Victoraş, a pesar de los siete meses que hacía que estaba en España, no sabía más de veinticinco, treinta palabras en español y algunas frases muy cortas, usuales. Pero, como todos los rumanos que no hablaban fluentemente español, pretendía que entiende casi perfectamente. Algo fuera de lo normal: el extraño casi calvo preguntó algo a Victoraş casi susurrando. Victoraş lo miró algo contrariado, algo así como “¿Qué coño quieres tú a esta hora? ¿No ves la hora que es? ¡Es casi la hora de descanso!” y sugirió con la cabeza que no entiende. El extraño no se impacientó, sacó del bolsillo algo que no pudimos distinguir qué era, parecía una legitimación, y se la enseño a Victoraş. Luego escuché claramente.
-¿Dónde stá el encargado?
Victoraş miró hipnotizado el objeto de la mano del extraño alto y delgado y le contestó mitad en rumano, mitad en español.
-No ştiu. Era por aquí. (No lo sé, estaba por aquí.) Señalando vagamente el edificio que tenía en frente.
Ya tenía un color extraño en la cara. A mí me entraba risa por aquel “era por aquí”. La camiseta naranja se volvió hacia el edificio indicado. Victoraş se me acercó y me susurró horrorizado.
-La hemos jodido. La Policía.
Aunque me habló susurrando, tuve la impresión de que todos los de la obra habían oído. En el siguiente instante vi escurriéndose, por la entrada en forma de U de los tres edificios, un policía de la Nacional (Policía Nacional). Luego otro, y otro, y otro más. Sólo entonces me di cuenta de que era grave y que el tío en camiseta naranja le había enseñado a Victoraş la legitimación de policía. Paré de barrer. En los próximos diez segundos todos los radiales de la obra se pararon bruscamente. Parecía que alguien había interrumpido todos los circuitos vitales de la obra. Encima de todo se dejó un silencio extraño, pesado.
¿Existe alguna escapatoria?
De repente Marian aparecío junto a mí. Tenía una cara de condenado a muerte. Extremadamente asustado.
-Estamos rodeados. Toda la obra está rodeada. Fuera hay por lo menos diez furgonetas azules y dos cordones de policías alrededor de la obra. No tenemos donde huír.
Procesé la avalancha de informaciones con dificultad. ¿Qué quieren todos estos policías de nosotros? Porque no habíamos robado nada. De repente tuve la revelación. Un marroquí se dió prisa hacia el policía calvo agitando asustado el permiso de trabajo para que lo viera.
-¡Tengo la residencia! Casi gimoteaba.
Así que es ésto lo que quieren. Quieren cazar a los sin papeles.
Estoy acabado. No tengo nada en regla, no tengo nada legal. Estoy aquí desde hace más de nueve meses, la visa sólo me cubrió los primeros tres meses de estancia. Tragué en seco mirando con envidia el documento plastificado que el marroquí tenía en mano. Nunca en mi vida tendré una cosa así, ni siquiera si me vendiera un riñón.
Marian me dió un codazo en el costado.
-Huyamos al sótano.
Ya tenía la impresión de que estábamos en una peli de piratas. Pero Marian tenía razón, se podía pensar en huir: el patio interior desordenado, policías vestidos de civil, policías vestidos de uniforme, jefes, rumanos, españoles, ecuatorianos, porras de goma, un montón de idiomas. Y, sobre todo, parecía que nadie sabía cuál iba a ser el siguiente movimiento.
-¡Coge un montante en los hombros y haz como que tienes trabajo!
Levanté un montante usado y lleno de cemento y lo seguí despreocupado. Nos filtramos por entre el montón de gente confusa y bajamos rápidamente las escaleras que llevaban al sótano, allí donde se hallaban los trasteros de los futuros locatarios, y el aparcamiento subterráneo.
Marian iba por delante de mí. No podía verle los ojos. ¿Existe escapatoria? Hace siete minutos barría tranquilamente pensando en los sándwiches y ahora estoy acosado por la policía en un sótano. ¡Ay de tu vida, Alberto!
-¡Para! ¿Qué hacéis aquí?
En la casi oscuridad del sótano observé el chaleco reflectante de la gorila que nos había gritado. En él ponía con letras grandes de imprenta “POLICIA”. Nos había pillado.
Marian se quedó bloqueado al instante y sólo pudo replicar algo estúpido en el más puro rumano.
– Şi noi pe aici… (Aquí estamos…)
El policía gigante nos miró con desconfianza. Éramos sospechosos con esos montantes en los hombros aún más cuando tenía lugar una redada de la policía. Ese gigante con chaleco reflectante parecía saber más que nosotros.
-¡Todo el mundo fuera! ¡Tenéis que parar el trabajo! Con un gesto autoritario nos mostró a través de la difusa oscuridad, las escaleras que llevaban a la superficie.
Tiramos los montantes de los hombros. Nuestra estrategia había fallado. Ya no tenía ganas de jugar a los policías y ladrones. ¿Qué podían hacernos? Mandarnos a Rumanía. Bueno, ¿y? pagarnos el billete de avión al regresar a Rumanía. ¿Pero ellos no han oído hablar de la estafa? ¡Ja-ja!
Parecía que pensábamos igual. Marian también tiró el montante del hombro, renunciando así al divertido disfraz.
-Éstos quieren mandarnos a Rumanía en avión. Una pena que no hayamos cobrado.
Fue entonces que me di cuenta de la tragedia: el jefe nos debía el dinero por casi tres meses de trabajo. Los siguientes tres días tenía que empezar a hacer los primeros pagos. Espera a ver que no nos dará nada de dinero, este chulo. Marián estaba en la misma situación, sólo que él tenía que cobrar unos cientos de euros más que yo. Él tenía que cobrar, yo tenía que cobrar, todos teníamos que cobrar.
-Ojalá hubieran esperado hasta que cobráramos.
-Msí. Sólo eso pude decir, un msí anémico. La situación no era nada rosa. Sin dinero y rodeados por los policías.
Cuando subimos a la luz del día las cosas habían empezado a organizarse. Los trabajadores fueron dispuestos por nacionalidades. Rumanos, españoles, marroquíes, ecuatorianos, búlgaros, georgianos. Los rumanos eran los más numerosos.
El encargado era un tío extravagante. Tenía los brazos llenos de tatuajes, venía a trabajar en una moto ruidosa, llevaba siempre gafas de sol y se machacaba en el gimnasio después del trabajo. Ahora estaba en el grupo de los rumanos y tenía una fuerte discusión con Căpşună.
-Me han dicho que se ha robado una paleta de yeso.
Căpşună, aunque era un gorrón notorio, no era nada tonto.
-Me cago en Dios. ¿Toda esa policía por una paleta de yeso? ¡No me jodas! No me lo trago, José Armando!
El tío calvo junto con una mujer muy habladora se pasaron por cada grupo. Les pedían los documentos de residencia. En breve tenían que llegar a nuestro grupo. Intenté contarlos a todos. Sabía que en el toque de por la mañana estábamos treinta y cinco. Ahora no podía contar más de veintinueve. Los cinco marroquíes escaparon en seguida. Todos tenían los papeles en regla. Estaban, sin embargo, bastante traumatizados por el número de los policías. Igual que los tres búlgaros. Los problemas empezaron con el grupo de ecuatorianos. Dos de ellos fueron apartados y acompañados por los policías en azul marino.
Se nos acercaban. Yo estaba relajado. Me veía haciendo bromas en el avión, con mis amigos de la obra. Iba a ser cojonudo. Probablemente íbamos a aterrizar en Otopeni (uno de los dos aeropuertos de Bucarest). En un final, la mujer habladora y el calvo de naranja llegaron donde estábamos nosotros. Nos dispusieron formando un cuadrado. La camiseta naranja preguntó quién era el jefe. Căpşună saltó.
-Yo soy el que manda para los rumanos. Al español calvo no le gustó nada la actitud del rumano. Lo miró casi con desprecio. Entonces intervino José-Armando, que miraba distraído.
-Él es el jefe. Hable con él.
El calvo nos escaneó con la mirada haciendo abstracción de José-Armando y Căpşună.
-¿Quién de vosotros tiene la documentación?
Silencio. Algunos de nosotros no entendían nada, otros, entre los cuales estaba yo también, hemos callado, porque no teníamos, y una respuesta negativa hubiera sido fútil. El calvo de naranja repitió, matizando la pregunta.
-¿Quién de vosotros tiene papeles?
Algunos de los que estaban a su lado levantaron los hombros, probablemente porque habían entendido. El término de “papeles” les era familiar a todos los rumanos de España. He callado esta vez también. Y a la vez que yo, todos los demás. La camiseta naranja se volvió bruscamente hacia Căpşună.
-Pregúntalos en rumano quién tiene papeles.
De repente Căpşună se sintió el ciudadano más importante de la obra. Se volvió con la cara hacia nosotros y se puso al lado de la camiseta naranja y la mujer habladora.
– Ia spuneţi: cine dintre voi are acte? (Decirme, ¿cuál de vosotros tiene papeles?) Puso la pregunta de tal manera que parecía que era él el que llevaba la anqueta.
Sabía que absolutamente nadie tenía papeles, pero se tenían que guardar ciertas aparencias. No podían ser veintinueve ilegales de veintinueve.
Uno de los trabajadores rumanos respondió en rumano.
-Yo tengo oferta de trabajo. ¿Está bien?
“Oferta de trabajo” no valía como permiso de trabajo. Era un documento sin mucho valor legal a través del cual una empresa de España establecía un pre-contrato para un trabajador no residente, y lo entregaba en la Oficina INAEM. En la mayoría de los casos, más o menos el 70-80% de las ofertas, resultaba en un contrato de trabajo válido. Pero los trámites de los expedientes duraban mucho, entre seis meses y un año. Además, el jefe de nuestra empresa cobraba a cada trabajador al que le hacía “oferta de trabajo” sumad de entre seiscientos y mil quinientos euros.
El policía naranja miró con confianza al rumano que tenía oferta de trabajo.
-¿Alguien más tiene oferta de trabajo?
Otros dos trabajadores levantaron la mano, Căpşună incluido.
Había trabajado en la oficina del jefe. Sabía que no tenían ningún valor, teoréticamente. Sólo podías trabajar después de la resolución positiva de la “oferta de trabajo”. Pero aún así era algo valioso, no podías ser expulsado si tenías la célebre “oferta de trabajo” y tenías la tan mala suerte de topar con la policía. Pero en cualquier caso no podías trabajar sólo con el pre-contrato.
La camiseta amarilla nos contó de nuevo.
-¿Los demás no tenéis nada?
Silencio de nuevo. Nadie dijo nada. Cero. Nada.
-Bueno, pues. ¡Todos a los coches!
Enseguida, alrededor de nosotros, se amontonaron policías en uniformes azules.
-En filas de dos. Nos pidieron los uniformados.
En nuestra inconsciencia, Marián y yo, nos colocamos los primeros de la fila. Mari´sn me sonrió tranquilo y dijo para que lo oyéramos todos.
-¡En filas de dos y a la escuela de auxilio!
Algunos se han reído, entre los cuales yo también. Era una broma estúpida, pero servía para liberar la tensión.
Salimos de entre los edificios. Los otros trabajadores “legales” miraban nuestras filas como si de una procesión de condenados a morir se tratara. No estábamos encadenados, pero me sentía más que encadenado, sentía que tenía cadenas en los pies. A los balcones de los otros edificios se asomaron cabezas de españoles y miraban las filas de los condenados a muerte. Uno de ellos, no le vi la cara y tampoco le reconocí alguna vez la voz, gritó fuerte.
-¡Suerte, muchachos! Las dos palabras pasaron como una corriente eléctrica entre nuestra fila y la de los guardias azules.
De pronto me puse nervioso. Me estaba yendo a la prisión y ese pensamiento me asustó súbitamente. En la prisión nadie te sirve bizcochos y té, allí hay criminales, malhechores y policías que quieren tenerte en la sombra años enteros. Soy malhechor, ¡maldita sea! No quiero pasarme la juventud en una celda porque quise ganarme trabajando mil euros al mes. ¿Por qué me pasan a mí todos los apuros?
Un policía a mi lado se percató del momento difícil. Probablemente me había puesto blanco de tanto estrés. Era mayor y parecía que participaba a diario en redadas como ésta.
-No te preocupes, chaval. En dos horas estarás libre.
Esperanza. Era exactamente lo que necesitaba. Me he dado ánimos a mí mismo. Sí, es una confusión, me soltarán en dos horas. Soy una persona honesta, inteligente y bromista. Los tíos como yo no acaban en una prisión.
Cuando llegué a las furgonetas azules de la policía, que estaban entre los edificios, observé que casi en todas las ventanas había trabajadores que nos miraban. Uno de los guardias abrió del todo la puerta de metal de la furgoneta y pronunció un “¡Vamos!”. Casi fuerte este “vamos”, señal de que sólo los chicos malos van en la furgoneta de le policía. Esto me encantó, toda la vida quise ser un chico malo, bad boy for life. Y mira que ahora iba en la furgoneta de la policía, tenía de que alardear en Brăila.
Subimos seis en cada furgoneta. Cerraron fuerte las puertas y arrancaron hacia la Jefatura de Zaragoza. Sin sirenas.
En la furgoneta hacía calor y empezamos a bromear entre nosotros.
-Está chulo este taxi.
-Yo ya he llegado. Para, señor, que ésta es mi calle.
Miraba sin parar por la ventana enrejada, quería darme cuenta de dónde estábamos y cuánto faltaba hasta llegar a la Jefatura.
Las furgonetas entraron en el sótano.
Todos habíamos visto muchas películas americanas, y yo, con mi inocencia, esperaba que la embajada de Rumanía enviara a un representante a que nos sacara de la prisión. Éramos, sin embargo, veintinueve rumanos, podían mandar a un abogado, o al menos a un representante para todos. Pero los oficiales no mandaron ni siquiera una almohada, ni siquiera una manta a los sótanos de la policía de Zaragoza para los casi treinta ciudadanos rumanos. Los mismos ciudadanos que cada año enviaban miles de millones de euros a Rumanía. Por lo menos por esos montones de dinero podían haber hecho una llamada. Me dio vergüenza que era rumano, aún me sigue dando vergüenza.

En los sótanos de la policía
Hemos aglomerado rápido los pasillos estrechos del sótano. Risas, palabras susurradas en rumano. Nos animábamos los unos a los otros. Junto a mí se acercaron Victoraş, Cocostârc y Marián.
-Yo me quedo contigo, Alberto, para que me traduzcas qué dicen éstos. No pensaba que iba a acabar en la sombra, aún menos aquí en España.
Victoraş estaba convencido de que íbamos a pernoctar en una celda, yo estaba mucho más optimista. Luego nos llamaron para hacer declaraciones, una especie de interrogatorio. “Interrogatorio” suena duro y peligroso. Pero no se trataba de un juego, Victoraş parecía tener razón, pasaremos la noche aquí en una celda, me dije. Cuando entré en la oficina donde se tomaban declaraciones, reconocí al calvo en camiseta amarilla. Había dos mujeres más, una de ellas me pareció rumana.
La camiseta amarilla empezó a hablar. Se volvió hacia la que parecía rumana.
-Pregúntale si sabe hablar castellano, por favor.
No esperé a que la traductora me preguntara, y respondí hacia la camiseta amarilla.
-Hablo muy bien castellano.
La camiseta amarilla tenía una sonrisa tierna. Podía ser mi padre.
-¿Sabes leer y escribir, también?
-Toma este papel. Lee atentamente. Son las acusaciones. Si tienes algo que declarar, te escucho. Y después fírmalo.
Cogí el papel. Lo leí rápidamente. Eran dos cargos. El primero, el incumplimiento de la ley de extranjería de 1999, y el segundo era la falsificación del contrato de trabajo. Tragué en seco. Había hecho muchos expedientes con contratos de trabajo ficticios para los trabajadores del jefe. ¡Me han pillado! ¡Maldita sea, me esperaban siete años de prisión en España! Tengo veintiséis años, a los treinta y tres saldré. Exactamente como Jesús. Pero ¿cómo demonios llegaron a mí? ¿Quién me ha delatado? ¿O nos escucharon los teléfonos? De repente me di cuenta de que podía estar hablando en voz alta. Me ardía la cara. Firmé en seguida.
-No tengo nada que decir. Hasta luego. Y salí con una copia de mis acusaciones en el bolsillo.
En el pasillo me derrumbé en un banco azul pequeño. Tuve la impresión de haber donado dos litros de sangre en los cinco minutos que había estado en la oficina. Me saqué de nuevo el papel del bolsillo. Hmmmmm! La ley de extranjería del ’99 la incumplí, sí, normal, me parecía correcto que me acusaran de su incumplimiento, porque había superado los tres meses previstas en la visa de mi pasaporte color encarnado. Pero ¿cómo coño se dieron éstos cuenta de que había falsificado contratos de trabajo? ¿Nos pincharon los teléfonos? ¿Nos ha delatado el jefe, para lavarse las manos? Imposible. Sică no delataría. Pero ¿cómo nos han pillado tan rápido?
Pero me vino una idea genial. Victoraş estaba a mi lado, ni siquiera se dio cuenta cuando me derrumbé a su lado en el banco azul, porque hablaba solo y miraba perdido el armario azul pequeño que tenía enfrente, como a un confidente todopoderoso.
– ¡Victoraş!
Nada. Hablaba solo sobre su madre a una audiencia invisible. Me entró la risa.
-Co, ¡Victoraş!
-¡Sí, Alberto!
-Dame tu papel con las acusaciones.
Me lo dio. Estaba acusado, como yo, de los mismos delitos: la ley de extranjería del ’99 y falsificación. Quise asegurarme. Salté del banco pidiendo el papel con las acusaciones de Leonard. Lo mismo. Respiré tranquilo. Los policías españoles no tenía ni la más remota idea sobre mi implicación. Nos acusaron a todos de falsificación, lo que me pareció de risa, algunos de los rumanos eran semi analfabetos.
-¡Alberto!
Oí mi nombre llamado en un español perfecto. Cuando me di la vuelta, frente a mí estaba un tío en traje, más o menos de mi edad, con una cartera negra chic en la mano izquierda.
Respondí en español con mi acento cojo.
-Sí, soy yo.
-Me llamo Sergio. Soy tu abogado.
Me tendió una mano blanda que le estreché moderadamente. Con la camiseta sucia, sudado, lleno de polvo en la cara y en el pelo, con unas botas rotas y muy sucias. No inspiraba mucha confianza a un abogado. De hecho, no inspiraba mucha confianza a nadie.
En dos minutos me explicó que era mi abogado de oficio y que sentía mucho mi tan desagradable experiencia, y que mañana a primera hora me sacará del sótano. Hablaba muy deprisa y tuve que hacer un esfuerzo adicional para comprenderlo. Pero de todas formas, era un gran paso, tenía abogado. Y era uno muy confiado.
-No entiendo por qué estás acusado de falsificación. Esto es demasiado. Creo que todos tenéis la misma acusación.
-Sí, todos tenemos lo mismo.
-Bueno, pues, Alberto, mañana por la mañana saldrás de aquí. Luego, urgentemente, Alberto, préstame atención, te vienes a mi oficina para preparar los papeles del recurso. Me tendió una tarjeta de visita. No te olvides, tienes que venir mañana. Es imprescindible el recurso.
-Vale, Sergio.
-¡Suerte, Alberto!
-¡Muchas gracias!
-¡Hasta mañana!
-¡Hasta mañana!
Victoraş, que no se había ido de mi lado, escuchó con atención la conversación. Bueno, lo que entendió. Cuando vio que Sergio se había ido, se precipitó caóticamente hacia mí.
-Pregúntale si nos saca a nosotros también.
“Nosotros” era un término muy general. Probablemente se refería sólo a él.
Llamé a Sergio y le conté que Victoraş estaba en la misma situación que yo, pero que para él no se había presentado aún ningún abogado de oficio. ¿Puede salir él también mañana, conmigo? Sergio pidió detalles. Se los di. El problema de Victoraş es que había tenido una desviación tres semanas antes. Lo habían pillado sin documentos legales en un control rutinario (por culpa de su ropa de Rumanía), pero le habían soltado el mismo día. Pero según me explicó Victoraş, ningún abogado presentó recurso a la policía de Zaragoza, y ahora Victoraş estaba en la ingrata situación de ser acusado, dentro de tres semanas, del mismo delito. Su destino parecía sellado. No había presentado recurso, lo sabía muy seguro. Se desplomó en la silla. Regresará a Rumanía donde morirá de hambre. Empezó a llorar. El ex presidiario había perdido cualquier esperanza.
-¡Ay, de mi vida! Ay, de mi vida, madre.
Me dio pena. Sergio se alejó de nuestro banco marcado por las lágrimas del viejo. Era más que un abogado, sentí un amigo.
Después de que cada uno recibiera los papeles con las acusaciones, nos llevaron a hacernos fotos y a tomarnos la huella digital. Los que teníamos los pasaportes con nosotros los entregamos a los policías. Nos confiscaron los cordones de las botas, los cinturones, los bolígrafos, los mecheros, las cadenas del cuello, todos los objetos personales que pudieran ayudarnos en una eventual agresión o suicidio. El procedimiento estándar, de todas formas.
Todos estos objetos los metieron en saquitos etiquetados con el nombre de cada uno. Luego nos dieron a cada uno una almohada dura y una manta pequeña y nos metieron a todos en una celda inmensa. Aquí ya se había hecho un ruido infernal. No oía nada, ya no entendía rumano, ni español. No sabía qué hora era, si la hora de la comida había pasado hace mucho o es ya de noche, porque estaba en el sótano, sin ventanas y con la luz encendida permanentemente.
En un momento dado un amigo de la celda me pidió que llamara a un guardia. En un rincón de la celda, un ex inquilino había defecado con pico, bastante estético, podría decir.
-¿Cómo se dice “gardian” en español?
-“Guardia”, repliqué. Y me puse a gritar bastante fuerte. ¡Oye! ¡Guardia! ¡Hay una mierda aquí!
Nos mudaron en otra celda igual de grande. Los guardias españoles estaban bastante irónicos con nosotros. Nos propusieron traernos un balón de fútbol y hacer dos equipos de fútbol con reservas incluidas. Era fan de Barcelona, recordaba que Gică Popescu había jugado de antaño en su equipo favorito, y que era rumano también. Me reí bastante fuerte, igual que el resto de los tontos, de la broma sin gracia del guardia.
Luego empecé a caminar nervioso delante de las rejas. No me lo podía creer. Estaba, por primera vez en mi vida, en una celda. Aunque, la verdad, era una celda de arresto preventivo. Quise rajar las paredes con inscripciones, tal como vi en las películas: “¡Alberto estuvo aquí!” aún llevaba el mono de trabajo, con la camiseta llena de polvo y apestando a sudor. La celda era enorme. Me asustaba como me asustaría un monstruo con cien cabezas. Más o menos diez metros cuadrados por cuatro. No había camas. De hecho sí que había, pero no como las que vi en las películas. Los españoles habían construido la celda lo más práctica posible. Tres paredes de hormigón, y la cuarta con barrotes de hierro.
Las rejas incorporaban la puerta también. Los guardias podían supervisar tranquilamente. No había ni una pizca de intimidad. En vez de camas había un borde de hormigón, una especie de litera alta de un metro y ancha de un metro ochenta que hacía cuerpo común con las tres paredes de hormigón.
No pude acercarme nada a la cama única por un largo periodo de tiempo. Caminaba a lo largo de las rejas y no sabía en qué pensar. Dentro de mi mente sólo había un enorme vacío. No podía entender cómo había llegado aquí. Miré otra vez la litera de hormigón. Me deprimía. Dormiremos allí como los animales. No conseguía darme cuenta de cómo me iba a cubrir con esa manta pequeña y fina. Los guardias habían puesto el aire acondicionado. Aunque fuera había probablemente más de 30°C, dentro de nuestra celda no había más de 15°C. Hará frío esta noche, me he dicho.
Los trabajadores se vieron de algún modo dispuestos en la celda y empezaron con las discusiones y las lamentaciones. Todo giraba alrededor de los siete u ocho que habían escapado de la redada, y alrededor del dinero que tenía que cobrar todos por casi tres meses. Más tarde me iba a enterar que algunos de los que escaparon se habían metido en las bañeras de los baños y se habían cubierto con cualquier cosa, o se escondieron entre los fajos de lanas de cristal del tejado.
En un momento dada todos se juntaron alrededor de Victoraş y Cocostârc formando un círculo. El último estaba cabreado. Estuvieron los dos encerrados durante mucho tiempo en una celda en Rumanía. La infeliz experiencia se repetía después de tres años.
-¡Que te jodan, vago de mierda! Eres destartalado, sin broma.
Victoraş recibió los insultos sin rechistar. Había estado mucho en prisión en Rumanía. Las prisiones de España eran un juego de niños comparadas con nuestras prisiones.
Se acercó a las rejas.
-¡Guardia! ¡Guardia!
Un guardia vino enseguida y parecía cabreado.
-¿Qué pasa?
Victoraş no se dejo impresionado por el tono de éste. Habló en rumano, mezclando algunas palabras de español.
-Quiero un cigarrillo, por favor. E hizo una señal con los dedos a la boca, como si fumara.
El guardia entendió enseguida y le preguntó corto.
-¿Tu nombre?
-Victor Stoica.
-¿Cómo?
Victoraş repitió: “Victor Stoica”.
El guardia se dirigió hacia la sala donde se guardaban los saquitos en los cuales se guardaban los objetos personales y volvió a la celda con el paquete de tabaco de Victoraş. Éste agradeció y luego compartió gentilmente los diez cigarrillos que le quedaban en el paquete. Yo compartí con Marián.
A las diez de la noche nos trajeron bocadillos a todos. Era toda la comida de aquel día. Muchos se sentaron en la litera de hormigón y empezaron a roncar. No podía dormirme tan fácil. Estaba al lado de Marián. Él también estaba preocupado por su destino. Yo no lo estaba. No podían hacerme nada. No tenía esposa, ni hijos, no tenía deudas, podía irme en cualquier momento a Rumanía con las manos en los bolsillos.
Me senté con las manos debajo de la cabeza en la almohada pequeña, y la manta la puse debajo de mí, encima del hormigón frío. Algunos de nosotros se habían quitado las botas y ahora olía fuerte a pies sin lavar. Pero estaba acostumbrado. Me dormí muy difícilmente. Creo que después de años enteros de mirar el techo blanco.

Me levanté de repente. Algunos trabajadores susurraban en un rincón. Me fui hacia ellos y les he pedido un cigarrillo.
-¿Qué hora es?
Eran las tres de la noche. Había tenido una pesadilla, tenía hambre y necesitaba ir al baño.
Llamé al guardia. Era una mujer. Rubia. Fue indulgente.
A mi regreso Marián y Cocostârc se había despertado también, más que seguro por el ruido de la puerta de la celda. Me senté con ellos. Toda la celda se había despertado. Los dos empezaron de nuevo el circo de los insultos. Estaban locos y con apuestas de mierda, me he dicho. Peleaban por unas mentiras a las tres de la madrugada en una celda a tres mil kilómetros de Rumanía. Poco a poco, entre te la meto, tus muertos y el olor a pies sudados, me he vuelto a dormir.
A las ocho de la mañana me he despertado de nuevo. Estaba un poco más acomodado con mi situación. La mayoría de los trabajadores estaban vociferando. Había traído de nuevo bocadillos. Me comí dos, muy rápidamente, los guardias eran tolerantes con nosotros, no éramos ese tipo de infractores clásicos.
Luego empezaron a llamarnos uno a uno. Los llamados fueron sacados de la celda y no volvían. Más que seguro que les habían venido los abogados.
A mí también me llamaron. En el pasillo estaba Sergio.
Me tendió la mano, era igual de blanda que ayer. Me explicó que iba a estar libre en máximo quince minutos, pero que antes tenía que tener una charla con los investigadores.
Cuando entré con Sergio en esa oficina estrecha, remarqué otra traductora, diferente a la de ayer. Era mucho más joven y mucho más guapa. Me preguntó directamente en rumano que qué tal estaba. Le contesté que bien y me senté en una silla ofrecida por un joven policía. El mismo policía me explicó que me retenían el pasaporte, y que en vez de eso me daban dieciséis hojas A4 fotocopiadas que reproducían las treinta y dos páginas de mi pasaporte. En la parte de debajo de cada página ponía “Conforme con el original que se encuentra en la sede de la Policía de Zaragoza. Emitido hoy, 23 de junio de 2004”.
El joven me preguntó si tenía algo que declarar.
– Să mă piş pe voi! (Me meo encima de vosotros)
Me miró contrariado, estaba claro que no entendía nada.
-¿Qué has dicho?
-Nada, no te preocupes
Estaba confuso. Se volvió hacia la traductora guapa.
-¿Qué ha dicho?
-Estaba hablando conmigo. Nada importante.

Salí a la luz enviudado de mi pasaporte color guinda. Me encendí el móvil. Unas cuantas decenas de llamadas perdidas y sms recibidos. Los míos estaban desesperados.
Respiraba alegre el aire de la calle. Estaba patético vestido, sucio y lleno de polvo. Pero estaba alegre.
En unos minutos me llamó Costel, mi hermano.
-¿Estás bien?
-Estoy bien. Luego exploté de nuevo. ¡Me meo encima de ellos, me han retenido el pasaporte!
-Que se joda el pasaporte. Menos mal que estás bien.

Operación patata

Teoréticamente, mi horario en la oficina-piso era de ocho a dos y de cinco a ocho de la tarde, es decir, nueve horas diarias. Prácticamente, no trabajaba más de 5 horas al día. Siempre comía allí, Cristina era una cocinera excelente, hacía unas sopas y unos cocidos rumanos deliciosos. Un verdadero festín. Los dos fumábamos enormemente y bebíamos cafés. Pensé que había llegado al Paraíso.
Un día mi hermano me llamó. Quería saber si había dinero en la oficina. Cristina estaba a mi lado, probablemente oyó toda la conversación. Le contesté que no sabía nada. Cristina acababa de cobrar en nombre del jefe, su hermano, un cheque de quince mil.
Por la tarde, cuando llegué a casa, le conté a Costel la verdad.
-Que se vayan al diablo, gitanos mentirosos. Y empezó a explicarme toda la charada. Los trabajadores no tenían dinero, hacía días que no recibían los salarios. Ni uno de ellos tenía los papeles de trabajo y residencia en regla. Aceptaban ser difamados y humillados, pisados. El jefe, es decir, Sică, tenía una mano de compinches a los cuales pagaba a tiempo, entre ellos mi hermano. Estos tenían la obligación de supervisar a los demás y de imponerles miedo y respeto hacia Sică. No podían comentar nada malo sobre el jefe.
El sistema era simple, diabólico aun. Los trabajadores dependían totalmente del jefe. Este había alquilado más de diez pisos en toda la ciudad, en los cuales metía, como sardinas, a más de cien trabajadores sin papeles en regla. Yo mismo vivía en uno de esos pisos. Pero era privilegiado: compartía piso con mi hermano y otro amigo íntimo del jefe. Si alguno de los trabajadores levantaba la voz y pedía el salario a tiempo lo mandaban a la puta calle como un par de calcetines mal olientes.
Costel me llamó ese día para preguntarme sobre el dinero porque: los hombres que tenía bajo supervisión habían montado una pequeña revolución ad-hoc. Se negaban a trabajar. Una cosa así era inconcebible para el jefe. Nadie tenía el derecho a rebelarse, siempre asiguraba a todos de que iban a recibir todo el dinero, hasta el último céntimo. Recibían el dinero, pero no hasta el último céntimo. Al final iban a recibir el dinero, pero no hasta el último céntimo. y los salarios eran míseros. Sólo les pagaban al día, indiferentemente del número de horas trabajadas, pero siempre eran más de nueve. Ganaban sumas ridículas, pero infinitamente mayores que las que podían recibir en Rumanía por el mismo tipo de trabajo. El sistema salarial me parecía injusto, pero sólo podía levantar impotente los hombros. No había venido a España para volverme un Robin Hood moderno. Al fin y al cabo se trataba de supervivencia…
Total, nada más falso. Lo podía denunciar, tenía muchas pruebas, podía luchar contra los abusos, contra los sadismos, pero ¿para qué? Los trabajadores habrían sido repatriados a Rumanía, igual que yo, el jefe habría sido encarcelado. Era una situación sin salida. Miré al jardín del vecino. Es decir, al gran pueblo chino. Experimentaban el mismo destino que el de los rumanos. Tirados quince, veinte individuos en un piso apestado, trabajando por sumas de mierda para un jefe que se gastaba noche tras noche mil euros en putas, sin discernimiento. Es decir, treinta mil euros al mes.
Costel me decía a menudo que los trabajadores del jefe eran como las putas, y el jefe su chulo. Solo que el jefe ganaba más del 50% de su trabajo. Era gente de todas las etnias: rumanos, gitanos, lipoveni (rusos establecidos en la región rumana de la Delta del Danubio), portugueses, sudamericanos. Todos habían venido a España para labrarse un futuro mejor. Eran profesores, trabajadores no cualificados, estudiantes, oficiales de primera, capataces, ex convictos, pensionistas, aun una muchacha de veintidós años que trabajaba en la obra. Todos le hacían la pelota al jefe, absolutamente todos, incluso yo. No quiero justificar mis debilidades. No quiero disculparme frente a nadie. En el fondo, ¿a quién le importa el sufrimiento de toda esta gente, las noches en las cuales se han sentido abandonados por la suerte y por la divinidad? Todos han tenido que cerrar los ojos, decirse que éste es el mejor mundo de todos los mundos posibles. No creo que los personajes de este libro hayan buscado una vida llena de lujo, una perpetua cornucopia. Sólo han deseado una vida decente. Todos los personajes de este libro son casi alcoholicos, apestan a sudor, son incultos, idiotas, no conocen las leyes elementales de los derechos del hombre, pero, al final, me han tocado todos. Siempre los he juzgado a través del vocabulario que usaban o a través de la capacidad de llevar una conversación inteligente. Trabajé con un profesor de matemáticas que cargaba con cubos de mortero. Todos le gastaban bromas sosas e idiotas. Me lo hice amigo. Buscaba un hombre con ideales altos. Él se había propuesto comprarse una casa, un coche, y abrir un pequeño negocio, un quiosco en la esquina de la calle con alimentos y tabaco. Aproximadamente un 99% de los trabajadores que llegaron a España, rumanos o de otras nacionalidades, deseaban la misma cosa. El resto huían de algo. En aquel 1% me hallaba yo también.
No exagero cuando digo que más del 50% de los rumanos que llegaron a España en los primeros años del nuevo milenio vivían amontonados siete, ocho, por lo menos, en el mismo piso. No sólo los trabajadores que conocía personalmente, sino familias enteras eran obligados a compartirel piso con otros inquilinos. Era una situación crítica para muchos, muy pocos tenían los recursos financieros – o la documentación necesaria – para alquilarse por su cuenta un piso. Horrible era el hecho de que no podían elegir los compañeros de piso. Por eso, en el mismo piso sucio se encontraban siete, ocho personas que no se habían visto jamás en la vida. Algunos de ellos tenían costumbres repugnantes, otros robaban, otros buscaban en la basura, otros, simplemente, perdían el tiempo.
Un día, uno de los trabajadores-inquilinos del jefe se quejó a éste de que le desaparecía la comida. Es decir, el aceite, las patatas y los huevos. La comida de todos se guardaba en la nevera de la cocina, últimamente insuficiente para los diez trabajadores del piso.
Costel y otro hombre de confianza del jefe se presentaron un miércoles a las ocho de la tarde en el piso en cuestión. Todos los inquilinos estaban presentes. Se había producido una pequeña disputa entre el afectado y otro de los inquilinos, el que supuestamente había metido mano en las patatas.
-Yo no he robado, que se muera mi madre si me he llevado siquiera una patata. ¿Qué demonios? Yo guardo mis patatas en mi habitación, debajo de la cama. Y la cebolla y el aceite y el azúcar y todo. Ni siquiera entro en la cocina. Por Dios, yo robo del supermercado, no necesito sus patatas.
-Trae el saco de patatas.
El sospechoso, un tío de Cluj (municipio del noroeste de Rumanía), vino con un saco de patatas de cinco kilos sin abrir.
-Toma.
-¿Y por qué está sin abrir?
-Por si me roban a mí las patatas, por eso! Replicó el afectado, otro transilvano flaco y lleno de granos.
-Si te doy una ostia te meto debajo de la cama. El sospechoso, llamado Vasile, se apuró amenazante hacia el afectado. ¿Tú me estás llamando a mí ladrón, co? Yo tengo en Rumanía un piso de cien mil euros, no robo de un triste como tú.
-Vasile, corta un poco el rollo. Si tuvieses tú un piso de cien mil euros, como alardeas, ¿por qué sigues aquí y trabajas por treinta euros al día? Costel se interpuso entre los dos.
-Tengo problemas con la mujer, pero a este hijo de puta le voy a meter, al final.
La disputa se había amplificado.
-Co, te pego, te pego, ¡que se muera mi madre si no!
-Ya está, Vasile.
-Costel, a este hijo de puta no le roba nadie nada, es así como se hace la víctima. Cuando está borracho es el más fuerte de todo el aparcamiento y nos amenaza a todos que se chiva al jefe que somos ladrones.
-Aparte de él, ¿a alguien más de este piso le desaparecen las patatas?
Todos dijeron en coro un “no” decidido.
-¡Dame un bolígrafo!
Alguien le trajo un bolígrafo y Costel empezó a escribir números en las patatas del afectado.
Se oían risillas.
-¿También escribes en las podridas?
-Sí, en todas
Costel empezó a contar las patatas, eran diecisiete. El afectado, Andrei el triste, no entendía.
-¿Por qué has escrito en ellas?
-Estate atento, tienes diecisiete patatas, cada vez que preparas la comida usas a los de diecisiete para abajo y así seguidamente. Si vuelven a desaparecer me llamas.
Algunos se reían sin parar.
-¿Y si me compro otro saco de patatas?
-Las escribes a esas también. Y con los huevos haces lo mismo. ¿Habéis oído? Que todos os contéis las patatas y los huevos. Si a alguien le desaparece algo que me lo diga.
-Y las latas de cerveza, ¿las escribimos también?
-Sí.
-Pero si el boli un escribe en metal.
-Compraros un rotulador. Haced el inventario, escribid todo lo que tengáis en la cocina y cada noche averiguad si os falta algo.
-Costel, y ¿cuándo cobramos?
-La semana que viene.
El tío que preguntó era un lipovean viejo. Propagaba en todo ese salón infecto un olor pesado de alcohol.
-Volodea, ¿tú qué tienes en la nevera?
-Quince latas de cerveza y tres tetrabrikes de vino.
-Ajá, ¿no tienes nada de comida?
Volodea no replicó nada. Era adicto al alcohol, a primera hora de la mañana, las manos le temblaban muy violentamente. Cada mañana se bebe un tetrabrik de vino (agrio, del de sesenta céntimos) sin comer nada antes, para poder empezar el día de manera normal.
-Volodea, vas a enfermar de cirrosis.
El que habló era un tío muy conocido por su tacañería. Este tío, llamado Cristi, gastaba sólo cinco euros a la semana, significando la comida, la ropa, el ocio que un hombre normal puede tener.
Costel miró el reloj, aún era temprano.
-Que todo el mundo saque toda la comida de la nevera, de debajo de la cama, o de donde la tenga escondida.
-¿Porqué?
-Haremos un pequeño inventario.
En cinco minutos en el salón del piso, que los inquilinos usaban sucesivamente como dormitorio y sala de estar, se llenó de sacos de patatas, decenas de huevos, botellas de aceite, latas de cerveza y tetrabrikes de vino, pollos congelados y bolsas de maicena, etc., etc. Hay que precisar que en el salón estaban durmiendo tres trabajadores. En aquel momento en el pequeño piso de dos habitaciones más salón se hallaban diez trabajadores. Tres dormían en el salón, tres en una habitación, y otros cuatro en otra. Sólo había tres camas en las cuales dormían seis individuos y otros cuatro colchones para los otros cuatro. Todas las camas y los colchones eran traídos de alrededor del edificio. Lo que algunos tiraban por estropeado o anticuado, los rumanos del piso lo usaban con alegría porque de esta manera no necesitaban comprar estos objetos que costaban mucho. Incluso los cigarrillos y las televisiones, radiocasetes y hasta algunos cubiertos eran recogidos de la basura, y usados a diario por los inquilinos. El problema de la tele por cable se resolvió fácilmente: una noche uno de los habitantes pinchó el cable de los vecinos. Las cadenas tv más vistas eran, en todos los pisos del jefe, las que emitían programas XXX después de medianoche. La mayoría de los inquilinos trabajadores eran de sexo masculino, y no en pocas ocasiones se turnaban para ir al baño para masturbarse después de visionar una peli como tal. Era de risa cuando se le oía a alguno decir: “Voy al baño para hacerme una paja, ¡qué tetas fabulosas tiene este coño, se me ha puesto dura la polla!” la réplica de los demás era algo por el estilo: “pero acaba pronto que hay más esperando.”
Todos empezaron a escribir números en las patatas y en los huevos, mientras alguien había venido con un rotulador y las cosas evolucionaban bien. En veinte minutos cada uno tenía las patatas contadas, las latas de cerveza escritas con el rotulador y todos tenían en mano una hoja de papel en la cual habían anotado todas las propiedades de las cuales disponían: pollos congelados, bolsas de maicena, barras de pan, manzanas, peras, etc. Uno de ellos había anotado hasta los objetos de vestimenta: dos blusas negras, cinco camisetas, un par de zapatillas, una chaqueta de vaqueros. Lo difícil fue con Volodea, que mientras contaba las latas de cerveza abrió una y la anotó como llena. No le salían las cuentas, abrió otra cerveza y empezó de nuevo a contar. Ya estaba perdido. Se necesitó la ayuda de Costel para que se iluminara. Las latas vacías tenían que ser contadas también.
-Bien, chicos. Costel hablaba alto y claro. Todo el mundo sabe qué tiene en la nevera. Mañana descubriremos si hay o no un ladrón aquí. Aunque creo que Volodea va a tener de nuevo problemas con las cuentas.
-Nooooo, que ahora sé cómo tengo que hacer. Hablaba con dificultad balanceándose de pie.
-Bueno, y que no os emborrachéis de nuevo todos, que la vieja loca de abajo volverá a llamar a la policía y tendréis que dormir en el parque.
Alguna que otra vez todos los inquilinos se habían emborrachado y forzaron los nervios y la tranquilidad de los vecinos, que llamaron a la policía para que pararan el escándalo. Cada vez que veían por la ventana los coches de la policía, salían como alma que lleva el diablo del pequeño piso y se escondían en el pequeño parque de alrededor. Pero nunca se olvidaban llevarse con ellos cuantas más latas de cerveza y vino. Al día siguiente tenían problemas en el trabajo, porque el escándalo llegaba a los oídos del jefe. Éste tenía un método infalible de castigarlos. Cien euros, una especie de multa que tenían que pagar del salario de quinientos, seiscientos euros que cobraban al mes. Los que no tenía tiempo de huir del piso terminaban en la comisaría y si la mala suerte los perseguía eran repatriados a Rumanía. Pero había casos felices también, en los cuales los policías venían sólo para hacer amonestaciones verbales, y después de que los policías desaparecieran, la fiesta continuaba, muy a pesar de la vieja vecina.
En todos los edificios en los cuales el jefe tenía pisos alquilados había pensionistas como ésta que, exasperados por el ruido y la basura que provocaban los trabajadores del jefe, se quejaban a la policía y al administrador del edificio. Eran como unos salvajes, como una especie de monos bajados directamente a ese edificio. Para mí no es nada nuevo andar por diferentes barrios, aún después de mucho tiempo de haber terminado de escribir estas líneas, y escuchar a través de las ventanas largamente abiertas, manele (estilo de música balcánico derivado principalmente de las canciones de amor turcas, consideradas por muchos una forma de subcultura) rumanas ruidosas y llenas de lamentaciones. Las preferidas de todos son las que hablan de la dura vida de los rumanos en el extranjero, de los niños que hace años que no han visto a sus padres, de la crueldad de los occidentales, de los cañones que los rumanos han regalado para el extranjero, del amor por la querida princesa que se quedó en Rumanía (para engañarlo con el mejor amigo, evidentemente) etc, etc. Este comportamiento nos degrada mucho frente a los españoles, que nos adoptaron sin muchas condiciones.
Los apartamentos del jefe fueron siempre focos de infección. Un día Cristina me dijo que uno de los pisos tenía que ser evacuado. El plazo de alquiler había caducado. Así que elegí tres chicos que no trabajaban ese día y me fui al piso que tenía que ser devuelto al propietario. Cuando llegué en frente del edificio observé que el propietario, una mujer entrada en edad, me esperaba en frente del portal. Me aclaré enseguida, ella tenía miedo a subir al piso por temor a encontrarse con algún inquilino impertinente.
-Buenos días.
-Buenos días, ¿qué tal, señora?
-¿Tú eres el chico del que me contó Cristina que me entregaría el piso?
-Sí, señora, soy yo. Me llamo Alberto. Los chicos que están conmigo me ayudarán a sacar los muebles que sobran a la calle y harán limpieza en el piso.
-Bueno, yo soy Marisol. Subamos, quiero acabar rápido.
En ese piso no había entrado nunca. Conocía la calle por los chistes sin gracia de los trabajadores, porque estaba en una zona de burdeles baratos, preferidos por los trabajadores rumanos.
Subí. Abrí la puerta. Un olor a carroña inundaba el piso. Marisol se cubrió la nariz con las manos. Apestaba horriblemente. Entré. Una visión devastadora: decenas de colchones por todos los lados, baldosas rotas, las paredes sucias, las lámparas arrancadas del techo, la bañera rota, enchufes colgando por fuera de las paredes, platos con restos de comida, latas de cerveza vacías, televisores recogidos de la basura…
-Vándalos, son vándalos, repetía constantemente Marisol.
Yo estaba acostumbrado a las visiones como ésta. Para hacer buena impresión empecé a mostrar empatía hacia ella.
-Sí, señora, unos cerdos. Ahora mismo llamo a Cristina para castigar a todos aquellos que han vivido aquí.
-¿Pero cuántos hombres han vivido e este piso?
-Seis, sólo seis. Mentía descaradamente. Era vergonzoso explicarle que allí han vivido sin formal legales más de veinte individuos en un piso de cien metros cuadrados.
-Imposible. Empezó a contar los colchones. El piso era grande, tenía tres dormitorios grandes y un salón inmenso. Hay veintiún colchones. Me tragué las palabras.
-Señora, le doy mi palabra de honor que no tenía ni puñetera idea de qué pasaba aquí. Me giré hacia los tres rumanos que no entendían ni una palabra de lo dicho porque la conversación se había llevado en español. Vamos, chicos, sacad los colchones fuera, a los contenedores verdes. Abrí todas las ventanas para dejar que el aire fresco entrara dentro.
Los tres empezaron la faena. Uno de ellos se me acercó tímidamente, sujetando en la mano un colchón que olía a vómito. Tenía veintidós años y unos meses en España.
-¿Cuánto nos paga el jefe hoy?
-No tengo ni puñetera idea, con media jornada, creo.
La vieja repetía sin parar “vándalos, vándalos” y continuaba la inspección.
Llamé rápido a Cristina para explicarle el desastre del piso. Por su tono sin afectar me di cuenta de que sabía de sobra la situación. Me recomendó que anotara todos los daños producidos, preguntándole a la propietaria.
En 30 minutos hice una lista provisoria. Todos los bibelots de la vieja faltaban, las mesas del salón y de la cocina, destrozadas, las paredes sucias y con agujeros, la cocina y el baño sólo se podía utilizar después de una desinfección hecha por una empresa de especialidad, el parqué de los dormitorios destrozado, etc, etc. Un perjuicio de por lo menos seis mil euros, haciendo el inventario desde el avión, es decir, a primera vista.
Aquí paro un poco la historia. Me vais a reprochar que siempre esté haciendo referencia a sumas grandes de dinero y a las canalladas de los rumanos. Mis queridos lectores, ¿qué queréis oír? ¿Que en el piso olía a Channel nº 5 y había una limpieza como en un salón de hospital? Ok, si esto queréis oír, esto escribiré. Era un piso guardado en condiciones excelentes. Las tórtolas cantaban felizmente en las ventanas, peceras llenas de peces exóticos que tarareaban “home, sweet home”. Mujeres de limpieza que limpiaban sin parar el polvo de los muebles y los trabajadores que escuchaban a Wagner en los auriculares. Cuando entré con Marisol y los 3 chicos, fuimos invitados a tomar té en tazas doradas, conversando sobre la tragedia del hombre moderno y la falta de comunicación en una sociedad en la cual, según las estadísticas, existe por lo menos un ordenador conectado a internet en cada hogar.
Mierda, no os puedo contar todo esto. Si os habéis aburrido de mis historias podéis cerrar el libro y tirarlo sin importancia en la estantería. Como si cambiarais los canales con el mando a distancia.
Sois mis invitados a leer en las siguientes páginas sobre gente que busca en la basura, que come de la basura, que roban de los supermercados barras de chorizo y botellas de vermut, que hablan con admiración sobre todos aquellos que han triunfado en la vida a través de engaños, mentiras y robos.
No estoy echando la culpa a nadie por el destrozo del piso, los inquilinos no tienen culpa alguna, ellos sólo han intentado ejercitar su derecho de vivir. El hecho de que el piso llegó a ser una ruina es irrelevante. Cuando compartes cien metros cuadrados con otros veinte individuos es como si vivieras en un vagón para transportar vacas, la higiene personal y el respecto para la intimidad del vecino de colchón importan más bien poco. Lo importante es sobrevivir en ese piso, que no te desaparezca el reloj, las patatas, los zapatos, el dinero, las fotos con tu familia, la chaqueta de vaquero. Tienes que encontrar los diez minutos por la noche para prepararte la cena en la cocina, y por la mañana un momento justo para entrar al baño para hacer tus necesidades. ¿Habéis pensado alguna vez, queridos lectores, en cómo se preparaban la comida los veintiún individuos, según qué algoritmo usaban los cuatro focos de la cocina? ¿Cómo se repartían los dos baños del piso para pegarse una ducha cuando regresaban cansados de la obra? Tomen en cuenta que el agua se calienta con el calentador de agua, es decir, más de siete, ocho personas no se podían duchar todas las tardes. Los seis mil euros son nada comparados con las tragedias y los insultos que han tenido que aguantar los veintiún individuos. ¿Cuántas vidas humanas se pueden comprar con seis mil euros?

Entre las basuras

-Papá, ¡mira que he encontrado!
El niño de nueve años se levantó del contenedor verde con un juguete roto, un pequeño robot con armas laser azules.
-¿Tiene pilas?
Del otro contenedor sale el padre, un hombre de treinta y seis años, con un gorro roto y un abrigo sucio.
-No, pero lo cojo para jugar con él. También he encontrado un cochecito. ¡Papáaaaaaa! ¡Tiene pilas, yupiiiii!
-Baja el volumen, ¡la madre que te parió!
-Tiene pilas, tiene pilas. El niño está en el colmo de la felicidad
El padre salta fuera del contenedor.
-La madre que te parió de niño malcriado. Y cierra el contenedor dándole al niño. Te he dicho que te callaras, que viene la policía.
Se oye el llanto del niño.
-¡Calla! ¡No llores más, que te pego!
Un quejido reprimido se oye del contenedor.
-¡Calla, co!
Se hace silencio.
Un joven del segundo piso está fumando mirando sin importancia a los dos rumanos, padre e hijo, que están buscando entre las basuras. Grita al hombre.
LA CONVERSACIÓN SE LLEVA EN RUMANO.
-Co, mira a ver que he tirado yo un microondas hace un par de horas. Está al lado del contenedor amarillo. ¿Lo ves? Un poco más a la izquierda. ¿Lo ves, co? Más a la izquierda, así.
El hombre lo ve, lo coge.
-¿Es bueno?
-Sí, es bueno
-¿Tienes también un cigarrillo, jefe?
-Sí, aguarda un poco.
Desaparece de la ventana, reaparece tras diez segundos y le tira un cigarrillo.
-Mira, te la tiro en medio de la calle.
-Muchas gracias, boyardo.
-¡Suerte!
La ventana se cierra, el hombre mira hacia la ventana del joven.
Abre el contenedor en donde estaba el chico.
-Si gritas más, ¡te piso con mis pies!
-¡No! El chico se seca con las mangas sucias los ojos rojos. No lloro más.
-No busques más juguetes, búscate zapatos y un abriguito, que hace frío. La entonación de la voz es casi penosa hacia paterna.
El niño se mete de nuevo entre los sacos de plástico del contenedor. El padre se sienta en el borde con el cigarrillo en la comisura de los labios, inspeccionando con ojos de experto el microondas.
Dice en voz alta: “consigo yo diez euros por este chisme”
Se levanta y entra de nuevo en el contenedor. Durante cinco minutos las cabezas de los dos salen por turnos de los contenedores.
-La policía, ¡cúbrete en el contenedor!
Al final de la calle un coche con las luces encendidas se paró para averiguar un coche aparcado en el paso de peatones. El hombre levantó un poco la cabeza, los dos policías se agitan alrededor del coche aparcado irregularmente. Piensa que se quedarán mucho rato, vendrá hasta la grúa para levantar el vehículo problemático: “¡Al diablo de tonto, justo aquí aparcó éste también!”
Su hijo está en el otro contenedor. Está llorando en silencio.
-¡Calla, co! Me oyes, calla?!
-Sí, te oigo. Me callo. Y para de llorar.
El hombre cierra el contenedor en silencio.
En casos como éste el procedimiento es simple, repatriación en quince días. Tienen que huir. La primera calle a la derecha acaba en un supermercado. La segunda va hacia la Avenida San José. Tienen que huir por allí.
Una pena por el microondas casi nuevo. En Rumanía no tuvo nunca un microondas. “Al diablo con los españoles, dejan microondas de éstos en la calle”. Tiene con él una bolsa con unos zapatos y una tetera. Al lado del contenedor había una silla verde con tres patas. Quería cogerla.
Abre una vez más lentamente el contenedor. Los policías seguían allí. Tienen que huir. “No llego yo tan fácilmente a Rumanía”
-Eh, Alín, hijo, abre lentamente el contenedor.
El niño ejecuta.
-Estate atento, cuando digo “salta”, sales de allí y te vas a tientas pegado al edificio.
-Vale.
-¿Has entendido?
-Sí.
-¡Salta!
Los dos salen al mismo tiempo de los contenedores y se cuelan pegados al edificio de ocho pisos. El chico tiene en la mano el juguete, el padre la bolsa de “D&G” de plástico negro. Tuvieron suerte, los dos policías no se enteraron del ruido de los contenedores.
Ahora están a salvo en la Avenida San José. Se adentran entre los edificios altos de al lado del instituto “María Zambrano”. Los coches de la policía patrullan bastante raro por aquí por la noche.
-¿Te gusta el robot, papá?
-Sí.
-¿Seguimos buscando mucho, papá? Tengo sueño. Bosteza largamente.
El padre abre la bolsa decepcionado. Muy poco. En la casa abandonada en la cual vive junto a otros cinco rumanos sin documentos legales les habría venido bien una silla. El microondas lo podían haber vendido. De todas formas no tienen luz, no lo podían usar para ellos.
Se para, coge una colilla bastante larga.
-¡Búscame algunas colillas!
El chico baja la mirada e inspecciona la acera. Encuentra algunos cigarrillos apagados a la mitad.
En la parte de atrás del edificio hay cinco contenedores: dos verdes, para la basura doméstica, dos amarillos, para plástico, uno azul para papel y cartón, y otro verde, para vidrio. Podrían tener suerte aquí. En general, cerca de los contenedores pueden encontrar muebles viejos y objetos de mobiliario.
-Papá, tengo sueño.
-La madre que te parió…
Está demasiado cansado para continuar. Es tarde, hasta la casa abandonada hace falta caminar mucho, y él está asustado por el suceso con los policías.
Mejor irse a casa. Mañana intentará de nuevo encontrar trabajo y por la noche pueden dar otra vuelta por el barrio para encontrar el microondas y una silla.
-Vayámonos, cuando pasamos por las paradas de autobús mira por unas colillas.
Las dos sombras se cuelan por entre los edificios. Andan atentos, no vaya a ser que encuentren otro coche de policía patrullando.

Vamos a estar high

-Soy una roca. ¡Ja-ja-ja! ¡Soy una roca! ¿Me ves?
-¡Huyamos! ¡Vendrán a matarnos!
-¡Noooooo!
-Alberto, nos van a matar, ¡Huyamos! Estás tonto, yo huyo.
Sólo consigue levantar una mano.
Estoy tan high que no puedo ni siquiera girar los ojos.
-De hecho soy una roca. Una roca no corre.
-Nos van a matar, ¡vieneeeee!
Piensa que ha gritado, pero apenas ha producido un maullido penoso.
Costel entra en la habitación. Está borracho. Nos mira atentamente.
-¿Qué tenéis, co? ¿Os habéis drogado de nuevo?
Yo estoy en medio del salón, tirado en el parqué, con las manos encima de las rodillas.
-Costel, ¿quieres matarme?
-¿Dónde está el dinero?
-¿Quieres matarnos?
-Ja-ja. No. ¿Dónde está el dinero?
-Encima de la estantería.
Costel coge el dinero y sale rápido de la habitación.
Era el último dinero para comida y tabaco.
Miruna, mi hermana, se ha repuesto la primera. Constata con estupor que todo el dinero de la estantería había desaparecido.
-Co, éste se ha llevado todo el dinero.
-¿En serio? Se le ha ido del todo la cabeza.
-¿Dónde ha ido?
-De putas, ¿dónde crees que ha ido? ¿No has visto que estaba borracho?
-Llámale, dile que no lo gaste todo.
-¿Crees que le importaremos ahora? Cuando está borracho… ¿Dónde está el teléfono?
-No lo sé, creo que en la cocina.
En el camino hacia la cocina me doy cuenta de que estoy malo. Me mareo con facilidad.
-¡No encuentro el teléfono!
“¿Dónde pollas he puesto el teléfono?” aún estoy drogado, abro la nevera, luego miro en el lavavajillas. “Mierda, no está aquí. ¿Dónde lo habré puesto, Dios?
-¿Lo has encontrado, co?
Es peligroso gritar por la noche en nuestro piso, las paredes son finas, los vecinos tienen tímpanos finos.
-¡Nooooo!
-¿Quieres comer algo? Abro de nuevo la nevera. Teníamos huevos, chorizo, jamón y queso.
-No. He encontrado el teléfono.
Estaba en la cama justo a su lado.
-¡Hola! Costel, ¿dónde estás, co?
Del difusor se oía un ruido infernal, música latino.
-Me estoy divirtiendo, ¿qué quieres?
-Co, cabrón, ¿te has llevado tú todo el dinero?
-¿¿¿Sí???
-Sí, ¡no te hagas el tonto!
-¿Lo he cogido todo?
-Sí, lo has cogido todo, ¿no entiendes rumano? En qué club estás, que voy a recogerte ahora.
-En un paraíso tropical, creo. Es lo que ponía en la entrada, tenía una palmera en la puerta.
-¿Y cómo se llama?
-Espera que pregunte a éste…
Durante diez segundos oigo sólo el estribillo de la canción que habla sobre una mujer guapa y amorosa. Mira tú donde estaban las mujeres guapas y amorosas, en el burdel.
-¿Sigues allí, co?… La llamada se corta de repente.
-¿Te ha colgado?
-Sí. Éste es un carbón como una casa de grande. Ha cogido seiscientos cincuenta euros, los cogió todos. ¿Qué demonios comeremos la semana que viene hasta que cobremos, galletas?
-Llámalo de nuevo.
Marco de nuevo el número, y en un final se decide contestar.
-Estoy follando, ¿qué quieres?
La misma música me muestra que está mintiendo.
-¿Cómo se llama el club?
-Espera un poco.
Enseguida convence a la tía que está a su lado de que soy su hermano y que quiero ir yo también a divertirme. Oigo partes de la conversación: “mi hermano, drogado, taxi, quiere follar también, tengo dinero para los dos, toda la noche”…
ESTA CONVERSACIÓN TAMBIÉN SE LLEVA EN RUMANO
-Ciao, amor, soy Diana. ¿Quieres divertirte conmigo?
Es la prostituta de al lado de Costel. ¿Cómo se llama el club en el cual está mi hermano?
-El paraíso azul.
-¿Puedes decirme la dirección exacta, por favor?
-Calle Virgen María, 24.
-Por favor, intenta convencer a mi hermano que me espere, que no suba con ninguna chica.
-¿Por qué que no suba? Ha venido a divertirse, aquí están las mujeres más guapas de España. Las más guapas. Cubanas, argentinas, venezolanas, todo lo que quieras.
Un momento de perdición. Me acuerdo de “cash&carry”. Si sube a la habitación de arriba, existe el riesgo de quedarse sin dinero, las prostitutas tienen la costumbre de manosear las carteras de los clientes borrachos. Me pasan por delante de los ojos las historias que me contaba un amigo proxeneta, sobre la más grande “puta” suya. Tenía la costumbre de invitar a los clientes ricos a su piso. Los deleitaba con un baño caliente tras lo cual perdían el control con los placeres del sexo. Mientras los tíos se chapoteaban en la bañera con patitos de la “puta”, ésta, con un pretexto sin culpa, salía del baño y les sacaba de la cartera sumas importantes de dinero. Ninguno se quejó a la policía, temían los posibles disgustos, la mayoría posaban como pater familias convencidos. Como mucho se vengaban con métodos ilícitos. Algunas veces, “la puta se la robó” de los verdugos mandados por los clientes engañados. Algunas otras veces el amigo proxeneta consiguió intimidar a los verdugos. En fin, lo habíamos apodado “cash&carry”.
-Miruna, ¿te vienes al club?
-¿Dónde?
-A por Costel.
-Voy.
-Sí, voy a divertirme contigo, guapa. En quince minutos llego, no subas hasta que no llegue yo. Dile a mi hermano que te coja otra bebida.
-Díselo tú. Besos.
-Costel, no subas que ahora llego yo también. Compras alguna otra cosa de beber, en quince minutos llego, como mucho. ¿Has entendido?
-Sí-sí, vale. Suerte.
Colgué. Ya no estoy tan seguro de que vamos a llegar a tiempo.
-¿Tienes dinero para el taxi?
-Creo que sí.
En el taxi hablamos en rumano.
-¿Te acuerdas de “cash&carry”?
-No.
-Mejor.
Un momento de silencio. El taxista, un viejo con gafas y bigote nos mira atentamente, un poco sospechando, a través del espejo retrovisor.
-¿Queda algo de mercancía en casa?
-No lo sé.
-Cuando volvamos, ¿esnifamos otra vez?
-Sí, si aún queda algo, esnifamos.
-La del marroquí está mejor, ¿no? La de José está muy cortada.
-Hombre, pero si José esnifa también.
-Lo sé, sé que esnifa, ¿no has visto cómo tiene los ojos hundidos en las órbitas?
-¿Sabes cuántos años tiene José?
-¿Treinta y cinco?
-Ja-ja-ja. Tiene veinticuatro, pero así es él destrozado. Esnifa desde los dieciséis años. He hablado con él. Estuvo en desintoxicación por lo menos un par de veces.
-Co, yo lo dejo cuando quiero.
-No te creo, pero bueno.
-Lo he dejado otra vez, en Bucarest. ¿Te acuerdas?
Me callo. Empezó a llover. El taxi entró por las calles desiertas. Empiezo a marearme de nuevo. A través del espejo retrovisor veo los dientes amarillentos por el tabaco del taxista. La placa con “Prohibido fumar” no tiene sentido.
-¿Se puede fumar?
Se gira hacia mí.
-¿Sabes leer en castellano?
-Sí, lo sé.
Me indica la placa blanca en la cual pone “¡Prohibido fumar!”. Insisto, siento que tengo que insistir.
-¿No se hacen excepciones? Sólo un cigarrillo, sólo uno.
Para bruscamente.
-¡Fuera! No quiero adictos en mi taxi. Fuera o llamo a la policía ahora mismo.
Miruna interviene tímidamente.
-Le pido disculpas.
-¡Fuera!
De repente me da asco.
-Al diablo con él de tonto, bajemos. De todas formas no le pago nada.
-En castellano, habla en castellano, ¡por Dios!
-He dicho que te has enfadado por nada.
-¡Hasta nunca!
Y parte haciendo ruido.
En la esquina de la calle baja la ventanilla y suelta un “extranjeros de mierda” lleno de veneno.
-¡Que te jodan, viejo hijo de puta!
Miruna calla. Se ha encendido un cigarrillo.
¿Qué hacemos?
-Volvemos a casa.
-¿Andando?
-¿Tienes saldo suficiente en el móvil para llamar a “Radio-taxi”?
-No.
-Msí, igual encontramos uno libre en la calle. Salgamos a la Avenida El Mundo.
Nos adentramos por las calles estrechas, por debajo de los balcones de los edificios, guardándonos de la lluvia.
-Caminamos como las fantasmas en la calle. En vez de dormir, como todos, andamos de noche por la calle como locos.
Miruna tiene los ojos casi cerrados.
-Cuando llegamos a casa, ¿esnifamos más? He escondido yo algo de mercancía en el armario.
Sabía que escondía el polvo en el armario, la había visto como se hacía una bola detrás de la puerta del armario.
-Miruna, si esnifamos más, nos vamos a la mierda mil años.
-Yo lo dejo cuando quiero.
-Lo dejas una mierda. ¿No ves que mojada pesas apenas veinte kilos?
-Vete al diablo y déjame en paz. Se para y empieza a gritar. ¡Aaaaaaaaaaaaaaa! ¡Eres una mierda! ¿Quién eres tú para echarme la bronca? Por lo menos yo no meto todo el dinero en juegos.
Si te meto una te rompo los dientes, drogata. ¡Cállate de una vez que se nos lleva la policía!
Empieza a llorar.
-¡Eres un desgraciado! ¡Déjame en paz! Se sienta en el borde sujetándose la cabeza en las manos. Está llorando con hipo, diciendo palabrotas y maldiciendo. Es así de tonta que he sido yo siempre. Siempre os he dado todo mi dinero. Y esa madre sólo dinero sabe pedirme. Nunca me llamó para preguntarme si estoy bien. Estoy harta.
En el primer piso del edificio de enfrente se encendió una luz. En momentos como éste pierdo enseguida la claridad de pensar. La cojo del brazo, tirándola.
-Vamos rápido, que se han despertado estos pensionistas de aquí. Hasta me olvidé que estaba lloviendo. En la avenida nos paramos. Me paso la mano por el pelo. Estoy completamente mojado. La camiseta, los vaqueros. Me doy cuenta de que había salido de casa en las zapatillas de casa. “Dios mío, qué drogado estoy, he subido al taxi en las zapatillas de casa”…
-Auch. Me duele. ¡Se me va a poner morado el brazo!
La suelto, creo que la cogí muy fuerte.
-Ya, calla, no llores más.
Está llorando en silencio, las lágrimas se le mezclan en las mejillas con las gotas de lluvia. Soy incapaz de hacer gestos de ternura en casos como éste. Las lágrimas me hipnotizan, me crean un complejo de inferioridad mezclado con odio. Sólo la gente débil llora. Qué demonios, ¡¿no se ha muerto nadie hoy?!
Se levanta la manga de la blusa. Una marca roja circular indica el hecho de que la he apretado demasiado fuerte. Mañana será la poseedora de un moratón muy guapo.
Sólo ahora ella también se da cuenta de que llevo las zapatillas de casa.
-Ja-ja. Has salido de casa sólo en zapatillas. ¡Qué drogado estás! Ja-ja-ja.
-No te rías, que ya me he resfriado.
-¡Quiero a casa! Tengo sueño. Quiero a casa.
-¿Ya no vamos a por Costel?
-Que se vaya al diablo de borracho. De todas formas ya habrá gastado todo el dinero.
-Sí, mañana estará mal todo el día. Ya lo veo en la cama con las cortinas corridas y gimiendo en sueño.
-Vaya tres estropeados.
-Pues mira, parece que mamá se planeó tres fracasados.
-¡Yo no soy una fracasada! Igual tú sí, pero yo no.
-Total, ¿qué has hecho tú hasta ahora?
Empieza a llorar de nuevo. Siempre me olvido de comportarme tierno con ella, con mi hermana. Shhhhh, lo siento. Lo siento de veras. La cojo de los hombros.
-Vamos, que yo sigo teniendo unos cinco euros. La parada de taxis está un poco más allá.
Empieza a reír.
-¿Cómo vas a subir en un taxi en zapatillas de casa?
-Ese es mi problema. Me las arreglo yo. Estoy entrenado.
Piso todos los charcos. El agua está caliente. Me imagino las sábanas calientes y el silencio total de mi habitación. Estaremos bien. Me lo repito, todo estará bien, todo se arregla con happy-end, como en las películas americanas.
-¿Esnifaremos más en casa?
-Sí, esnifaremos. Lo esnifaremos todo.
-Vale, subamos en este Peugeot 407, que me gusta mucho.
El taxista muy hablador.
-¿No tiene frío en zapatillas?
-¿Sabes la película americana “Bailando en la lluvia”?
Miruna me coge de la manga, señal de que tengo que parar con las ironías.
-¿Qué dice el señor?
-Nada, estuve con unos amigos y he salido de prisa olvidándome los zapatos; querían que me quedara más y me han escondido los zapatos. Borrachos, imagínatelo. Imito una risa de hombre normal. Ja-ja-ja.
-Sí, una broma, vaya amigos.
Aunque conozco las reglas gramaticales, no he usado nunca el pronombre de cortesía con los españoles. Lo siento, algunos merecen ser tratados con respeto.
-Entra por aquí, es más rápido. Así, ahora a la izquierda. Para aquí. Muchas gracias.
Le pago los cinco euros, le cojo los dos céntimos que me da como cambios. Levanto dos dedos a la altura de la frente.
-Hasta luego.
-Hasta luego.
Subimos en ascensor. Somos dos cadáveres que se miran en el espejo del ascensor de un edificio de ocho pisos. Estoy delgado, Miruna igual de delgada.
Me mira a través del espejo del ascensor, sé qué me va a preguntar, si esnifaremos más en casa.
-¿Esnifaremos más?
-Yo ya no tengo ganas. Tengo sueño.
-Has dicho que quieres más, ¿por qué mientes?
-Te he mentido para quitárteme de encima. Si quieres esnífalo todo. Yo no tengo ganas, tengo sueño. Y bostezo para demostrarle.
-Vale, esnifaré yo un poco y me acostaré.
-Mejor te vas directamente a la cama. Has esnifado bastante hoy.
Metí la llave en la cerradura, Miruna tenía los ojos casi cerrados.
-Esnifaré un poco más y me acostaré.
Entramos al salón, pusimos la tele, un programa estúpido, llamas en directo y ganas grandes sumas de dinero. Nada interesante. Apagué la tele. Tenía sueño. Miré desde el pasillo a través de la puerta entreabierta hacia la habitación de Miruna. Yacía en la cama boca arriba. Parecía un Jesús crucificado y drogado. Miré el reloj del móvil, eran las cinco de la mañana. Me propuse levantarme un día de domingo a las dos del mediodía como si nada. Entré a mi habitación, me encendí un cigarrillo mirando concentrado el humo que espiraba hacia el techo. Costel creo que estaba durmiendo en algún sofá sucio del bar del burdel, o con la cabeza encima del bar. Mi hermana en la otra habitación luchaba escalando rocas, la escuchaba como hablaba sola sobre seguidores con alas. Cerré los ojos, había llegado el momento de olvidarme un poco de que los dramas ocurren siempre acompañados por un continuo escándalo.

En el burdel

Andreea soñaba de pequeña convertirse en una lady. Con todas sus acciones, por todos sus poros intentaba impresionar. A sus veintiún años le habían pasado por las manos grandes sumas de dinero. En consecuencia, tenía la tendencia de juzgar a la gente siempre por el tamaño de la cartera, por el número de tarjetas de crédito y de las cadenas de oro del cuello. Soñaba con un abrigo de piel muy caro y con innumerables blusas Armani. Alta y delgada, siempre con el pelo corto, había practicado balonmano unos tres años, en Rumanía. Alegre, había sido la principal atracción en un club de Valencia. Tenía los pechos pequeños, pero por lo demás era ideal para cualquier hombre. Ojos azules, un culo encantador y una mirada de chica inocente. Escuchaba “mánele” y se entusiasmaba con las telenovelas sudamericanas. Su amiga, la de los pechos grandes, tenía veinte años, dos de los cuales los había pasado en un burdel de Santander.
Se conocieron en Zaragoza en un complejo extraño de circunstancias. Las dos vinieron a España con sus chulos, unos mafiosos que en su tiempo libre posaban como donjuanes de Rumanía. Las habían engañado con promisiones extravagantes. La tía con los pechos grandes se llamaba Aurelia, era de Braşov (municipio del centro de Rumanía). Había venido a España bajo la protección de un ex halterófilo que se ocupaba con el proxenetismo desde hacía mucho tiempo. El tío conducía un coche deportivo y fue un chollo enganchar a Aurelia en una discoteca de segunda. Ni siquiera tuvo que prometerle muchas cosas. En dos semanas a Aurelia la habían paseado por todos los clubs selectos de Braşov y de por los alrededores. Fue iniciada por el mafioso cada noche. Sexo normal, sexo oral, sexo anal, handjob, paja cubana y muchas otras cosas.
-¿Qué es eso paja cubana?
-Es decir, que te folle entre las tetas, ya que las tienes grandes. Es como se llama en español, paja cubana.
-¿Se paga más?
-No, tú haces servicio completo.
-¿El mismo precio para chupar y para follar normal?
-Sí, co.
Se convenció rápido que la cosa más fantasiosa que los clientes pedían era, invariablemente, el sexo oral. Una vez por noche, porque sólo trabajaba durante la noche, o una vez cada dos noches, encontraba algún aficionado de sexo anal. Por lo demás estaba bastante bien. Los clientes eran serios, pagaban sus bebidas y le dejaban pequeñas propinas. Sólo tenía una interdicción por parte del chulo. Que no acepte nunca clientes rumanos. Alguna que otra vez tuvo problemas.
Un joven de veinticuatro años de Timişoara (municipio del este de Rumanía) subió al piso del burdel. Un tío muy hablador y guapo. El halterófilo no había venido esa noche para supervisarla. Habitualmente se presentaba a diario, dos –tres horas, en el bar del burdel, mostrando sus cadenas de oro, los tatuajes enormes y los músculos prominentes. Esa noche no había aparecido. La llamó diciéndole que lo llamara si tenía problemas, no podía ir porque otro proxeneta había organizado un bautizo con un grupo de musicantes célebres de Rumanía. Con ese joven hizo sexo por placer. Le gustaba, trabajaba en la obra y se comportaba de alguna manera civilizada con ella. Aunque sólo le había pagado media hora, sesenta euros, tardó media hora más con él, una especie de regalo de la casa. Le dio su número de teléfono diciéndole que le haría mucho placer comer una pizza juntos. Evidentemente, pagaba ella. Tenía bastante dinero. Ganaba bien, y pensó que estaría bien hacerse un amigo, un novio. Al proxeneta halterófilo no lo había querido nunca. Hacía sexo con él y lo trataba con atención sólo por sus músculos, su coche y por cómo se comportaba, un verdadero macho alfa. Ese joven de veinticuatro años quiso una paja cubana, acepto con placer, hasta le tragó la esperma, como seña de amistad. Se llamaba Cosmín, era un tío bromista y bastante amable. Los problemas surgieron cuando el proxeneta le averiguó la agenda del teléfono, al día siguiente. Además, una de sus amigas prostitutas había informado al musculoso de que una de las chicas había estado con un rumano. El castigo fue ejemplar, una pelea que no deja huellas. El lema del proxeneta era simple: las putas se pegan por cautela, pero pégalas sin dejar huellas. Los clientes no suben con las chicas con los ojos morados. Lloró dos días por Cosmín, luego lo olvidó. La vida sigue, con o sin Cosmín.
La vida en un burdel de España es simple y, generalmente, aburrida. Lo primero de todo tienes que demostrar que tienes más de dieciocho años y que no tienes problemas con la policía. Por lo general no se pide permiso de residencia para trabajar en un sitio así. La visa de tres meses, la célebre visa Schengen, era suficiente para el patrón del burdel. Aunque se paraba mucho el término de residencia legal, las chicas no eran cuestionadas por nadie, menos por el patrón. En el caso de las rumanas, evidentemente. Las sudamericanas y las africanas utilizaban otros subterfugios para engañar la vigilancia de la oficina española de inmigración. Una cosa estaba clara, las redadas de la policía eran bastante raras en los burdeles. Además, los patrones tenían siempre una fuente en el cuadro de la policía para evitar que las redadas sorprendan a las chicas con los permisos de residencia caducados.
Otra regla que funcionaba en algunos clubs de alterne era esa de que una prostituta no podía trabajar más de un año en el mismo burdel. Generalmente las prostitutas tenían que pagar el alquiler (la habitación en la cual satisfacía a sus clientes) mensualmente. La suma era módica, dos, tres cientos de euros al mes, variable en función del burdel. A veces pasaba que en un burdel hubiera un número mayor de prostitutas que el número de habitaciones en los cuales se ofrecían servicios de naturaleza sexual. Poro a la vez, era imposible que todas las prostitutas ofrecieran sus servicios simultáneamente. En fin, una vida aburrida, sexo desde las diez de la noche hasta las cinco de la mañana, seis veces a la semana, más o menos los mismos clientes, las mismas bebidas, más o menos las mismas posturas. Las prostitutas no eran dueñas de sus vidas ni siquiera en su tiempo libre. Hablo de las que tenían chulos. Y ellas eran la categoría mayoritaria entre las putas de nacionalidad rumana. Era la regla del proxeneta rumano, las chicas pertenecientes al mismo proxeneta compartían el mismo piso. Cinco, seis en un piso, siempre alquilado, de tres, cuatro habitaciones. Estaban supervisadas por un hombre de confianza del chulo. Conocí personalmente un tío como éste, tenía treinta y cinco años y el proxeneta le pagaba treinta euros al día. Es decir, nueve cientos euros al mes, y hablo del año de gracia 2003, cuando una trabajadora ganaba en una fábrica de confecciones en Rumanía ciento cincuenta euros al mes, con treinta años de antigüedad laboral. Ok, no hablo aquí sobre el nivel salarial de Rumanía, hago una pequeña comparación, nada más.
Decía que las prostitutas no tenían permiso para salir de compras, sino sólo si estaban supervisadas, el pasaporte lo tenían los proxenetas. No podían hablar con rumanos en la calle, ni aventurarse en conversaciones con chicas pertenecientes a otros proxenetas. El motivo era simple: existía el riesgo de caer presa de las influencias negativas de otros proxenetas e, implícitamente, renunciar a la protección del actual proxeneta. La pesadilla de cualquier proxeneta era que la chica, su puta, se enamorara de un cliente rumano. Por eso tenían prohibido ofrecer clientes sexuales a los clientes rumanos. Si se enamoraban, ya no eran tan deseosas de compartir el beneficio con él. Al mismo tiempo, podían huir con el querido. Ésta era la tragedia más grande, la gallina de los huevos de oro había abandonado el nido. Léase el burdel.
Aurelia había hecho una estupidez aún más grande. Se puso de acuerdo, en el caso de renunciar a producir, de ser la chica del halterófilo, de comprometió pagarle a éste una compensación de diez mil euros, cash.
-Co, Aurelia, ¡estate atenta! Tú trabajas para mí un año entero, es decir trescientos sesenta y cinco días. Si alguna vez se te pone en la cabeza, y tu coño no quiere producir para mí, te puedes sacar del club por una multa de diez mil euros. ¿Has entendido, co?
-¿Cómo es eso?
-Pues, co, ¡yo he metido dinero en ti! ¿No te he comprado, co, por mi polla, ropa de pijas, no he arriesgado meterte en el club, que hablé con Juan para que cerrara los ojos por tu visa caducada? ¿Qué cojones, éstos no son euros también? ¿Piensas que cualquier puta entra en un club como éste? ¿Tú no ves que sólo los ricos vienen aquí?
Aurelia calla, mira sus músculos enormes, el dragón rojo tatuado en el hombro y el corte en la mejilla izquierda.
-Ni siquiera quiero huir, co.
-Pues si huyes, ¿qué haces? Tú eres una puta, acabarás en un club, y yo tengo antenas en todos los lados, porque sabes que me conocen en toda España, desde las islas hasta Madrid. Si te pongo la garra encima te pico en trocitos, te hago el coño todo andrajos, que no podrás producir un euro en toda tu vida.
-¿Pero después de un año estoy libre? Es decir, ¿podré producir para mí?
-Sí, co. Soy un hombre de palabra, ¡¿qué cojones?! ¿Las putas me faltan a mí? Ja-ja, encuentro cinco como tú después de un año. Pero a mí me gustas tú, eres guapa y obediente. Puedes hacer lo que quieras con tu coño después de un año. Sólo esto quiero de ti, que no subas con rumanos y que no esnifes. Para tu bien te lo digo, co. Tuve hace un año una de Târgovişte (distrito del centro sur de Rumanía). Veinte añitos, frescura-frescura. Hacía mil euros fáciles por noche. Empezó, la muy vaca, a esnifar. Decía que en broma. En dos meses ya era un pecio, una destrozada. Juan la echo a la calle. Ahora folla por un puñado de euros con todos los vagabundos del parque, se pasó a la jeringa. Tiene treinta kilos mojada, es un esqueleto, se le cayeron los dientes y apenas puede sujetar un vaso en mano. Por eso te lo digo, no empieces a fumar que tendrás problemas serios.
Después de tres meses Aurelia entró en negocios con un distribuidor. Le compraba cocaína con cincuenta euros el gramo, y la vendía a los clientes por sesenta euros el gramo. El halterófilo no sabía nada aún. Su vida iba hacia una zona iluminada. Se había hecho tres clientes permanentes. En sólo dos meses hablaba aceptablemente español, podía llevar una conversación vulgar con cualquier cliente.
-Quiero darte por culo.
-Si me compras una copa ahora, me la puedes dar.
Las copas eran caras, treinta euros por copa, era atributo sólo de las prostitutas. Una copa de whisky para un cliente valía diez euros, en cambio si un cliente compraba una bebida para una puta el precio se triplicaba. El patrón ganaba mitad-mitad con la prostituta por cada bebida que el cliente le pagaba. Un negocio beneficioso para los dos. Por supuesto que la prostituta compartía su parte de ganancia con el proxeneta.
Los tres clientes permanentes eran españoles con edades de entre cuarenta y cinco y sesenta y cinco años. Todos la querían por su manera infantil de comportarse. Por lo menos eso creía ella. Uno de ellos, Raúl, acostumbraba a traerle caramelos cada vez que la visitaba. Para ellos hacía pequeños favores, tardaba un cuarto de hora más en la habitación de los placeres o los trataba con más atención, rechazando otros clientes cuando los veía entrar en el bar de burdel.
Una de las chicas del halterófilo la había enseñado unos trucos lucrativos.
-Chica, ¿sabes cómo hago yo dinero con mi André?
-¿El del mercedes SLK?
-Sí, chica. Estate atenta, el mes pasado le dije que se murió mi madre y le pedí dos mil euros. He llorado un poco, así, para que me creyera. Al día siguiente vino al club antes y me coló un sobre con dos mil quinientos euros. Chica, éste me quiere. Ji-ji. Y me dijo también “te acompaño en el sentimiento”
-¡Vamos, chica! ¿Cómo mentirlos yo a los míos?
-Pues, hace tres meses le dije, al mismo Andrés, que se me había muerto la abuela. Me trajo mil doscientos euros en un sobre blanco, me lo coló por debajo de la mesa.
-Chica, ¿y si se da cuenta?
-¿Qué se va a dar cuenta, chica? ¡No seas tonta! ¿Qué, cuándo viene el a Rumanía para averiguar si mi madre está en el cementerio? Ahora me llama “mi huérfana triste”, porque yo, cuando lo veo, pongo una cara de entierro y le digo que no puedo esperar para irme a llorar a la tumba de mi madre y de mi abuela. Ni siquiera tiene ganas de follarme. Empieza a contarme que él también tuvo un hermano y que se murió de cirrosis hace cinco años. Que él también sabe cómo se siente al perder a un ser querido. Me quiere animar. ¿Me entiendes?
-Sí, chica, te entiendo.
Aurelia había aprendido la lección: en seis meses se le había muerto sucesivamente dos veces la madre, una vez el padre, dos veces el hermanito pequeño y algunas veces la abuela.
Cuando se le murió la madre la última vez había esnifado cocaína. Raúl tenía una cuadra de caballos y a sus sesenta y cinco años le gustaban las chavalas.
Aurelia repetía llorando.
-Raúl, me entiendes, estoy triste…se ha muerto, ha muerto hace dos días, se ha acabado el dinero para las medicinas, y yo he tenido un mes malo. No he podido mandarle los quinientos euros mensuales.
-Mmmmmm, ¿seguro se ha muerto tu madre, Lucky?
Cada prostituta elegía un nombre de escena. Aurelia había visto en una telenovela una chica muy sexy y rica, llamada Lucky. Cuando el proxeneta le sugirió que se eligiera un nombre sensual con el cual presentarse frente a los clientes, ella prefirió Lucky.
-Aurelia es un nombre de pueblerina. Lucky suena chulo, le dijo el halterófilo. Ganarás mucho dinero con este nombre, ya verás.
Aurelia, alias Lucky, cerró los ojos y se cubrió la cara con las manos, simulando una voz llorona.
-Sí, hace dos días. Pobrecita, no tuvo dinero para comprar medicinas.
Raúl la cogió tiernamente de la mano.
-Mira, tenemos un problema. Te he dado un dedo, pero tú me has cogido todo el brazo.
-¿Qué? No entiendo.
-Lucky, despierta, alguien puede tener más de un padre, pero sólo una madre.
-No entiendo. ¿Comprendes que no he tenido un mes bueno? No he tenido dinero para comprar medicinas.
-Lucky, yo no te he dicho que no tienes razón. ¿Pero sabes qué pasa? Hace dos meses se murió tu madre también.
-¿Sí? ¿De verdad?
-Sí, así dijiste: Raúl, ayúdame con el dinero para el entierro de mi madre. Extraño, habías llamado un día antes y todo iba de maravilla. Y de repente se murió.
-No, ahora se ha muerto de verdad.
-Oye, no tienes que mentir. Te lo pido, dime, ¿para qué te hace falta el dinero?
-Raúl, créeme, está muerta, sin vida, en ataúd. Tiene velas alrededor. Así es la costumbre en Rumanía, un ataúd de madera sobre una mesa, con velas encendidas alrededor. Se llama “priveghi”.
-¡Para, éstas son tonterías!
-¡Te lo juro, te lo juro por mi madre! ¡Está muerta, muerta de verdad!
-¡No la entierras ya, por favor! Desde unos cuantos días ya no me gustas. ¿Qué pasa contigo, Lucky? ¿Tomas drogas?
-No, no tomo nada, pero mi madre está muerta. Está muerta en ataúd.
-¡Basta ya! Son tonterías. ¿Cuánto dinero te hace falta y para qué?
-Pero mi madre…
-¡Basta ya! ¿Cuánto y para qué, Lucky?
-Me hace falta mil euros para medicinas…
-¡Basta! ¡Basta ya! ¡Quiero la verdad! ¿Cuánto y para qué?
-Mil euros, para mi hermano que va a la universidad en Rumanía.
-Mmmm, ¿tomas drogas? Quiero saber la verdad. Pensaba que éramos amigos, pero me doy cuenta, y lo siento, que me mientas como mientes a tus clientes.
-Raúl, cariño, te quiero. Me gustas mucho, quiero estar contigo para siempre. Eres tan amable conmigo, tan generoso.
-Lucky, toma quinientos euros, esto es todo lo que llevo ahora encima. Llámame cuando acabes con las drogas y con las mentiras. Lucky… la besa en la frente. Adiós.
Aurelia se levanta rápido tras él para besarlo afectuosamente. Raúl la esquiva y sale de la habitación. Aurelia, alias Lucky, se arregla el sujetador, mira el reloj del móvil y se mira al espejo de la habitación de los placeres. Se manchó con un poco de rímel en la mejilla. Ningún problema. Esta noche no tiene más ganas de sexo. Mejor esnifaría algo. En la cama deshecha yacen los billetes amarillos de cincuenta euros que le había dejado con prisa el viejo propietario de la cuadra. En quince minutos había producido quinientos cincuenta euros más otros ciento veinte para la hora que le había pagado Raúl por adelantado. “Un total de seiscientos setenta euros en un cuarto de hora”, se repetía. Una vida maravillosa. Yo la conocí una noche de viernes. Había entrado en un burdel con un ex convicto, un tío conocido como Cocostârc (cigüeña). El apodo lo recibió por tener los brazos muy fuertes e increíblemente finos comparados con el busto.
-¿Tú vas, co, al campo de calabazas?
-¿Dónde, co?
-¡Al campo de calabazas!
-¿Qué diablos estás diciendo, co? ¿Qué es eso un campo de calabazas?
-¡De putas, co, de putas!
Cocostârc tenía treinta y dos años y no podía pronunciar correctamente “teleenciclopedia” (programa informativo-educativo de la televisión rumana, como una enciclopedia televisada). Nos divertíamos con este tema, como nos divertíamos también cuando iba por la calle y atraía la atención de los amigos con la misma replica: “Madre mía, pero ¡qué calabaza tiene esa!, refiriéndose al culo de las mujeres. Por supuesto que era un reprimido sexual, los cuatro años pasados en las prisiones de Rumanía lo marcaron profundamente.
Cuando entramos en el burdel donde trabajaba Aurelia, Cocostârc me enseñó discretamente una venezolana con el pelo rizado y los pechos enormes. Muy simpática, de todas formas.
-¿Te gusta?
-Msí, es simpática.
-¡Vete a tomar por culo! ¿Sólo quieres pamelas? (refiriéndose a, como no, Pamela Anderson)
-Sí, co, está muy buena. ¿Por qué no la follas?
-¡No quiere follar conmigo!
-¿Por qué? ¿Cómo que no quiere follar contigo?
-Pues la pregunté la semana pasada si quiere follar conmigo y me dijo que tenía novio.
-Co, pero ¿también estuviste la semana pasada aquí? Ja-ja, a este ritmo no juntarás jamás dinero. ¿Cuántas veces vienes de putas al mes?
-Vengo dos-tres veces a la semana.
-Ja-ja, por eso le pides tú al jefe que te pague por adelantado, que tú gastas el dinero con las prostitutas.
-No, que no subo siempre. Vengo, me tomo una cerveza, veo una calabaza, meto mano a una nalga, bromeo con ellas, se me pasa el tiempo.
-Claro que pasa, así tienes material, ya no necesitas revistas porno para masturbarte, loco. Ja-ja… Oye, pero ¿otra réplica más estúpida no encontró, sólo esa de que tiene novio?
-¿Qué?
-Es decir, ¿otra mentira no encontró? Tuve que repetir la pregunta porque la frase anterior tenía dos palabras que él no conocía: “réplica” y “estúpida”. Mientras me hacía la autocrítica por haber llegado a congeniar con todos los prisioneros, mafiosos y analfabetos, se nos acercó la sensual Aurelia.
-Buenas noches, me susurró al oído.
-Buenas noches, soy rumano.
-¿Sí??? No me di cuenta, por el peinado me dije que eres español.
-No, querida, soy rumano.
Besó en la mejilla a Cocostârc y se volvió hacia mí.
-¿Me das fuego?
No tenía sujetador, los pechos grandes se le observaban a través de la blusa transparente.
-¿Cómo te llamas? Le tendí el mechero mirándole hipnotizado los pechos.
-¿Te gustan mis tetas, quieres follártelas?
Me he sonrojado como un bachiller tímido.
-¡Vamos, co, Alberto, reconócelo! La chica te preguntó honradamente. Mientras, Cocostârc se coló la mano debajo de su falda corta.
-Me llamo Lucky, me dijo, luego se sentó entre mis piernas. Ya estaba teniendo una erección.
-Lucky – Lucky, ¿pero el nombre real cuál es?
-Aurelis.
-Encantado, Aurelia, yo soy Alberto. No me tendió la mano, yo tampoco se la tendí, en la derecha sujetaba el cigarrillo y la izquierda la apoyaba relajado en su pecho.
-¿Me compras una bebida?
-No, que no tengo dinero. Me sujetaba la mano entre las suyas, acariciándola suavemente. La estrategia de las prostitutas. Había pasado el test, no tenía manos de trabajador en construcciones.
-¿Ni siquiera una Coca-Cola?
-¿De dónde eres de Rumanía?
La conversación estúpido-erótica duró quince minutos más. Fuimos interrumpidos brutalmente por un español drogado que me preguntó si tenía intención de llevarme a Lucky arriba, en la habitación de los placeres. Le hice como que no. Lucky voló a sus brazos. Después de unas palabras tiernas que le susurró el drogado, se dirigieron los dos hacia la escalera que llevaba arriba, en donde iban a pasar la siguiente hora.
Cuando pasó por donde estaba yo, el drogado me ofreció un cigarro, sonriéndome largamente, luego puso su mano en el culo de Aurelia, susurrándole obscenidades. Cogí el cigarro con marihuana y salí del burdel solo. Cocostârc había intentado de nuevo, sin suerte, convencer a la venezolana simpática para que pasara por lo menos media hora con él. Esta vez tampoco tuvo suerte, la prostituta simplemente detestaba a los rumanos, había tenido experiencias desagradables con ellos. Se había aburrido rápido del rechazo constante, se había excitado mirando lascivamente el cuerpo de la prostituta. Me enseñó una rusa con un culo grande.
-Me subo con ésta.
-Vale, yo me voy. Suerte, diviértete.
-¿Pero no te coges ninguna?
-No, no me gusta nada de por aquí.
-Ja-ja, vale, vete y hazte una paja a casa.
Eran las dos de la noche, la calle estaba llena de fiesteros. Me hundí las manos en los bolsillos de los vaqueros y me fui andando a casa. La marihuana la fumaré con Miruna, me dije. Hacía una semana que me pedía un poco de hierba. Hacía un año que había dejado las drogas fuertes, fumaba hierba de vez en cuando, nada más.
Aurelia continuaba haciendo víctimas. Cocostârc me confesó que le gustaba mucho y que había oído que se le murió un familiar cercano. Quería ayudarla con dinero.
-¡Co, pero tú estás tonto del culo, no se le murió nadie, lo dice así, para quitarte el dinero, hombre!
-Lloraba, la pobre, si la hubieras visto cómo lloraba. Se me puso la carne de gallina. Lloraba como un niño pequeño.
-Cocostârc, no entiendes, a ella se le muere cada mes una familiar o dos. ¿Qué demonios, las mentiras te hacen falta a ti ahora?
-No puede, co, no puede mentir. ¿No entiendes que sollozaba? Se me partió el corazón al verla…
-Se te partió el corazón en dos mitades congruentes.
-¿Congru-cómo?
-Es decir, quiere impresionarte, para que seas generoso.
-No lo creo, lloraba de verdad.
-Crees lo que quieres, yo te digo que miente.
Más tarde me enteré de que había cotizado en la cuenta de los familiares fallecidos con seiscientos euros. Tras unas semanas se enteró de la verdad. Estábamos en un bar. Me contaba ofuscado.
-La parto, que se muera mi madre, la parto. Puta del diablo. Mira a quién he dado yo seiscientos euros. Si me lo hubiese pedido mi madre le habría dicho que no tenía. Pero a este trapo se lo he dado. Me follo en su nación. Mañana me voy al club y la piso con mis pies por los seiscientos euros. Lo juro por la tumba de mi padre. Le rompo la cabeza.
-Tranquilo, que tiene chulo.
-Me meo en él de chulo. Los pego a los dos. Quise ser un caballero, le di dinero. Hace el clásico gesto con el dedo en la mejilla. Le piso el cuello. Los muertos de su madre de puta penal.
-Cocostârc, mejor llámala y dile que te has enterado de todo y que estaría mejor que te devolviera el dinero.
-¿Qué, co? ¡¿Tú no has oído que la pego y encima me cobro el dinero de vuelta?!
Empezaba a aburrirme. Este cretino estaba penoso. Pero aún más penoso estaba yo, que perdía el tiempo con nulidades como éste.
-Co, yo tengo trabajo, me voy.
-¿Dónde vas, co? Quédate más.
-No, que tengo cosas que hacer. Me voy a comer. Estoy muerto de hambre, en serio. Suerte, me voy.
Le tendí la mano, me la apretó sin ganas.
-A esa la pego, vaya que si la pego.
Sonreí condescendiente.
-Vale, co. Písala con tus pies. Paga mi café también. Suerte.
-Suerte.
Había mentido, Aurelia hacía tiempo que no tenía chulo, pero intentaba tranquilizar a Cocostârc.
El halterófilo había huido a Rumanía después de unas denuncias hechas por sus prostitutas.
Salí. Hacía calor, era verano. Los viandantes sonreían, es un mundo maravilloso, me dije. ¿A quién le importan los problemas de los dos inmigrantes rumanos? Sonreí. Me había fabricado hace tiempo una teoría con la ayuda de la cual pasaba con facilidad de los momentos delicados. La teoría era simple, extremadamente simple: hay ingenieros electricistas, taxistas, farmacéuticas, presidentes de corporaciones internacionales, vagabundos, violadores, halterófilos, pilotos de fórmula uno… ¿Por qué no existiría gente que reclame los servicios sexuales pagados? Aurelia era una puta. Podía haber sido una trabajadora en una fábrica de confecciones. Implícitamente, en su lugar, podía haber estado otra joven de la sección de “acabado”, digamos, Marioara, una chica rubia con los ojos de un azul claro. Mi réplica favorita en casos como éste es: “No existen pecados, sino sólo nuestros hechos”. ¿Culpar una puta? ¡Fútil! De no haber sido Aurelia, aparecería Marioara en frente de los clientes del burdel enseñando sus senos. Alguien tiene que ser prostituta, alguien tiene que escribir sobre las putas.
Terminé el cigarrillo. Preferí sentarme en un banco del parquecito de los alrededores del edificio. Encendí otro, fumo mucho, me dije. Es fácil ser cínico. Tiras con los destinos de la gente contra todas las paredes, les encuentras manchas en el alma, los rajas como las tiras de carne colgadas en los ganchos de la carnicería. ¿Dónde está el lema con “el amor hacia el prójimo”? ¿Quién asume toda la incapacidad de la humanidad? Nadie, absolutamente nadie. De hecho, es simple: la gente simplemente muere de hambre, en guerras inútiles, los aviones destruyen los rascacielos… todo se vuelve estadística: en España hay “x” personas que practican la prostitución, el último terremoto de Turquía causó “y” víctimas. Leemos la información en un periódico, o la escuchamos en las noticias, luego nos preparamos para cenar. Punto. Cenamos. Punto. Practicamos sexo con la mujer. Punto. Nos dormimos. Punto. ¿Dios existe? ¡Sí! Dios existe. En nosotros, escondido. En el fondo, ¿por qué está escondido? Quizá sea asustadizo…ok, sin bromas de obrero.
Victoraş

Estaba enfadado. No me quedaba dinero, no tenía trabajo, me había quedado sin pasaporte, había perdido cientos de euros en los juegos de azar y no tenía ninguna esperanza de llegar a flote muy pronto. Estaba en la cama y fumaba Chesterfield pensando en que tiene que existir una solución fácil de hacerme con dinero sin mucho esfuerzo. Me acordé de que me dijo Petruş cuando se vio en medio de Bucarest en lleno atasco. Gente con prisa con carteras en las manos entre mendigos y pobres. Los unos al lado de los otros y un atasco típicamente de Nueva York: “¡Alberto, se me levantó la polla! ¿Me crees que se me levantó la polla cuando me di cuenta de todo el dinero que hay en esta ciudad?” no se me había levantado nada, estaba en la cama y mandaba el humo sin importarme nada, hacia el techo. Era una situación de momento, más que seguro. Siempre salía vencedor de las situaciones de crisis. Además era verano, pleno verano, y yo en verano tenía una suerte extraordinaria con el dinero. En la tele ponían un programa de cotilleos, estos españoles están locos por los cotilleos. En España había desarrollado una pasión por los anuncios publicitarios. Algunos los recordaba meses enteros, apreciaba todo ese equipo de especialistas: psicólogos, directores y actores, que en treinta segundos consiguen hipnotizar a un pueblo entero haciéndolo comprar una chocolatina por un euro y veinte céntimos, cuando su coste de fabricación es de aproximadamente veinte céntimos. Pensé que podría hacer anuncios, soy hábil cuando tengo que convencer a la gente. Había empezado a pensar un anuncio anti-tabaco, pero me interrumpió el móvil. Era Cocostârc.
-Sí, co, ¿Qué quieres?
-¿Qué pollas estás haciendo, co?
-Estoy viendo “Aquí hay tomate” en Telecinco.
-¿Qué?
-“Aquí hay tomate, en Telecinco.
-¿Qué te pasa, co, se te va la olla?
-Cocostârc, ¿tú no ves la tele? Hay un programa en el canal 5, “Aquí hay tomate”.
-A la mierda de cotilleos. ¿Tienes tabaco?
-Co, ¡pero qué mendigo te has hecho! Ni siquiera tabaco tienes. Tengo, anda, pásate por mi casa que estoy aburrido de todas formas.
-Vale, pero me compras a mí también un paquete de tabaco.
-Sí, te compro. Anda, ven. Llama al 2E en el interfono, ¿sabes, no?
-Sí, co, lo sé. Llego en diez minutos.
-¡Suerte!
-¡Suerte!
Cocostârc vivía junto a otros ocho individuos en un piso de cuatro habitaciones a menos de diez minutos andando desde mi piso.
Empecé a ultimar el anuncio anti-tabaco, fumando y mirando atentamente los círculos de humo que se alejaban rápidamente hacia el techo blanco. Un fumador habla con un cigarrillo. El bar lleno de humo, el fumador intentando dejar de fumar. Le explica al cigarrillo que por la mañana tose mucho, ya no puede subir las escaleras sin cansarse; que es como si se quemara el dinero cuando está fumando. El cigarrillo le reprocha cabreada que le es desagradecido, que siempre ha estado al lado de él, en lo bueno y en lo malo. Cuando lo dejó la primera esposa, cuando perdió ese trabajo bien pagado, cuando estuvo con él en dondequiera, en la playa, en Argentina, en el instituto, en la discoteca, que le protegió de todos los factores de estrés, y así seguidamente. El fumador se queda decidido en su postura, lo dejará y ya está. El cigarrillo le pide un último deseo: que lo abrace por la última vez con humo. Y en ese instante se le engancha en los pulmones con una mirada diabólica, matándolo. Algo así como “todos hieren, el último mata”. Con una escenografía adecuada, sale un anuncio chulo.
Justo en el momento que pensaba buscar en internet algunas agencias de publicidad de Barcelona, y traducirlo todo al español, sonó el timbre del interfono. Salté de la cama con el cigarrillo en mano, tuve tiempo de observar mi cuerpo esquelético en el espejo inmenso del pasillo y de dar un calo más antes de responder al interfono.
-¿Eres tú, co?
-Sí, ¡abre!
Hasta que Cocostârc llegó al segundo piso me miré al espejo. Las costillas se me observaban como a los detenidos de Auschwitz, y las rodillas eran exageradamente grandes. Fumaba distraído. ¿Y qué? Como si fuera el único esqueleto ambulante de este planeta… África está llena de Albertos negros. No estoy solo.
-Alberto, ¡qué delgado estás! Tu hermano está delgado, tu hermana también, pero parece que tú comes sólo el miércoles y el jueves. ¿Por qué no engordas, tío?
Primero se dice “Hola, Suerte, ¿Qué tal?”. Le tendí la mano. Me la apretó blando, tenía las palmas sudadas. Fuera hacía mucho calor, más de 35°C. La camiseta se le había ceñido encima de los pectorales prominentes, y los sobacos le habían sudado abundantemente. Esparcía un olor ligero de sudor y colonia barata.
-Hola, don Alberto.
-Así sí.
Empezó a reírse.
-¡Vete a tomar por culo! Luego preguntó rápido. ¿Tienes agua fría en la nevera?
-Sí, mira a ver por allí.
Entró a la cocina, cogió una botella de 1.5 litros de agua fría y una manzana grande y vino al salón.
-¿Qué tal estás?
-Estaba viendo los cotilleos. Cocostârc, ¿no te dio Sică hace dos días veinte euros? ¿Qué has hecho con ellos? ¿Otra vez estás sin tabaco?
-Compré algo de café, un saco de patatas, una docena de huevos, tres paquetes de tabaco del “baratínez”, como dices tú, unas cuatro barras de pan, me recargué el móvil con cinco euros, una botella de Cola, bebí una cerveza en un bar y me quedan dos euros todo el dinero. Dices veinte euros como si dijeras quinientos. ¿A ti te queda dinero?
-Me quedan unos diez euros todo el dinero, pero me pasaré mañana por casa de mi hermana para que me deje algo prestado. Te compro yo un paquete de tabaco. ¿Cuánto más tienes que cobrar del trabajo?
-Unos trescientos y pico de euros, pero quiero mandar doscientos euros a Rumanía, que se rompió mi cuñado la pierna y tienen que darle el soborno al doctor. ¿Tú?
-Lo mismo, unos tres, cuatrocientos euros.
-¿Dónde está tu hermano?
-No lo sé, se fue con Sică a coger un trabajo grande en Gijón, creo.
-¡Dios le ayude! Igual empezamos el trabajo nosotros también, que ya me he aburrido en casa todo el día. ¿Dónde está este Gijón? ¿Está lejos?
-Unos setecientos kilómetros, al océano, cerca de Oviedo. ¿Sabes dónde está Asturias?
-¿Qué es eso Asturia?
-Asturia no, sino Asturias. Es una región como Aragón, es decir una especie de provincia como en Rumanía. La provincia de Brăila tiene varias ciudades: Brăila, Ianca, Făurei. Del mismo modo Asturias tiene Oviedo, Gijón; Aragón tiene Zaragoza, Huesca, Calatayud, etc.
-A la mierda de provincias. Vamos fuera.
-¿Con este calor?
-¿Pero no has dicho que me dabas dinero para tabaco?
-Sí, te daré.
Se llevó la botella con agua fría a la boca, borboteando ruidosamente y girando la mirada por la habitación. La manzana de Adam le subía y bajaba rítmicamente como un pistón que rueda envuelto en piel. Se levantó de la silla y se acercó a la estantería.
-¿Quién es ésta que está como un trapo?
Era una foto con una prostituta de un burdel, sonriendo vagamente al lado de una máquina tragaperras.
-Una, no la conozco. Fue querida de Costel. Una prostituta.
Cocostârc miró curiosamente un poco más la foto de la chica y se sentó en una silla a mi lado, espirando ruidosamente.
-¿Nos vamos, co?
-Espera a que me vista.
En el armario había mucho desorden. Olí un par de camisetas y escogí una verde que me hacían parecer un poco más gordo. Entré al baño. Tengo una debilidad por los espejos. Me miré atentamente al espejo. Me pasé rápidamente la mano por el pelo. Un poco de gomina para el pelo, de la barata, y estoy como nuevo. Esta gente tiene una debilidad por los héroes y las historias con happy-end. Se miran al espejo como si buscaran un aliado para sacarlos de problemas. O como si telefonearan a un tío rico de Texas para que les deje diez mil euros cash. Pasé varias veces el desodorante por el sobaco y me perfumé apretando agarradamente el frasco del perfume calculado para que me llegara un mes más. En el fondo salía a tomar un café, no a una recepción donde estuviera invitado El Rey Juan Carlos. Más que seguro que acabaremos en un bar barato, que hay miles de ellos en Zaragoza.
Me miraba los ojos atentamente en el espejo. Me vi en un rincón del baño. Veía un flaco que se miraba la dentadura averiada pensando en cómo podía enmascarar la ausencia de las cuatro muelas. Luego tuve la revelación total sobre ese Alberto que se miraba al espejo. Un individuo mísero, perdido en una masa compacta de gente abandonada en un universo que les pone obstáculos a cada paso. Ya no importaba la nacionalidad, el grado de cultura o los kilos. Era sólo una réplica rápida de un Adam arrojado por Dios en un infierno de leyes meticulosamente compuestas para llevarlo a la esclavitud. Con cada segundo que malgastaba respirando, no hacía otra cosa que pincharse en la piel pequeñas agujas que le atrofiaban el pensamiento y la libertad. No me dio pena. Era un mortal. Luego me volví de nuevo Alberto. Salí del baño alegre.
Cocostârc tenía una inteligencia muy reducida. O un IQ de gallina borracha. Muchas veces le dije a Costel, lleno de frustración, que a España sólo llegaron los últimos rechazos de caracteres humanos de Rumanía. Cocostârc era un prisionero casi analfabeto. No podía pronunciar “teleenciclopedia” y éste era para mí un motivo para divertirme. Cuando quería ponerlo en su sitio le pedía que pronunciara rápido “teleenciclopedia”. Se sonrojaba, su manzana de Adam hacía esfuerzos sobrehumanos para no reventar, y él sólo conseguía pronunciar “teleen… teleenciplo… teleenclopedia…” seguido, invariablemente por un “¡iros todos a tomar por culo, que nunca pude decir esta palabra!”.

-Costel, le reprochaba yo a menudo, ¿sabes qué hacemos nosotros aquí en España? Vivimos al azar, co. Nos malgastamos la juventud entre cretinos. ¿No ves que aquí han llegado sólo ladrones, prostitutas, albañiles y alcohólicos? Es como decir que esta España es un asilo para los hándicaps de Rumanía.
-¿Y qué quieres que hagamos, Alberto? irnos a Rumanía y comprar tabaco abriendo una cuenta de deudas con el quiosquero Nea Gheorghiţă. Nos quedamos aquí, que bien o mal, conseguimos juntar para una fabada. ¿Cuándo vivías tú así en Rumanía, cafés en el bar, dos paquetes de tabaco al día, la nevera llena y tres pares de zapatillas de deporte?
-Ja-ja-ja. ¡Nos coronamos! Como los señores vivimos aquí.
-No te rías más, tonto. De todas formas fracasabas en Rumanía. Si eres ahorrado te irás de todas formas en verano con unos cinco mil euros y te divertirás como los chicos en la playa, con las chicas.
-Que sepas que he deseado toda mi vida ésto: irme un verano a Rumanía con cinco mil euros en la cartera y reventarlos en Mamaia (famosa ciudad con playa en la orilla del Mar Negro, en Rumanía) y en Poiana Braşov con todas las menores que la chupan por un paquete de LM azul y una Cola. Éste es mi ideal en la vida, trabajar como un esclavo un año entero aquí, darle a la pala diez horas al día e irme un mes a Rumanía con cinco mil euros y que me saluden los vecinos como a un nabab.
-¿Y por qué no juntas el dinero? Te compras una casa, un coche, y no te quejas tanto; te vas a Rumanía y trabajas por Dios sabe qué. Tú no sabes qué quieres. En serio. ¿Qué quieres? El dinero se gana difícilmente. Vete a trabajar, ahorra dinero y hazte un futuro. Porque no has venido para ganar antigüedad en España. ¿Tú no ves que los alcohólicos de los cuales te ríes se han hecho casas en Rumanía después de dos años en España? ¿Tú qué demonios tienes?
-Por lo menos yo no me he comprado una caja de cartón y un escúter. Ja-ja-ja.
-Te ríes como un estúpido. En vano te crees inteligente si no tienes ni cinco euros en el bolsillo. Hueles a tonto desde lejos.
Y la conversación continuó media hora más, con el mismo tema. Todos los analfabetos rumanos que llegaron a España y no saben cuándo se dice “Buenas tardes” y “Buenos días” tienen coches de lujo y pisos céntricos en las ciudades de Rumanía. Tenía él su razón.
Pero de momento todos pasamos por momentos difíciles. El jefe tenía problemas con el hecho de que usaba trabajadores rumanos sin documentos de residencia, así que tuvo que buscar obras en zonas más alejadas, donde no conocían aún la verdadera historia: un traficante de carne. Muchas veces les decía a sus conocidos que sus trabajadores son como las putas, y él, su chulo. Hacen mitad-mitad del beneficio. Había una necesidad inmensa de mano de obra, pero sus rumanos no tenían el derecho legal de trabajar, así que se veía obligado a aceptar contratos menos lucrativos de las empresas de construcción que trabajaban semi-legalmente: aceptaban tácitamente a los trabajadores sin permisos de residencia, pero a cambio pagaban menos que se hubiera pagado normalmente por el mismo tipo de trabajo. Total, todo el mundo ganaba, menos la Hacienda española. Todos eran felices. Pero lo que no sabían era que hacía tiempo que la policía fiscal le pinchaba las conversaciones por teléfono y supervisaban atentamente al Jefe, que había atraído la atención por su estilo de vida de príncipe árabe. Tiraba miles de euros a diestra y a siniestra. Los españoles son un pueblo modesto, ni siquiera los grandes dueños de empresas no se muestran en público con sus riquezas. Sică tenía la mala costumbre de desfilar con los miles de euros que había obtenido ilegalmente.

Cuando entré al salón Cocostârc intentaba descifrar, silabeando, un SMS de Vodafone.
-¿Qué coño quieren éstos, co? Mira tú, que sabes español.
Leí rápido, una oferta de verano.
-Nada interesante, una oferta con la cual hablas con un céntimo el minuto con los números Vodafone. Te cuesta seis euros y hablas con un céntimo hasta septiembre. Vámonos.
Fuera hacía muchísimo calor. 38°C. Entramos en el primer bar que encontramos abierto en Tenor Fleta. Desde hace tiempo en España se habían multiplicado los chinos. Tenían tiendas llenas de productos baratos, en los cuales encontrabas de todo, desde agujas para coser hasta ropa para trabajo. Precios irrisorios. Además habían empezado a comprar bares. La mitad de los bares de la ciudad les pertenecían.
Me divertían con su estilo de hacer comercio de cualquier cosa. En la esquina del edificio donde vivía había una pequeña tienda con productos alimenticios, propiedad de una familia de chinos. Hablaban mal el español, y nunca pronunciaban la “r”. Había aprendido tres cosas en chino. Decir “hola”, “gracias” y “hasta luego”. Saludé cortésmente en chino a la pequeña china. Me miró sorprendida, de dónde sabe este flaco chino… Igual de sorprendido estaba Cocostârc, era un genio para él si además sabía hablar chino. Luego le pedí dos cafés con leche y le di dinero para que se comprara tabaco. Cuando la china vino a limpiar la mesa de al lado, Cocostârc se hincho los bíceps por reflejo, eran sus únicas armas cuando se ponía el problema de conquistar a una mujer.
-¡Qué calabaza chula tiene esta china! Igual se lo rompería un poco. Y me guiño el ojo con mucha chulería.
-Cocostârc, no te ligarás nunca en tu vida una española si ni siquiera sabes hablar correctamente rumano.
-Vete al diablo, co, inteligente. Venga, dime, cómo se dice en español: “¿Quieres salir conmigo esta noche?”
-¿Por qué?
-Igual sale conmigo a la discoteca.
La miraba con ganas, como un perro en celo. La pequeña china le había visto las miradas libidinosas. Estaba de alguna forma molesta. Tenía poco más de un metro sesenta y unos cincuenta kilos, y él tenía un metro setenta y ocho y ochenta y cinco kilos. Davida y Goliat, versión española, 2004. Cocostârc se dio cuenta de que la intimidaba y me repitió entre dientes “¡Dime, co!”
-¿Quieres tomar algo conmigo esta noche?
-¿Cómo, co?
-¿Quie-res to-mar al-go con-mi-go es-ta no-che?
-¿Cómo? Empezó a repetir tartamudeando lo que yo le había silabeado lentamente. No puedo, co. Dímelo otra vez.
¿Quie-res to-mar al-go con-mi-go es-ta no-che?
Empezó a repetir en voz alta. Estaba penoso. Le dije que se callara, que me daba vergüenza. Una pareja de españoles viejitos en la mesa de al lado nos miraban con interés. Me di cuenta del momento crítico y le dije entre los dientes.
-Cocostârc, para ya que nos hacemos de cacao. Mira cómo nos miran los esos dos pensionistas de esa mesa. Y le indiqué discreto una pareja de la tercera edad. Estaba llena de oro, como todas las españolas de sesenta años, maquillada como una puerta de iglesia, y él, delgado, jorobado y con un cigarrillo de hojas barato en la mano.
Cocostârc se giró hacia ellos y observó sus miradas curiosas.
-Os la meto en la boca, co. ¿Qué miráis así como desesperados? (en rumano)
El español miró atentamente a Cocostârc y le sonrió un poco. No había entendido nada de lo que dijo.
Preguntó cortésmente en español.
-¿Qué ha dicho el caballero?
Intervine de inmediato.
-Nada, no te preocupes, tonterías. No pasa nada.
La pensionista sonrió también. Pero continuaba mirando bastante insistentemente. Había entendido que alguien quería tomar un café esa noche, pero cómo, quién con quién o cuándo no había entendido.
-Cocostârc, para ya. Yo me voy, nos hacemos de mierda aquí. Igual llaman a la policía también.
A la palabra “policía” Cocostârc tenía alergia. Nos levantamos lentamente, como si no hubiera pasado nada, pagamos, saludando cortésmente a todo el mundo al salir del bar. Como era de esperar, nos devolvieron el saludo, tanto la camarera, como la parejita de edad.
En la calle empecé a apostrofarlo.
-Estás tonto del culo. No insultes en voz alta, que no son tan tontos.
-Anda ya, que me habían desesperado, ¿no has visto cómo me miraban? Como si les hubiera robado el monedero.
-Es así como miran ellos, ¿qué, no pueden? Es su país, pueden mirar lo que les guste.
En la Avenida Tenor Fleta hacía un calor insoportable. Eran casi las seis de la tarde, pero el sol pegaba fuerte. Más de 35°C. A esa hora era bastante aglomerado, las calles estaban llenas de coches y trabajadores que volvían del trabajo. Habitualmente, era entonces cuando la policía para extranjeros estaba en plena actividad en la calle. No temía por mí, gracias a mi fisionomía no me habían parado nunca por la calle. Pero Cocostârc podía atraer las miradas curiosas. Su fisionomía de rumano, su corte de pelo americano, el andar de Brăila, balanceándose, y sus tatuajes asquerosos, le delataban desde lejos que era extranjero. En el bíceps derecho tenía escrito, con la tinta esa verde usada por los prisioneros rumanos para tatuarse las obsesiones, “Vasilică”, y en el otro, una serpiente anémica que se enroscaba alrededor de una mujer desnuda. A menudo le decía que, si hubiese mil españoles en campo abierto y él se escondía entre ellos, seguiría reconociéndolo. Por la sonrisa, por el andar, por la ropa. Podía hasta agacharse, seguía detectándolo. Para los coches de patrulla de la policía las primeras cosas que delataban a un extranjero eran la manera de andar y la vestimenta. Los rumanos llevaban pantalones de chándal y zapatos, moviendo mucho los brazos a lo largo del cuerpo y, siempre, pero siempre, llevaban la camiseta dentro de los pantalones. Era la prueba más a mano de que tenían que vérselas con un extranjero. Y la policía para extranjeros se llamaba genéricamente “Extranjería”. Más temida que Dios en tiempos de paz para los rumanos, marroquíes, ecuatorianos, chinos y todas las naciones que no se beneficiaban del estatus de ciudadano del espacio Schengen.
-Vamos a casa de Victoraş, me llamó hace dos días y me pidió que me pasara por su casa.
-¿Qué quería ese viejo?
-No lo sé, me dijo que quería trabajar como fuera. De todos modos, vive cerca, en Goya, a unos diez minutos desde aquí. Espera, que lo llamo.
Victoraş era un ex chófer de Brăila. Hace muchos años había trabajado en una ex empresa comunista. Después de la revolución (la de 1989, con la muerte de Ceauşescu) la empresa se había privatizado parcialmente, y los directores se mantenían en sus puestos. A mediados de los ’90 convencieron a Victoraş-el-chófer para sacar por la puerta de la fábrica utillajes y productos finitos sin ningún tipo de documento justificativo. Es decir, hurto de los bienes públicos. En un final, la hilera fue descubierta por la policía, en un complejo de circunstancias no favorables, Victoraş asumió toda la culpa. Pretendía que los jefes del bando, es decir el director, el subdirector y otros implicados en el hurto, le hubieran prometido cuidar de él y de su familia si los sacaba sin mancha en el expediente. Alardeaba de haber pasado la prueba del detector de mentiras sin haber cantado nada. Cumplió condena sólo él. Pero los miembros de la hilera lo olvidaron en la cárcel. En la celda había conocido a Cocostârc. Victoraş era un viejo simpático, impropiamente dicho “viejo”, a sus cincuenta y pico años, pero tenía el pelo completamente blanco. Tenía un humor distinguido y una percepción muy fina sobre la realidad. Había trabajado con él unos días en la obra y era delicioso cuando contaba sus aventuras por Europa hasta llegar a España.
El motivo principal de su llegada aquí era simple: su madre, una mujer de ochenta años, había enfermado gravemente y no tenía nada de dinero. Así que decidió vender la casa e ingresarla en un asilo de tercera edad, y él comprarse un apartamento en Brăila. El único problema era que aún se necesitaba invertir algo de dinero para consolidar la casa sita en una localidad muy cerca de Brăila. En el fondo se trataba de unos ocho, novecientos euros, dinero que podría haber ahorrado en como mucho dos meses en España. La ironía de la vida es que no sólo que no ahorró nada de dinero, pero consiguió endeudarse de mil euros más. Sinceramente, dos mil euros no era una suma tan grande para un trabajador en construcciones, pero, teniendo en cuenta que no tenía permiso de residencia, no conocía el idioma, no tenía idea de cómo sujetar una paleta en la mano, estaba condenado a ser siempre un jornalero que el jefe usaba varios días al mes en diferentes obras. Como mucho tres. Cuatrocientos euros mensuales se podían ganar de esta forma. De aquí sus deudas y el círculo vicioso en el cual cayó. Vivían unos siete, ocho individuos en un piso infecto en la Avenida Goya. ¿Por qué digo siete u ocho? Porque nunca se podía saber quién viene a pasar la noche o quién se va al día siguiente. Era un vaivén continuo. El piso pertenecía a un español viejo y de buena fe y lo había alquilado a por un precio módico a un agente rumano de espacios para alquilar. Módico significando cuatrocientos euros al mes con los gastos incluidos. Había sido un piso bonito, pero en un año se convirtió en una choza donde te podías hacer con un cachorro de hepatitis A sin mucho esfuerzo. El agente rumano, “hombre de negocios”, alquilaba un espacio para dormir por sumas entre cien y ciento cincuenta euros al mes, por adelantado, como con las putas. Sus beneficios eran por lo menos dobles, quinientos euros al mes. Era un ciudadano mendicante de algún sitio de Deva (ciudad del centro-oeste de Rumanía) que tenía los documentos de residencia y aprovechó el hecho de que había muchos rumanos que no tenían donde dormir, o habían venido a España porque habían oído que era un país “dulce” con los extranjeros, donde los perros andan con pasteles en el rabo. Así que especulaba con una cama o una habitación. No le importaba nada que la vivienda se había deteriorado, si sacaba quinientos euros de los inquilinos, era perfecto. A su turno, los inquilinos destrozaron el piso, poco a poco, involuntariamente o a conciencia. Ahora Victoraş era el hombre de confianza del agente porque tenía algo de antigüedad en el piso de Goya, donde vivía. Más o menos desde hace tres meses y pico. Antes vivía en una casa abandonada de la periferia. Sin luz, sin agua, sin desagüe. Como en la Edad Media. Había evolucionado bien, ya que había conseguido llegar a vivir en un piso en el centro de la ciudad, con agua fría y caliente (a veces, cuando no se estropeaba el calentador – y el calentador se estropeaba periódicamente y por regla general una vez cada tres semanas), con luces encendidas y cadena para tirar del agua en el WC. Así que vivía bastante bien para un ilegal.
Calor, mucha gente en la calle. En el cruce de Tenor Fleta y Paseo Sagasta estaban los pitos en acción – los policías de circulación que sonaban sus pitos minúsculos pero extremadamente ruidosos, que más que desbloquear, liaban el tráfico. ¿Son los policías iguales en todos los lados? Me giré hacia Cocostârc. Se había sonrojado un poco la cara. Era normal ponerse granate, no tienes ganas de encontrarte con los policías en la calle cuando no tienes documentos de residencia.
-¿Tienes miedo, co?
-¡Que los jodan a toda su nación! ¿Sabes qué les haría yo a éstos? Les rompería la boca continuamente.
Pasamos en silencio al lado de ellos en el paso de cebra. Levantaban las manos haciendo señas para que pasaran los coches aunque el semáforo estaba en rojo. Pitaban con mucho ahínco, agitándose en ese calor sofocante. Se ganaban el salario pitando. Nosotros trabajando con las palas, con el cemento y las paletas. Cada uno como puede.
Saqué el móvil y marqué el número de Victoraş.
-¿A quién llamas?
-A Victoraş, para que me diga el número del piso.
-Déjalo, que me lo sé yo, 3ª
-Vale.
Pasamos la rotonda de Goya, llena de palmeras majestuosas, y giramos enseguida a la derecha. Era un edificio construido en tiempos de Franco. No tenían radiadores, y en la casa todo funcionaba con luz: la máquina de cocinar, el calentador de agua, y los radiadores que se usaban en invierno para calentar las habitaciones. Sin balcones y con baldosas de color oscuro en todos los lados. El mismo modelo tanto en el salón como en el baño. Persianas exteriores de madera, ventanas blancas con la pintura arrugada. Odio a Franco igual de mucho como a Ceauşescu cuando se trata de edificios de pisos para trabajadores. Unas cajas de hormigón sin personalidad. Y las paredes son aún más finas que en Rumanía. Muchos pensionistas de España se ponen igual de nostálgicos cuando hablan de Francisco Franco como los rumanos formados en el régimen comunista de antes del ’89. Que si Franco hacía, que si Franco arreglaba. Que hizo viviendas para todos, que te cogían de la calle para mandarte al trabajo. Que si una peseta tenía valor, y así seguidamente hasta que empezaba a aburrirme escuchándolos.
Llamé al interfono.
Aunque ninguno de los de esa casa podía llevar una conversación decente en español, todos respondían con “Sí”. Todos los rumanos de España responden con “sí” en español cuando suena el interfono. Les da una especie de poder este “sí”, como si escalaran catorce escalones en la escalera social, de un solo salto.
-¿Sí?
Contesté en rumano.
Soy yo, Alberto, abre.
Vivían en un tercer piso. En el rellano olía aceptable. Entramos. Miré hacia el pasillo. El salón estaba justo enfrente. Victoraş me tendió la mano amablemente. Me sacaban de quicio estos gestos, pero pasé de largo y entré al salón. Siempre me confundían con uno de los hombres de confianza del jefe y esto me creaba cierto estado de molestia. Tenía la impresión de que la gente no era sincera cuando hablaba conmigo, como si temieran que, si decían de frente sus quejas hacia el tratamiento que el jefe les daba, al segundo día me iba con Sică, les delataba y se quedaban si ese job de mierda.

Una vez me mandó Sică a tomar los datos de unos trabajadores que trabajaban en la reforma de una casa sita muy cerca de la oficina. Era la hora del almuerzo, de nueve y media a diez de la mañana. Ningún obrero suyo estaba en el lugar de trabajo. Instintivamente entré en el bar más cercano a la casa que estaban reformando. Había cinco rumanos ilegales, todos con una cerveza delante. Cuando me vieron empujaron discretamente las cervezas más al lado, como si les hubiera pillado con la cartera del afectado en la mano. Me divirtió esta situación, y no pude abstenerme de decirles: “Es pausa, podéis tomar una cerveza, o dos.”
La misma mirada vi en la cara de Victoraş. En el salón había tres sofás gastados por el tiempo y una tele color, muy probablemente encontrada entre la basura. Más o menos en el mismo sitio fueron encontrados los sofás. Cocostârc y Victoraş entraron alegres tras de mí, como dos viejos amigos de celda.
En el salón no había nadie. Me senté en el sofá rojo que me pareció el más limpio. Pronto apareció uno de los inquilinos. Era un ex pastor llamado Sorín, había trabajado sólo unas semanas desde que se vino a España. Era el amigo que le había prestado dinero a Victoraş para poder llegar a Zaragoza.
Me tendió la mano. Me levanté un poco del sofá, señal de cortesía, y se la apreté. Una mano huesuda, grande como una pala. Tiene fuerza este pastor, tienes que tener los dedos gordos cuando ordeñas las ovejas, me he dicho en la mente.
-¡Hola, Alberto!
-¡Suerte!
Se tiró directamente a mi lado.
-Me duelen las rodillas como a las cabras. De tanto estar sin hacer nada. Y me miró directamente a los ojos. Tenía unos ojos azules claros y el pelo casi rubio. Hablaba alto como todos los pastores. Sabía de Victoraş que había vivido unos siete, ocho años aislado en la delta (Delta del Danubio), cuidando de las ovejas de uno de Sibiu, muy rico. Había ahorrado el dinero suficiente para venirse a España, pagándole a Victoraş también el billete.
Me quedé mudo con su réplica. No sabía que a las cabras les dolían las rodillas, y ni siquiera cuánto de fuerte. Victoraş se dio cuenta de lo penoso de la situación y se hizo el anfitrión cortés.
-¿Tomáis algo?
-Sí, yo un café. Si no tienes leche no tomo. Hace mucho tiempo que no soporto el café sin leche.
-Yo tomo una cerveza, si tienes, dijo Cocostârc y se sentó también en el sofá, al lado de la mesita con la tele de la basura. ¿Funciona este trasto?
Sorín se levantó rápido y encendió la tele. Victoraş le gritó.
-Apágalo, ¿no ves que esta gente vino para hablar? ¿No te basta con que esté encendido toda la noche en esos canales de follar, que nadie puede descansar en esta casa?
Sorín se intimidó y lo apagó de inmediato.
-Alberto, no tengo café que nosotros no tomamos café. Si quieres, un refresco.
Me pareció extraño, ¿de dónde tenían éstos refresco? Que no tiene dinero ni de tabaco… Añadí.
-Algo con cafeína. ¿Tienes?
-Tenemos muchas cosas. Pepsi, de frutas, té frío.
-Ja-ja-ja. ¿De dónde tenéis, hombre Victoraş, todas estas cosas?
-¿Tú te crees que nosotros estamos todo el día sin hacer nada? Vente conmigo a la nevera para que veas lo que tenemos. Me levanté y lo seguí curioso. La nevera inmensa del propietario estaba llena con de todo: latas de cerveza y refresco, envoltorios con bocadillos, frutas, todas las locuras que hay en una nevera habitual.
-¿De dónde demonios tenéis vosotros todo esto? ¿Quién roba aquí?
-Nadie roba. Son de Lidl. Los tiran cuando están a punto de caducar para no tener problemas, ¿entiendes? Y me guiñó el ojo.
Instintivamente giré la lata de Pepsi que había cogido del estante de la nevera, para averiguarle la fecha de caducidad. Había caducado dos días antes.
-Cógela, no te preocupes. ¿Crees que esta fecha es fija, que si bebes dos días después de caducar te mueres? ¡¿Qué demonios?! Esto es así, pro forma, aún es válida por lo menos dos meses más.
Me fijé en sus ojos atentamente. Él en los míos. Tenía una luz especial en la mirada, con un individuo así podías cruzar el desierto Sáhara, pero te habría vendido como esclavo si hubiera tenido que elegir. El tipo de rumano que actuaba según el motto: “mejor que llore su madre, que mi madre” había españoles que pensaban igual, la madre de cada uno era la escusa de cada uno cuando hacían de las malas. Tenemos que ser malos para que nuestra madre esté feliz y contenta en su casa mísera, esperando la pensión.
Me animó una vez más. Una sonrisa medio penitenciaria, medio mesiánica. Cogí la lata fría con refresco, mirándola encantado. Era una delicia estar en el sillón escuchando ausente las charlas de los trabajadores, y fumar mientras probaba sin ganas de la lata de Pepsi.
Victoraş cogió unas latas de cerveza y volvimos al salón. Aquí había empezado una conversación sobre el dinero del jefe. El dinero, para muchas clases de la jerarquía social, representa el mejor modo de medir el valor intrínseco de un ser humano. Cuanto más tienes, más cualidades morales o físicas tienes. Es decir un cojo multimillonario es más valioso y potente que un atleta que corre cien metros lisos en menos de diez segundos.
Me acerqué a la ventana. Sorín me preguntó si tenía tabaco. Metí la mano en el bolsillo a por el paquete, saqué una, la encendí, luego tiré el paquete en la mesa. Una especie de “Coged, festejad, ésta es mi sangre, ésta es mi carne!”. En el momento en el cual el paquete aterrizó en la mesa, tres manos se apresuraron hacia él como buitres hambrientos hacia la presa. Tres ruidos similares de mecheros encendiéndose. La conversación continuando la misma nota estúpida.
-¿Cuándo vamos al trabajo? Victoraş dejó la pregunta caer estratégicamente, sabía que de mí podían enterarse de más cosas.
Cocostârc se echó en el sofá con una lata de cerveza en la mano.
-La semana que viene seguro.
Me giré hacia Victoraş.
-¿De esos contenedores cogéis vosotros todas éstas cosas?
Se levantó acercándose a la ventana.
-Sí, pero no las sacan siempre. La primera vez tuve problemas con unos cuervos de los suyos. La madre que los parió de cuervos. Llenos de oro buscaban en la basura. Entraban del todo en el contenedor. Tienen sus días de tirar los productos caducados. Los martes y los viernes. No veas cómo se juntan los cuervos para carne y yogur. Pero he hablado con la mujer que los tira. Tenemos prioridad, nos dan directamente a nosotros los productos, en la mano, luego vienen los cuervos, los nuestros y los suyos. Es una española entrada en edad, le dije que si nos lo da a nosotros directamente en mano, dejaremos de robar de la tienda.
Victoraş, como la mayoría de los rumanos de España, hablaba el español “que le dolían las manos”. Es decir, más que hablar, gesticulaba. Me divertía este modo de comunicarse. Ciertos gestos son universal válidos en todas las partes del globo. Y aquí hago un paréntesis. Generalmente para los rumanos, cuando llevan la mano al estómago, significa que tienes hambre. Los españoles tienen otro símbolo para representar el hambre. Unen todos los dedos de la mano derecha y los dirigen en modo sugestivo hacia la boca. En otras palabras, comen por placer, para sentir el sabor de la comida. Los rumanos, llevando la mano al estómago, no hacen otra cosa que decir que quieren meter algo en la tripa, lo que sea. Matizando un poco, nosotros comemos para vivir, ellos viven para comer. Dos civilizaciones diferentes en las cuales algunos, nosotros, los rumanos, hacen cualquier cosa por un estómago lleno, y ellos, los españoles, hacen cualquier cosa por una delicatesen. Me giré hacia los dos, Sorín y Cocostârc. Un ex presidiario y un ex pastor. El balance de las fuerzas se inclinaba en todos los planos a favor de Cocostârc. La cárcel te hace un tío listo. Es decir, habiendo pasado por “la escuela de la vida”, sintagma de mierda a través de la cual se define el robo, la hipocresía, la mentira, y todos los demás adjetivos que definen un anti-ciudadano perfecto. Comparado con Sorín, que había pasado siete años en la Delta, entre ovejas y perros, Cocostârc era un tío hablador, con un lenguaje colorado, como la mayoría de los analfabetos. Sorín hablaba raramente, reía ruidosamente y hablaba siempre alto, como si intentara convencerse a sí mismo de que no está solo. Creo que este acto reflejo de hablar alto lo había desarrollado en todos esos años que estuvo solo entre las ovejas. En la Delta tenía que hablar alto para ahuyentar la soledad y el miedo. Nunca lo escuché susurrando. A Cocostârc lo escuché muchas veces hablando bajo, como si planeara una escapada a medianoche. En otras palabras tenía delante de mí al ladrón y al tonto, versión España, 2004. Por encima de ellos estaba Victoraş. Cocostârc odiaba al “decrépito”. Victoraş había conseguido hacerse respetar por los demás rateros, estimulando su envidia. Un vago no tiene oportunidades de triunfar en una celda de cuarenta infractores. Victoraş no era el malhechor clásico: el que tira del bolso en la calle, te manosea en el metro o te quita la cadena del cuello en una calle oscura. Era más estilado, estuvo en una hilera de la cual eran miembros individuos bien cotizados de la jerarquía rumana. Y, más que todo esto, no delató a los cabezas de la red aun siendo sometido al detector de mentiras, pretendía Victoraş.
El cuadro estaba completo. El pastor y el ladrón hablaban sobre la vida difícil en España y yo me entretenía con Victoraş. Poco a poco, me enteré que a parte de ellos, el piso contaba con dos inquilinos estables más. Digo estables porque tenían más de tres meses viviendo juntos. Uno de ellos era un alcohólico notorio, que llegó a España después de haberlo perdido todo por culpa de la bebida; mujer, casa, trabajo. Job de mierda, evidentemente, había trabajado en una fábrica de cortinas de Paşcani (ciudad en el noreste de Rumanía). El otro era un oltean (de la región de Oltenia, entre el Danubio, los Cárpatos Meridionales y el río Olt) astuto. Había conseguido, en menos de un año conocer una “vieja” de cincuenta años que lo mantenía.
-La madre que lo parió de oltean, no sé qué le hizo a la vieja, que lo deja con el coche en frente del portal. “¡Cariño, hasta mañana!” y sube lleno de dinero y tabaco.
Victoraş continuaba hablando sobre el otro inquilino estable. Ionel, de unos cuarenta y cinco años, moldavo de Paşcani. Miré de reojo a Sorín. Éste lo escuchaba con admiración. Había conseguido imponerse frente a los demás gracias a su discurso lleno de chistes y a su estilo de contar con todo lujo de detalles.
-No veas cómo viene a las doce de la noche borracho como una cuba, pero siempre con algo en la bolsa. Así, ¿cómo que no lo pare la policía en la calle? Una vez vino con una cabeza de cerdo. Comimos una semana.
-¿De dónde lo robó? Preguntó curioso Cocostârc.
-Ni siquiera él lo sabía, lo dejó encima de la mesa, pidió un cigarrillo y se fue a su habitación para acostarse.
Saqué la cabeza por la ventana para fumar un cigarrillo. La gente por la calle tenía prisa. Cuando me giré me chocó la miseria desoladora del cuarto de estar, del salón. Absorto por la conversación no puse atención en cuán pobre estaba amueblado el salón. Una tele, tres camas, una mesita, algunas sillas. Esta gente es pobre, no tienen gusto y, más que esto, se complacen viviendo en la pobreza. Los rumanos son un pueblo pobre. La tele era el mueble favorito, detrás de la cama. “Que tengas donde poner la cabeza”. Por un instante me di cuenta de dónde estaba: en un piso mísero, rodeado por unos especímenes humanos que me mostraban que Darwin no se había equivocado. Vivían para perpetuar la especie. Podían ser hasta moluscos o mosquitos, hubiera sido igual. Vivían, de hecho sobrevivían, con una sola meta: respirar. No se ponían preguntas existenciales, habían huido de Rumanía a España para tener una vida mejor, pero aquí encontraron un verdadero infierno. Pero decidieron quedarse, en el infierno. ¿Por qué? Porque Rumanía no podía ofrecerles nada mejor. Preferían el infierno español, al rumano. Era penoso: comer de la basura, fumar colillas, vivir en pisos donde podías pillar hepatitis, pero no volver a tu país natal. Hm. ¿Qué país es éste? Dios, Rumanía es un país de donde hasta los pastores y los prisioneros huyen? ¿Para qué hablar de los médicos y los ingenieros?
-¿Nos vamos?
Cocostârc se giró hacia mí contrariado.
-Quédate, co, ¿Qué coño haces en casa?
-¿Quieres irte, Alberto? Victoraş estaba un poco triste. Yo era un interlocutor más adecuado que Sorín el pastor.
-Anda, que nos quedamos más.
-¿Empezamos el trabajo o no?
-Sinceramente, no lo sé. Probablemente la semana que viene.
En la conversación se metió Sorín también.
-Yo tengo que trabajar sí o sí. Necesito dinero.
-¿Quién no necesita dinero? Victoraş tenía razón. Pero él tenía una meta clara. Era muy importante trabajar para algo claro. Yo no trabajaba para nadie, ni siquiera para mí. Había venido a España para tres meses porque Costel insistió pero aquí no he encontrado nada a mi gusto. Extraño, el occidente no es ni de lejos un paraíso. Aquí vive la gente simple, el trabajo es lo primero, la verdad es que el nivel de vida es alto, pero tienes que trabajar; los chavales españoles de dieciséis años prefieren trabajar en la obra que seguir estudiando. Es la ilusión del dinero. En España, los que trabajan, tienen dinero. Todos sabemos esto. Si trabajas, puedes mandar unos cientos de euros a Rumanía, puedes pagar el alquiler, la comida, puedes beber tranquilamente en un bar algunas cervezas por la noche y puedes también ir a un burdel de vez en regularmente. Si no, recoges de la basura y fumas colillas de las paradas de autobús.
-Tráeme un refresco más.
-Sorín, ve tú, co.
Sorín se levantó enfadado como si lo hubiese mandado a hacer los trabajos de Hércules. El motivo por el cual Victoraş lo había mandado a él era simple: cuanto estuvo desaparecido de la habitación, nos habló en voz baja.
-Este pastor me ha desesperado. Si no lo tuviera bajo mi tutela como a los niños pequeños, yo ganaría dinero, dinero. Pero tengo que aguantarlo conmigo como a un niño de teta. Está todo el día en casa y dice que quiere trabajar pero no levanta un dedo para buscar trabajo. Yo hago llamadas, yo hablo con los chicos. Él ni siquiera sabe decir “buenos días” en español.
-¿Por qué no te vas tú, y déjalo morirse de hambre aquí, a la mierda con él? Porque ¿no tienes contrato con él?
-Sí, Cocostârc, pero no es así, éste llama a casa y dice que lo he dejado aquí en la estacada. No, no está bien, además aún tengo que darle unos tres, cuatrocientos euros. Estoy atado de manos y pies.
Sorín volvió a la habitación. Miré el paquete de tabaco, habíamos fumado más de mitad. Fuera había caído la noche. Me aburrían con sus problemas. Hablaban sobre putas baratas y “autónomos” (personas que podían emplear trabajadores rumanos). Hablaban sobre ellos con adoración. Apreciaban a los que los timaban, a los que les pagaban la mitad de los salarios de los españoles, o tardaban meses en pagarles. Y eso con el motivo de que no tenían “permiso de residencia y trabajo”, es decir, eran ilegales, eran vulnerables y hacían cualquier cosa por treinta euros al día. Trabajaban más de diez horas a diario, sábados y domingos incluidos, y pedían con dos manos a Dios para que el autónomo rumano les pagara. ¿Por qué trabajaban para empresarios rumanos? Les impedía la barrera lingüística. Los que consiguieron aprender rápido el español ya trabajaban en empresas españolas y ganaban decentemente, sin miedo a no cobrar a fin del mes. El resto de los autónomos rumanos se aprovechaban de sus connacionales, los trataban como a bovinos que tenían que trabajar y nada más. Era un hecho que la mayoría aceptaban. Yo personalmente conozco pocos rumanos que se rebelaron contra el modo en el cual eran tratados. Pocos, demasiado pocos. La mayoría de las veces insultaban en sus cabezas, pero aceptaban ser explotados como en tiempos del feudalismo. En fin, en las condiciones en los cuales tienes la esperanza de poder ganar aproximadamente cinco veces tu salario de Rumanía, te quedas en España para ser pisado como un felpudo. Por un puño de euros.
Cuando salimos del mísero piso era bastante tarde. Los rumanos de allí no me dieron pena, casos como tal encontraba a menudo. Y, además, yo no podía hacer nada, esto pasa sin que nadie me pregunte nada.

La aventura valenciana

Era uno de esos días que teníamos que hacer inspección en los pisos alquilados del jefe, bastante numerosos. Habíamos decidido con Andreea de visitar sólo dos ese día, muy problemáticos de todas formas. Estaban en puntos diferentes de la ciudad, a una gran distancia el uno del otro. Al resto los “inspeccionábamos” telefónicamente. Había en cada piso un así llamado “jefe”, que se encargaba con el orden y la disciplina. Por lo general los otros inquilinos lo consideraban traidor y perverso. Era el primero que le cantaba al jefe si las aguas se ponían turbias en el piso.
Andreea se había maquillado estridentemente, como siempre. Ropa de marca y perfume caro a montones. Llevaba siempre una cartera elegante, negra, para conferirle aires de secretaria.
Eran las nueve de la mañana, justo acabábamos de tomar el segundo café en la oficina del jefe, en el séptimo piso del edificio lleno de oficinas de abogados, notarios, arquitectos, empresas de construcciones y compañías de vigilancia y protección.
-¿Nos vamos, Andreea?
-Espera, Alberto, que aún me queda por completar unos papeles.
Aproveché la ocasión para entrar en Yahoo Messenger. Me gustaba entrar desde el trabajo en el Messenger. Hablaba con una chica de Rumanía, estudiante de informática en Bucarest. Con su ayuda tenía generadores de llaves para todos los programas pirateados de internet. Mientras le colaba alguna que otra palabra dulce. ¡Qué efecto milagroso tiene el internet! Hasta el jefe, en su analfabetismo bien conocido, conversaba con las chavalas en mIrc. Estaba orgulloso cuando obtenía de alguna chica de instituto, de diecisiete años, el número de teléfono y una foto.
-¿Has visto, co, cómo se ligan las mujeres?
De hecho yo tecleaba sin errores de expresión, evitando las palabras vulgares.
-Sí, molas mogollón.
-La llamo y la pregunto si no quiere venir a España.
-Pero si tiene diecisiete años, te vas a la cárcel por corrupción de menores.
-Llámala tú, co, que tienes mucha labia.
Aquí me gustaba, se sacaba las castañas del fuego con la mano de otro, un verdadero Stalin del siglo XXI.
Cuando llamaba, muchas veces me pasaba que las chicas no tenían ni idea de que Barcelona está en España, o que Portugal no es una ciudad.
-Es repetidora, co. ¿Tú no ves que ni siquiera sabe escribir correctamente?
-Pero ¿desde cuándo necesito yo chicas que escriban correctamente, tonto?
Andreea acabó de embadurnar los papeles.
-¿Dónde vamos primero?
-Al piso de Ventura.
-¿Dónde está eso?
-En Santa Isabel.
-Aaa. Ya, lo sé.
-Pillamos un taxi. Espera que llame.
-Ok, llama.
-Un taxi en la Calle Rubalcaba número 14… Sí, gracias. Bajemos, llega en 4 minutos.
Cogimos el ascensor. Andreea se admiró en el espejo.
-¿Te gusta esta camiseta? Es Dolce&Gabbana. Pagué doscientos euros por ella.
-Es chulo, que lo lleves con suerte.
-¿Es bonito este amarillo, no?
-Sí, te sienta súper con él.
De repente se entusiasma. Se gira hacia mí explicándome con pasión.
-¡¡¡Madre, Alberto, he visto unos abrigos de piel!! Tenían un cuello alto y eran largos hasta las rodillas.
-Andreea, pero tú sabes cuál es mi opinión sólo las viejas llevan abrigos de piel, y además, ¿dónde llevar abrigos de piel en España? De hecho, ¿durante cuánto tiempo? Un mes, dos, enero y febrero. Ya está, luego te la comen las polillas en el armario.
-En fin, de todas formas me compro uno.
-¿Y cuánto era el precio?
-Tres mil quinientos. Pero estaba rebajado. Costaba cuatro mil y bajó a tres mil quinientos.
-Normal, ¿quién compra abrigos de piel en pleno verano? ¿Y dónde la vas a llevar, Andreea? ¿En la oficina, o dónde?
-Cuando Sică tenga quinientos trabajadores, iré con él a las reuniones con los jefes gordos, llevando el abrigo de piel. ¿Te das cuenta de cómo lo mirarán todos?
-Msí, me doy cuenta.
Subimos al taxi.
-Santa Isabel, por favor.
-¿La calle?
-Ventura.
Empezamos a hablar en rumano.
-¿Cuántos viven en el piso?
Andreea saca de su cartera, que no le falta nunca, una agenda negra, 2004.
-Dieciocho, pero ahora están en el piso sólo cuatro. El resto están trabajando.
-Sólo han quedado los deshechos, te das cuenta.
-Me desesperaba uno del piso que no tenía que comer. Llamaba desde un fijo. A mi número de móvil. ¿De dónde tenía éste mi número? Porque poca gente lo sabe. Contesté en español: “Sí”. “Señora, no tengo que comer, vivo en el piso de Santa Isabel…” lo cogí fuerte: “¿Cómo te llamas tú?”, “Cucu Vasile”. “Pasaremos por vuestro piso mañana por la mañana y os llevaremos algo de dinero para que tengáis. Y no llames más a este número nunca. ¿Has oído?”
-¿Quién es este Cucu?
-Uno que tiene casi un mes desde que llegó de Rumanía. Tiene unos cincuenta y piso años, no está bueno para trabajar, lo cogió Fane en la obra y no podía llevar a hombros ni un saco con cemento. Lo puso a barrer, pero empezó a toser muy feo. Sólo trabajó dos semanas.
-Yo a estos no los puedo entender, Andreea. Te doy mi palabra. Yo, por lo menos, reconozco. Era un chulo en Rumanía. Vine a ganar dinero, que soy joven. ¿Pero éste? Tiene sesenta años, lo busca la muerte en su casa, y él no y no, se hizo rápido pasaporte para romperse los huesos por aquí. ¿¡Qué cojones buscan destrozados como éste aquí en España, no me doy cuenta?! Que empiecen con la agricultura si los echaron del torno.
-¿¡Qué malo que eres, Alberto?!
-No soy nada malo. Pero ¿qué hay aquí, el paraíso en l atierra?
Llegamos. Pagamos al taxi y bajamos. Desde el cuarto piso se oían mánele al máximo.
-¡Escúchalos! Nuestros rumanos. Les duele en el codo, no tienen qué comer, pero ¡que haya mánele! A tope, así se debe.
-Llamo ahora mismo a Sică y le digo qué están haciendo éstos.
-Andreea, ¡qué chivata eres! Cuando eras pequeña ¿eras la chivata de la clase, o qué? No lo llames, ¡mujer!
-Claro que lo llamo.
Era un buen pretexto para hablar con el jefe, por lo menos en su acepción de mujer enamorada.
-Vale, tu problema, otra vez se enfadará que lo llames cinco veces cada hora.
-Cariño, éstos de Santa Isabel tienen la música a tope. Llamará la policía de nuevo…Vale. Así lo haré. Un beso. ¿Cuándo vienes a la oficina? Vale, cariño. Ya, lo he entendido, no me grites más, no te llamo más hasta las dos.
Colgó cabreada. Andreea era la secretaria y, concomitante, la amante del jefe. Tenía la mala costumbre se llamarlo tan frecuentemente que éste le tiró varios móviles caros desde el séptimo piso, exasperado por las numerosas llamadas que recibía de la fogosa secretaria.
-¿Qué número de piso tienen éstos?
-4B.
-Llamé largo. Ninguna respuesta. Llamé otra vez. Esta vez se paró la música. Cuando llamé la tercera vez, igual de largo, me contestó una voz asustada, directamente en rumano.
-Sí.
-Abre.
Se conformó al instante.
En el pasillo olía mal. A WC público. La puerta estaba sucia, el pasillo estaba lleno de bolsas de comida y latas de cerveza vacías que esperaban ser tiradas a la basura por la noche, cuando los trabajadores volvían de la obra. El jefe les había prohibido tirar la basura durante el día. Tenían la costumbre de buscar en la basura. Además, podían ser sorprendidos por una patrulla de policía. La basura se sacaba sólo temprano por la mañana o por la noche en la oscuridad. Como los rebeldes proscritos.
Cambié miradas de asco con Andreea. Le hice señal para que nos quedáramos en el pasillo, en el resto del piso podía ser peor. No nos asumimos el riesgo de pedir un café. La hepatitis nos espiaba. De todas formas no tenía ni un ápice de cuchara de café. Podía apostar.
-¿Cuántos estáis ahora en el piso?
Uno de los inquilinos, jorobado y amarillo de cara me contestó rápido.
-Cinco.
Andreea lo miró sorprendida, consultando rápido su agenda.
-¿Cómo que cinco? Tenías que estar sólo cuatro. ¿Quién es el quinto?
-¡Gheorghe!
-¿Qué Gheroghe?
El viejo doblado gritó con voz de pito.
-Gheroghe, ven, hombre, fuera, que han venido de la oficina del señor Sică.
Gheorghe salió de una habitación, tenía el pelo despeinado y los ojos rojos del alcohol. Lo pregunté curioso.
-Gheorghe, ¿cómo has acabado tú en este piso?
-Me dejó el Señor Fane anoche aquí. Dijo que hablaría con el Señor Sică por mí para empezar el trabajo el lunes, soy oficial de primera, pongo diecisiete metros de ladrillo al día, sin peón.
Fane, el Señor Fane era un ardelean (parte nórdica de Transilvania) gigante que trataba a los chicos de su equipo peor que a los negros en las plantaciones. A mí me intimidaba su manera de hablar y cómo se comportaba. Y no sólo a mí, hablaba extremadamente rápido y no siempre lo entendía, aunque hablase en rumano. Era un gorila de dos metros y ciento veinte kilos que asustaba a los trabajadores gritándoles.
-¡Trae, co, más de prisa esos cubos de mortero!!! ¡Te pongo en la calle! ¡Vago!
Trabajar llevando mortero para cinco oficiales de primera era una tortura de Auschwitz. Muchos rechazaban enrollarse en su equipo.
-Llámalo, Andreea, a Fănică, para ver si se confirma la historia de Gheorghe.
-Mejor llamo a Sică, que es su piso.
-Ja-ja. ¿Tú quieres problemas? Llama a Fănică y ya está. No llames más a Sică, que volverás a estresarlo.
-Pero si es un problema importante, hay un hombre de más en el piso. ¿Tiene que saber, no?
-Problema importante fue también con las mánele. Anda, llama directamente a Fănică y acabemos este espectáculo.
-Hola, ¿Fănică?… ¿Has traído anoche un trabajador al piso de Santa Isabel?… ¿Sí?… ¿Por qué no me lo has dicho para apuntarlo en el cuaderno?… Vale… ¿Sabe Sică de él?… Vale…Sí…Sí…Hasta luego.
Se giró hacia Gheorghe. Dame el pasaporte para que te haga una copia. El lunes empiezas el trabajo. Has dicho que sabes poner ladrillos, diecisiete metros. Trabajarás con Fănică.
Me dio pena el pobre proscrito. Luego me acordé de Cucu.
-¿Cuál de vosotros es Cucu?
El viejo flaco y amarillo de cara se me dirigió respetuosamente.
-Soy yo, señor.
-Co, Vasile, tú no tienes qué comer en Rumanía?
Vestido elegante, gesticulando y hablando en un tono superior, hice sentirse miserable al ex trabajador en una fábrica en quiebra.
-Señor, mi hija es procuradora, yo vine a España con mi dinero, no soy mendigo. Sólo quiero ganarme un dinero.
¿Oye? Si tu hija fuera procuradora, no hacías el esclavo aquí. He oído que estás enfermo. ¿Tienes TBC, o qué? Y que acabéis con esas historias de que tenéis millones en Rumanía y no-sé-qué hijas procuradoras.
-No tengo TBC, me he resfriado en la obra. Creo que he pillado una doble pulmonía. Mi hija está en el foro, se prepara para llegar a ser procuradora.
-Vale, le deseo suerte. Tú eras delgado cuando viniste de Rumanía, no mientas, has venido enfermo, ¡reconócelo!
Al infeliz le dio un ataque de tos.
-Sólo quiero mi dinero para poder irme a Rumanía. He trabajado por ello. Sólo le he pedido a la señora Andreea veinte euros para comprarme una barra de pan.
Andreea intervino leyendo de la agenda.
-tienes diez días de trabajo, trescientos euros, que has trabajado como peón, a treinta euros por día, tienes que pagar el alquiler, ciento veinte euros. ¿Has pedido más dinero para comida?
El viejo giró la cabeza como que no. Andreea abrió su bolso con cerradura de oro, buscó entre pintalabios, perfumes y condones y le tendió un billete azul de veinte euros.
-Te apunto en el cuaderno. En una semana vente para que te dé la diferencia. Aún tienes que cobrar ciento setenta euros más.
-¿Dentro de una semana? ¿Qué día, señora?
La chavala de veintiún años le contestó como a un bachiller.
-No lo sé, co, ya te avisará Fănică de cuándo se reparte el dinero.
-Una última cosa, no pongáis, chicos, la música, digo las manele, a tope. ¿Vosotros no os habéis dado cuenta de que los españoles no ponen la música a tope?
-Que ardan en el infierno. Hay unos en el primero que ponen la música al máximo. De la española.
-Pues si viene la policía a su puerta no les hacen nada, a vosotros os repatrían a Rumanía. Adiós. Fin de la historia.
-¿Qué?
-Ha dicho “fin de la historia”. Así que no pongáis la música a tope. Y no robéis más del supermercado de la esquina. A Andreea la desconcertaban los ladrones. Nutría un sentimiento de respecto, pero, al mismo tiempo, de repulsión hacia ellos. No robéis más que no podréis entrar más a la tienda. No os dejarán más, ya veréis. No podréis comprar ni pan. El guardia no os dejará entrar, y si os ve dentro os echará.
-Pero yo no he robado en mi vida, señora.
-No hablo de ti, Cucu, digo de los dos lipoveni que trabajan con Fănică. He oído que roban sólo bebida. ¡No robéis más!
-Si no tenemos dinero para comer, ¡¿qué hacemos, señora, robamos?!
-Oye, ¿pero tú en Rumanía tenías cojones de robar de la tienda de alimentos?
-No, señor, nunca he robado de la tienda de alimentos.
-Vale, no has robado, te creo, ¿pero por qué robad de aquí? ¿Por qué?
-No he robado nunca de la tienda.
-¡Anda ya, co! No me engañes más. ¿Ni siquiera estuviste vigilando cuando los lipoveni se metían las botellas de Martini en el seno?
-Una vez, sólo una vez.
-ya lo sé, ya, todos robáis. Repito, tienes hambre, OK, roba comida, pero no robes bebida. ¿Qué demonios? Y luego echamos la culpa a los gitanos por haberse comido los cisnes del lago. Palabras, rumanos de los nuestros los han robado. Ya te contaré, Andreea, lo ocurrido, te partirás de risa.
-¿El qué?
-ya te lo contaré cuando nos vayamos, me lo contó mi hermano anoche.
-Vale, no nos quedamos más, nos vamos, que también tenemos que visitar otros pisos. Cucu, la semana que viene te vienes a la oficina para cobrar. Ciento sesenta euros te quedan por cobrar. Gheorghe, el lunes empiezas el trabajo. Trae el pasaporte. Vienes tú a recogerlo mañana o esta noche.
Gheorghe desapareció. Vino con el pasaporte.
-Señora Andreea, yo no sé dónde está la oficina y tampoco tengo dinero para coger un taxi.
-Vienes en autobús.
El pasaporte desapareció rápidamente en el bolso de la secretaria.
-Pero si no sé hablar español, me perderé por la ciudad, que está todo enredado.
-Ya te lo traerá de vuelta Fănică mañana por la noche, que pasará por aquí.
Salimos rápido. No usamos el ascensor, bajábamos las escalones de dos en dos, huyendo como de la peste.
-¿Has visto cómo olía?
-Sí. Pillas hepatitis si te quedas más de dos días en ese piso.
-He oído que durante un mes no tuvieron agua caliente.
-Sí, no tuvieron un par de semanas. Ahora les han arreglado el agua caliente, pero no funciona el agua fría. Sólo sale caliente.
-Mejor, ahora ya no encontrarán pretextos para no lavarse cuando regresan del trabajo. De todas formas éstos no beben agua, sino sólo cerveza, vino en tetrabrik de treinta y cinco céntimos y coñac. Se han encontrado sólo alcohólicos en este piso.
-¿Qué querías contarme?
-¿Conoces al hermano de Cap de Porc (Cabeza de Cerdo)?
-¿A ese obeso?
-Sí, Gore.
-Una noche que no tenían nada para comer, es lo que cuentan ellos, salieron a ese riachuelo que pasa por su barrio, y robaron patos salvajes. Ja-ja. Les rompieron el cuello allí mismo, los llevaron a casa, los pelaron y se los zamparon hasta de madrugada.
-¡¿Qué sinvergüenzas!?
-Sí, para que luego me entere de que estaban borrachos perdidos cuando lo ocurrido. ¿De dónde tuvieron dinero para la bebida? ¿Por qué no se compraron una docena de huevos, en vez de comprar una caja de cerveza? Son más baratos los huevos que la cerveza. Es lo que sabía yo.
-Claro que son.
-Así, al día siguiente los pensionistas que venían a diario a tirarles pan y dulces se dieron cuenta que faltaban unos tres, cuatro patos. Te das cuenta que llamaron la policía. Vino la policía, investigaciones, tam-tam. Se sospecha a los nuestros de ser los autores. Igual los encierran por tres patos salvajes. Serían capaces de abrirles expediente por una cosa así. Como si los viera gateando entre los matorrales a por patos. Ja-ja. Qué desgraciados.
Andreea llamó de nuevo a la compañía de taxis, teníamos que desplazarnos a la otra punta de la ciudad.
-Andreea, entremos en un bar a tomar un café.
-Espera, que en tres minutos está aquí el taxi.
Estuve esperando fumando y mirando al piso donde estaba el balcón de los rumanos. Se habían tranquilizado de momento. No se oían manele, tampoco vociferaciones.
El taxi vino exactamente en los tres minutos especificados. El taxista muy amable, como siempre. Llegamos bastante rápido, treinta y cinco minutos, era una hora en la cual el tráfico no era tan exasperante.
-Entremos en este bar, es bastante elegante. ¿Qué tomas?
-Un Red Bull y cómprame también un helado de chocolate.
El camarero me conocía, no era la primera vez que entraba allí. Había hablado algunas veces con él, justo sobre la difícil vida de los extranjeros.
-Buenos días.
-Buenos días, ¿qué te pongo?
-Un café con leche, como siempre, para mí, y para la señorita un Red Bull y un helado grande de chocolate.
-¿Quién es la tía? Me guiñó el ojo, como cómplice.
-La amante del jefe.
-Vaya, pensaba que era tu novia.
-Np, no es mi novia.
-Tiene mujeres bonitas tu jefe. ¡Qué culo!
-Sí, tiene de todo.
-¿Cuántos años tiene?
-Veintiuno, creo.
-Está muy-muy buena, me hace falta una tía como ésta. ¿No me presentas a mí también una rumana igual?
-Te voy a buscar una tía. Te lo dogo cuando, no te preocupes. Le sonreí implícitamente. “Porque en esta vida no tengo otra cosa que hacer que encontrarle una chavala a este viejo”.
-¡Te voy a invitar, claro!
-Ja-ja, puedes apostar que me vas a invitar.
Me acerqué a la mesa de Andreea. Estaba escribiendo un SMS.
-¿Qué quería ese viejo?
-Que le gustas y que estás sexi.
-Hmmm.
Agité el azúcar en el café.
-Vengo a menudo a este bar.
-Es bastante chulo.
-La primera vez vine con Florín. ¿Lo conoces?
-No. ¿Quién es?
-Un tonto de Slatina (ciudad del sur de Rumanía).
-¿Trabaja con Sică?
-No.
-Ya lo suponía, yo conozco a todos los trabajadores, pero a éste no lo conocía. ¿Y qué pasa con él?
-Si te cuento te partes de risa. De todas formas es una historia de amor, te interesará.
Andreea abrió el helado y empezó a morder golosa.
-Cuenta.
-había estado con uno, Gigi, en un piso de Cuarte, para encontrar algunos trabajadores. A este Florín hacía tiempo que lo conocía. En ese piso vivía él también. Bueno. Entramos Gigi y yo, había unos cinco, seis individuos sin trabajo. Encontré dos oficiales de primera, por lo menos así lo pretendían ellos. Mientras hablaba yo con éstos, Florín apareció de su habitación. Paliducho y con la mirada de un loco perdido. Yo hablaba sobre cuánto se paga el día de trabajo y dónde tenían que ir al día siguiente. Estate atenta. Veo a Florín que se mete las manos en los bolsillos y apoya la cabeza en la pared del pasillo, sin decir nada. Le hago señas a Gigi, mostrando a éste que casi se metía en la pared empujando con la cabeza. Gigi le pregunta: “Florín, ¿estás bien? Ni siquiera lo tomó en cuenta. En fin. Seguí hablando un poco con los otros y le grité a Florín: “Co, ¿estás bien, quieres que llame la ambulancia?”. Sólo entonces despertó del ensueño “¿Qué pasa?”, “¿Estás bien? ¿Te duele la cabeza?”, “No, no tengo nada, ¡estoy bien!” como no tenía qué hacer le dije, así, en broma. “Vente, hombre, con nosotros a tomar un café. Te volverás loco en este piso. Te pago una cerveza, no te preocupes.” Se vistió rápido y bajamos al bar. Hablaba con él, apenas respondía. Entramos en el bar, pido una cerveza para él, una para Gigi y un café con leche para mí. A mí me había contado Gigi, previamente, que Florín este se había mezclado con una brasileña del burdel. Tenía treinta y tres años, dos hijos, y le machacaba todo el dinero.
-Florín, ¿qué te pasa, hombre? ¿Quién te trajo a este estado?
-¿Qué estado? No tengo nada.
-He oído que tienes una querida muy guapa, ¿es verdad? Estaba sentado en la silla a su lado. Metió la mano en el bolsillo y sacó el móvil. Era de ésos con tapa. La abrió una milésima de segundo y me enseñó la pantalla. No vi nada, en serio. Muéstramelo otra vez. ¡¿Qué demonios!? Te doy mi palabra que no vi nada.
-Mientes, ¡la conoces!
Empecé a reírme.
-Ja-ja, estás loco, ¿de dónde la iba a conocer? No vi nada.
Sacó de nuevo el teléfono. Durante dos segundos la vi. Era una mulata con el pelo rizado. Aburrida.
-¿La conoces, no? Tenía una mirada extraña, triunfadora.
-Noo, no la conozco, te doy mi palabra.
-Me dijiste una vez que la conocías.
-Me estás confundiendo, es la primera vez que la veo. Había oído yo algo, sabía que trabajaba en el burdel, pero no la conozco, te doy mi palabra.
-¿De dónde lo sabías? Miró implícitamente a Gigi.
-No de Gigi, estate tranquilo. Aunque de él sabía toda la historia, lo negué. Gigi nos miraba imparcial, con el vaso de cerveza en la mano, preparado para beber.
-En fin, ¡que seáis sanos todos!
Andreea empezaba a aburrirse de mi historia. Estaba escribiendo otra vez SMS.
-¿Me estás siguiendo, Andreea, o te aburro?
-No, no me estás aburriendo, estaba escribiendo un SMS, ¿y qué pasó? ¿Es esto todo, que este loco se enamoró de esa brasileña?
-No, espera a ver. Empecé a preguntarle curioso.
-Florín, ¿cuándo llegaste tú a España?
-Pos, hace dos años.
-¿Dónde?
-A Valencia. Me invitó un buen amigo a su casa, que había trabajo recogiendo naranjas.
-¿Viniste con algo de dinero, no?
-Sí, vine con tres, cuatrocientos euros. Trabajé recogiendo naranjas unas dos semanas, que se estaba acabando la temporada.
-¿Cuánto ganabas al día?
-Treinta euros y una comida. Nueve horas, con pausa de dos horas para comer.
-¿Estaba bien, no?
-Sí.
-Y, ¿luego?
Aquí Florín hizo una pausa y empezó a agarrar fuerte el vaso entre los dedos. Miraba al vacio y agarraba el vaso en la mano.
-Deja el vaso, que lo romperás. ¿Se trata de una mujer, no?
Consintió tácitamente.
-Yo dormía en las calles para mandarle dinero. Renuncié a pagar el alquiler por una habitación y le mandaba quinientos euros al mes.
-¿Y quién era ésta?
-Una rumana, mi ex novia de Rumanía.
-¿Y cómo le mandabas a ella dinero si tu dormías en la calle y habías dejado de trabajar en lo de las naranjas? Hay algo sospechoso, Florín, algo nos escondes. Aposté por mi coraje de Brăila. Cuenta todo. ¿Cómo ganabas dinero? ¿Robabas de las tiendas?
Florín se entregó fácilmente.
-Una noche estaba durmiendo en un banco. Había comido sólo naranjas los dos días anteriores. Uno me despertó para decirme que ése era su banco y que me fuera.
-¿Cómo es eso, su banco? ¿Era vagabundo, o qué?
-No, espera a ver, era un chulo.
-Me preguntó si quería ganar dinero.
-Y tú le dijiste “sí, claro”.
-Sí. Me dijo que si rompía teléfonos públicos me daba la mitad de lo que encontraba en él.
La historia empezó a ponerse interesante. Le hice una señal al camarero para que nos trajera otra ronda.
-Entonces, tú, Florín, estuviste en un bando de mafiosos. ¿Cómo coño hacíais para romper los teléfonos?
-Teníamos unas llaves especiales. Cada grupo tenía su zona. Nosotros actuábamos en el casco viejo. ¡¿Entiendes?! Rompíamos, recogíamos las monedas en bolsitas y por la noche pasábamos por el bar y dejábamos la mitad de los beneficios.
Gigi lo miraba perplejo. ¿Esa mitad de DNI podía romper teléfonos?
-Espera que no entiendo, Florín.
-Los rompíamos y ya está. Cogíamos el dinero, entregábamos la mitad al jefe y nos guardábamos nosotros la otra mitad.
-¿De dónde era este jefe vuestro?
-Era ardelean, creo.
-Y, ¿cuánto tiempo estuviste rompiendo teléfonos?
-Dos, tres meses, no lo sé exactamente.
-¿Ganabas dinero?
-Sí, ganaba.
-¿Seguías durmiendo en el parque?
-No, el jefe me lo había arreglado para vivir en casa de unos ladrones de ropa. Pagaba ciento cincuenta euros al mes. Era un piso de cuatro habitaciones, inmenso.
Empecé a reírme.
-Ya, ya he pillado el truco. Hace tiempo quise llamar desde un teléfono público de San Juan. Metí la moneda y me percaté de que tenía una especie de tabla sospechosa en donde se meten las monedas. Renuncié y me fui a otra cabina. Ésta estaba limpia.
-El que había metido la tabla no tenía llavecita. Nosotros teníamos unas llaves especiales. Encontrábamos cincuenta, cien euros en cada teléfono. A veces más. Dependía de la zona.
-Bueno, ¿y? ¿Qué pasó con esa chica? ¿Le mandabas dinero?
-¡Era una puta!
Florín empezó a agarrar el vaso de cerveza. Tenía una mirada fija.
-¡Al demonio con todas, todas son putas!
-Una noche estaba en una calle desierta, era el último teléfono que quería romper. ¡Co, no había nadie en la calle! Lo juro, ni un coche, ni un viandante. Desierto-desierto. ¡De la nada aparecieron dos coches de policía con las luces puestas! No había nadie en la calle, ni siquiera hoy consigo darme cuenta de dónde aparecieron esos policías. No tengo ni idea. ¡Pufff! Directos hacia mí. Me cachearon rápidamente y me metieron enseguida en el coche con las esposas puestas. Aún no había tenido tiempo a abrir la caja del teléfono. Sabes, esa fue mi inmensa suerte. Cuando me cachearon tenía la llavecita en la mano. Conseguí deshacerme de ella hasta llegar a la sede de la policía. Esa fue mi suerte, ¿entiendes? Si hubiesen llegado a encontrarme esa llave, hasta hoy estaría en la cárcel.
-¿Y cómo escapaste?
-Pues las monedas me las devolvieron, había hecho unos trescientos euros ese día. Nos había enseñado el chulo que si nos pillaba la policía, que dijéramos que las habíamos ganado en las máquinas tragaperras de los bares. Fue lo que dije, que las había ganado en las tragaperras.
-¿Y no te dieron expulsión, en fin, proposición de expulsión en término de quince días?
-Sí, como no, pero me fui justo al día siguiente de Valencia.
-¿Cuándo te soltaron, al día siguiente, o?
-Sí, a las once de la mañana, que me sacó el abogado de oficio.
Gigi intervino él también.
-Pero yo oí otra cosa, que quisiste suicidarte por esa pava a quien le manabas dinero.
-Termina, hombre, Gigi, ¿cómo se iba a suicidar Florín? Es un tío duro Florín, no se suicida él así, sin ton ni son, ¿no, Florín?
-A esa, si llego a encontrarme con ella, la ahorco bocabajo del techo.
Tanto Gigi como yo nos callamos. Florín se puso todo rojo, jugaba amenazante con el vaso de cerveza vacio. Lo agarraba y le daba vueltas en la mesa, como a una peonza.
-¿Te hizo mucho daño esa, no?
-El día que me pilló la policía, me había llamado de Rumanía, que era su cumpleaños. Había dado una fiesta. Yo le dije que no tenía dinero, pero que tomara prestado de alguien, que luego le iba a mandar yo unos trescientos euros. Esa noche que yo dormí en la policía, ella yacía con otros, con mi dinero.
Miré a Gigi implícitamente.
-Vamos. Me puse de pie. Florín no me había oído. Aún agarraba el vaso de cerveza. Florín, ¿te quedas? Nosotros nos vamos.
-¿Qué? Me miró asustado, como a un enemigo que irrumpió en la habitación mientras hacía sexo con su novia.
-Anda, que nos vamos. ¿Te quedas?
-Nooo! ¿Cómo quedarme? ¿Qué voy a hacer aquí? Se levantó deprisa, asustado por el pensamiento de que lo íbamos a dejar allí abandonado.
Cuando salimos del bar, Florín nos miró asustado, casi suplicándonos.
-Por favor, no digáis a nadie más lo que os conté aquí.
-Estate tranquilo, me llevaré tu secreto a la tumba.

El Paraíso de los ladrones de productos

-Todo el mundo roba de las tiendas.
Esta sentencia la dio Costel en presencia de unos rumanos que habían llegado a España unos días antes. Era como si hiciera una invitación al hurto. La legislación española no castiga a los ladrones que provocan un perjuicio de menos de trescientos euros.
Lo miraban con admiración cuando hablaba con énfasis sobre cómo se vale por sí mismo desde hace más de un año robando en las tiendas. Un proscrito moderno, robaba de los ricos.
Sabía que robaba, exageraba intencionadamente para impresionar. En tres meses había robado una sola vez, estaba seguro, pero no intervine, lo dejé presentar su número frente a esos rumanos que sabían que, si en Rumanía robabas un huevo, ibas a la cárcel dos años. En España, el robo de un huevo es catalogado cleptomanía, se trata con ayuda médica, no con la ayuda de los guardias de la cárcel.
-Lo más chulo es robar con el traje de baño. Continuó explicando el método más frecuente. Es decir, te pones un traje de baño de mujer, de ésos de una sola pieza, y metes dentro de él hasta que no se puede más. Pero tienes que ser listo, ponerte ropa ancha para que no se den cuenta los de la caja. Y también haces la pelota a la cajera: “¡Hola, señorita! ¿Qué tal? ¿Quieres tomar algo?” la miras fijamente, ella se pierde y tú sales con lo robado…los rumanos lo miraban cono a Jesús. Mesías había hablado a los tontos.
Me entró un poco de risa, pero me paré a tiempo. Nunca en su vida había hecho algo así, no lo veía capaz de entrarles a las cajeras. Pero, en fin, era su manera de impresionar a los novatos. Uno de nuestros conciudadanos me preguntó francamente.
-¿Tú también robas, Alberto?
Sonreí un poco.
-No, no he robado nunca.
-Anda ya, que no te creo, ¿hace tres meses en España y no has robado nada de nada?
-Mi hermano no roba, intervino Costel.
-¿Y por qué no lo enseñaste a robar?
-Déjalo, que tiene todo el tiempo del mundo para aprender a robar de los supermercados. Estos días lo llevo conmigo a robar, lo pongo a vigilar. Se roba más fácilmente estando dos, uno sujeta la cesta y el otro mete lo robado en el traje. Pero esperad, que os enseño el traje de baño, lo compré en una tienda china. Éstos tienen de todo.
Se fue con prisa hacia su habitación. Los rumanos novatos era cinco de Brăila recién llegados a España. El jefe los había traído temporalmente a nuestro piso. Dormían los cinco en una sola habitación. Cuatro de ellos eran albañiles, por lo menos es lo que pretendían. Eran todos de Brăila, uno de ellos de uno de los barrios más pobres de Brăila, con carreteras sin asfaltar y WC en el jardín. Cerca de la Edad Media.
-¿No sabes cuándo empezamos el trabajo?
Esta pregunta era un leitmotiv de todos los rumanos llegados a España, querían empezar a trabajar, a juntar esos montones de dinero de los que habían oído en Rumanía. La idea era que, sin los documentos legales de residencia, no podías empezar a trabajar de inmediato. Todo era comandado por Sică, que los usaba a todos sólo cuando los necesitaba, pagándoles cada día de trabajo, pero no un salario fijo al mes. Tenías días de trabajo, tenías dinero que cobrar. Pero ellos no conocían aún las leyes del sistema, tendrán tiempo de arrepentirse.
Costel entró como un huracán en la habitación. Era de risa. El traje de baño femenino le venía como un guante. Las piernas con mechones de pelo aleatorios, los testículos y el pene flotando dentro de la tela sintética le hacían parecer un actor de Stan y Bran.
Siguió un momento de estupefacción.
-¿Veis? Con esto robáis lo más fácil. Puedes meter dentro por los lados. E hizo un gesto que simulaba la introducción de un objeto dentro del traje. Y si ye pones el cinturón puedes meter en la parte de atrás también. Te pones una camiseta ancha y ganas unos cincuenta, sesenta euros al día, ni siquiera tienes que trabajar más.
-¿Y a quién vendes?
-A los trabajadores, se los dejo a mitad de precio. Es un negocio. Pero yo no los vendo, me los como yo, ya que me arriesgué.
-¿Pero no te han pillado nunca hasta ahora?
-¿A mí? Replicó con superioridad. A mí no me pillarán nunca, porque sé cómo robar y de dónde. Hay supermercados en donde la cámara de vigilancia no graba. Mira cómo haces: pones en la cesta lo que quieres robar y luego vas allí donde sabes que no hay cámaras. Pero antes das una vuelta por el supermercado para ver dónde están las cámaras. Algunos supermercados tienen hasta guardias. Pero que los jodan, tontos, que yo robé delante de ellos. Eso, pones en la cesta lo que quieres robar, vas a la zona sin vigilancia por cámaras y metes en el seno. Pero estaros atentos cuando robáis, algunos productos tienen alarmas, los miras con atención y les sacas la alarma. Son unas láminas finas de celofana que se pegan en los productos. Luego vas y compras algo así, para que no se den cuenta, dos, tres cervezas y dos barras de pan, para no salir del supermercado con la cesta vacía, para que no atraigas la atención. Esto cuesta como mucho un euro. Pero robas de quince, veinte euros. Si vas dos, tres veces al día te ganas un bonito dinero.
Mis conciudadanos lo miraban extasiados. Costel explicaba muy convincente. Parecía que se sabía muy bien todos los trucos. Tenía todos los antídotos. Era un superviviente innato. De hecho, la pequeña demostración de robo era penosa.
Las explicaciones dadas lo llenaron de adrenalina. Se giró bruscamente hacia mí.
-Alberto, esta noche vamos a robar. La noticia me sorprendió. Pensé que estaba bromeando, o que quiere continuar el espectáculo para ganar popularidad frente a los cinco de Brăila. Pero no estaba bromeando para nada.
-Vamos a Sabeco. Allí no tienen cámaras donde la leche.
También tenía que parecer un tío duro. Asenté con la cabeza y me fui a cambiar de ropa. Iba a robar y no estaba nada intranquilo, estaba insensible, esperaba que todo fuera a pasar rápido y que lo olvidara todo pasados unos días.
Me puse rápido los vaqueros, la blusa “Made in China” y me presenté en el salón. Aquí los cinco de Brăila nos miraban como a unos guerreros que se iban, con los antifaces puestos, a conquistar un fuerte lleno de turcos. Costel ya estaba allí, chupaba con pasión de un cigarrillo, Marlboro.
En la calle estaba oscuro. Me explicó rápido.
-Tú sólo me vigilas, yo pongo en la cesta lo que quiero robar. Luego nos vamos donde la leche, allí no tienen cámaras de vigilancia. Tú sujetas el cesto levantado y te pones frente a mí. Si no hay nadie alrededor, meto rápido algunos productos en el traje. Luego damos otra vuelta y volvemos al pasillo de la leche y meto más productos en el seno. Abrió la cartera. Contó el dinero, poco más de treinta euros. Compramos de diez euros y robamos de veinte, para que nos baste el dinero para tabaco para una semana más. Dime si quieres algo para ti. Yo me cogeré algo de chocolate, algo de queso y unas piezas de embutido del caro para el trabajo.
-No quiero nada especial, roba lo que te dé la gana.
-¿Estás nervioso?
Lo miré. Se le había modificado sensiblemente el tono de la voz. Yo estaba mucho más tranquilo. Lo consideraba todo un juego.
-No, no lo estoy. ¿Y tú?
-Siempre he robado de este Sabeco, pero también he comprado de diez, veinte euros. Me conocen las cajeras.
Se encendió otro cigarrillo. El supermercado estaba cerca, a diez minutos andando. Una vez en frente del supermercado, tiramos los cigarrillos y entramos al mismo tiempo por la puerta automática.
-Coge un cesto.
Cogí un cesto. Había bastante gente. Hablábamos en rumano, sin vergüenza, sobre lo que íbamos a robar.
-Mete en el cesto lo más caro y averigua la alarma. El chocolate, de todas formas, no tiene alarma, completó él discretamente. Delante de nosotros había un español que compraba también chocolate. Nos miró un poco, luego se fue más adelante.
Cogí chocolate del caro, queso y embutidos. Me hizo un gesto para que parara, eran unas siete, ocho piezas de embutido, aproximadamente unos quince euros. Luego empezó a poner botellas de refresco, barras de pan y repuestos para el ambientador de la habitación. Los últimos los iba a pagar, eran demasiado grandes para que cupieran en el traje.
-¡Vamos, co!
Nos dirigimos hacia el pasillo de la leche, los conocidos pasillos de la leche donde las cámaras de vigilancia no “vigilaban” las infracciones rumanas. El algoritmo de situar las cámaras era bastante rudimentario. Estaban puestas encima de los estantes con los productos más caros, porque se consideraba que los ladrones eran tentados a robar directamente del estante. Nada más falso: los rumanos habían observado esto y metían en el cesto los productos de los estantes, y luego los metían debajo de la ropa en un sitio sin vigilancia. Más de lo mismo hacía Costel también.
Pero fue divertido. Cuando llegamos donde el pasillo de la leche, situado en algún lugar al final del supermercado, me hizo señas de que esté atento.
-Sujeta el cesto más arriba. Lo levanté al nivel que él pedía. Estate delante de mí. Se desabrocho la camisa. La chaqueta de vaquero la tenía ya abierta. Mira a ver, ¿viene alguien por detrás de mí?
Detrás de él estaba el muro, teoréticamente de allí no podía venir nadie, excepto la situación en la cual un guardia se disfrazara de un muro alto de cinco metros. Poco probable.
-No hay nadie detrás de ti.
Metió la mano rápidamente en el cesto rojo y, con un gemido, coló una barra de embutido dentro del traje. Gimió otra vez y otra barra estaba en el refugio. Me abstuve difícilmente de reírme, casi gemía como antes de un orgasmo. Era un ladrón penoso. Lo sospechaba, sólo quería impresionar a los cinco de Brăiliţa.
-Espera que viene una vieja, susurro nervioso.
Por detrás de mí se acercaba una viejita. Me giré hacia ella y me hice el interesado en una botella de plástico de leche natural Asturiana.
Costel se abrochó la camisa y casi que arrancó una botella de leche del estante, como a un elixir de la juventud eterna. Hacía como que estudiaba con atención el precio, pero mirando de reojo seguía a la viejita inofensiva y pacífica. Estaba casi asustado. Su temor me lo transmitió a mí también. La adrenalina se vertió con fuerza en la sangre y conciencié de verdad lo que estaba haciendo: robaba productos de un supermercado español. Más que un robo era un capricho.
-Demos otra vuelta.
Cogí el cesto y caminé sin ganas por los pasillos. Hice como que estaba interesado en unos yogures de frutas, siguiendo la dirección de la cámara de vigilancia que tenía delante de mí. Respiré aliviado: en ningún caso hacia el pasillo de la leche.
Costel me dio la señal. Seguía otra partida de “sexo”. Gimió unas cinco, seis veces más y ya estaba. Un chocolate grande de tres euros y pico, dos cuartos de queso y dos barras de embutido.
Nos dirigimos hacia la caja. Tenía una voz afectada. Me di cuenta cuando contestó con “no” a la pregunta de la cajera de si tenía la tarjeta de cliente. Para ella, su voz era normal, probablemente la oía por la primera vez en su vida; para mí fue una prueba de que era un ladrón execrable.
Cuando salimos del supermercado me explicó encantado.
-Compramos de quince euros y robamos de dieciocho y pico. Ya tenemos tabaco para tres días, para los dos. ¿Has visto lo sencillo que es?
Murmuré un “sí” imperceptible y me encendí un cigarrillo. Había robado en un supermercado. No me sentía sucio, me parecía normal, según mis cálculos, más del 75% de los rumanos de España habían tenido tales aventuras. Así era en el occidente.
Cuando llegamos a casa los cinco de Brăila admiraron la captura del traje de baño. Colombo había descubierto América. Más tarde, después de unos dos años, me encontré con uno de ellos, se había convertido en un ladrón experto de productos.

Más tarde le conté a mi hermana lo del pasillo de la leche. Se partió de risa.
-¿A ti también te llevó donde la leche?
Ella había experimentado anteriormente la protección de la leche natural, desnatada y semidesnatada.

Era la pausa para comer en la obra, estaba con Severică en uno de las consultas modificadas del Hospital Universitario “Miguel Crespo”. Con los pies encima de la mesa del medio de la consulta, Severică me explicaba con humor.
-Oye, Albertică, ¿para qué rompernos los huesos para Sică, de todas formas él gana el doble? Seamos chicos listos por lo menos una vez en la vida. Vamos a Sabeco, compramos una botella de refresco, dos, tres dulces, una botella de J&B y la llevamos al trabajo como los boyardos. Aaa… espera, que tú no bebes, se me olvidó. Anda, Albertică, vamos.
Sabía qué significaba cuando Severică decía de “comprar” algo. Él no compraba casi nada, había robado de las tiendas toda la ropa que llevaba encima, el dinero para tabaco lo hacía de los productos robados de los supermercados. Era un ladrón perfecto, siempre se limitaba a los trescientos euros. No tenía miedo entrar con un ladrón valioso en un supermercado, tenía cinco euros, lo suficiente para comprarme el refresco y algo dulce. Me alejaba de él, daba una vuelta por el supermercado y, cuando lo veía que se iba hacia las cajas, salía yo también por otra caja, pagándome mis productos, evidentemente. Riesgo cero, aún más si no entraba al mismo tiempo con él.
Era un Sabeco inmenso, tenía más de veinte cajas para cobrar. Severică había robado desde hace años allí, se sabía cualquier rincón donde podía esconder la mercancía robada. Lo dejé entrar poco antes de mí. Tras diez segundos me aventuré entre los pasillos. Escogí una botella de Pepsi y unos pasteles deliciosos y muy baratos. Habían pasado más de diez minutos, había perdido de vista al más grande ladrón de productos de Zaragoza.
Me suena el móvil. Era Severică. Aunque sus documentos de residencia en España le habían sido anulados hace años, tenía contrato con Vodafone España. No entendí nunca cómo conseguía este moldavo, que a los quince años se fue de casa, engañar tan fácil a los españoles.
-Sí, Severică.
-Albertică, ¿dónde estás?
-Pues estoy dando vueltas por aquí, donde el pescado.
-Salgamos, que les he robado bastante hoy también. Ja-ja. Tenía una risa extraña, de consumidor de marihuana.
Salí por la caja diecisiete, él por la veintitrés. Compró una baguette, el pan clásico español. Lo miré contrariado, ¿dónde habrá escondido la botella de whisky? ¿Y el chocolate, y el resto de recambios de Gillette? Como si hubiese oído mi pregunta se hizo a un lado el mono de trabajo y me enseñó la botella de alcohol. Existía el riesgo de que la cajera lo viera y de que alertara a los guardias. Un riesgo insignificante para Severică.
Me gritó fuerte y alegre.
-¿Cómo no robarles a estos tontos, Albertică? ¡Es lo que merecen, si son tontos, que sufran!
Las cajeras lo miraron con atención, no entendían ni un gramo de rumano, así que volvieron la cabeza hacia el lector de código de barras. Severică había salido, otra vez, triunfador.
Salimos juntos por la puerta.
-¿Quieres chocolate, Albertică?
-No quiero, en serio.
-¡Co, tú tienes miedo, reconócelo! Empezó a reírse con fuerte. Querida gente, a Albertică le da miedo a robar del supermercado. La gente pasaba por nuestro lado y no entendían nada de la diversión de Severică. Pero si cualquier niño de seis años puede robar del súper, mete la chocolatina en el bolsillo y, en caso de algo, dice que lo olvidó allí, pero lo pagaba seguro. ¿Y cómo es que no has robado nunca de un supermercado? No me lo puedo creer. Ja-ja-ja. Hasta los pavos se ríen de ti, Albertică.
Tenía delante de mí al más versado ladrón de todos los que conocí en mi vida. Me molestaba la idea de ser un virgen en lo de robar de los supermercados. Un español nos miraba un poco contrariado. Había visto como Severică había sacado del seno las cosas robadas. Los españoles son gente correcta, tuve miedo de que pudiera llamar a la policía.
-Al diablo, Severică. Vayámonos, ¿no ves que nos mira la gente como a osos?
-¿Quién mira, co? ¿Ese tonto?
Lo apeló en un español perfecto, pero con un acento.
-¿Qué pasa, señor, qué está mirando?
Intimidado por el coraje de Severică, el español se alejó.
Respiré tranquilo sólo dentro del hospital. Tenía los pies en la mesa y jugaba con el móvil mientras Severică hablaba sin parar sobre cómo podíamos hacer algo de dinero ilegal. Mientras sorbía del vaso con bebida.
Sonó su móvil. Metió la mano, sin ganas, en el bolsillo. Cuando vio quién lo llamaba me hizo una señal rápido.
-¡Es Sică, pon en marcha la taladradora!
Era el jefe, así que salté enseguida de la silla, me apresuré hacia la taladradora y apreté el botón para que empezara a hacer ruido. En el fondo estaba trabajando, y en la obra hay un ruido infernal, ¿no?
-Sí, Sică… ¿Qué vamos a hacer? Estamos trabajando, Alberto y yo. Me guiñó el ojo. Estamos montando unos paneles de yeso en el pasillo grande… Aaa, tenemos más, acabamos en una semana, más o menos. Para, Alberto, un poco la taladradora que no me entiendo con el jefe.
Dejé la taladradora. El truco funcionó. Severică creaba siempre la impresión de que es trabajador y concienzudo en el trabajo. Nada más falso, trabajaba rápido sólo cuando tenía a algún jefe alrededor. De la conversación con el jefe entendí que quería una gran cantidad de perfumes caros y llamó a Severică, el genio de los robos de las tiendas.
Cuando colgó el teléfono, Severică radiaba, en unos días tenía que robar unos cincuenta perfumes para el jefe, que tenía pensado pasar unas mini vacaciones en Rumanía. Y en Rumanía los regalos eran más queridos que Dios.
-¿Te vienes mañana conmigo a robar unos perfumes del “Corte inglés”?
“El Corte Inglés” es una cadena de almacenes emblemáticos para España, una especie de “Walmart” para Los Estados Unidos.
-¿Te has vuelto loco? Para todo menos para robar del Walmart Corte Inglés no tengo yo tiempo mañana.
-Te vas a morir tonto, Albertică.

El mono azul de trabajo, lleno de cemento, estaba largamente roto en la entrepierna. Los edificios en construcción se habían quedado atrás. Tío Mitică había sido miliciano durante veinte años. Ahora caminábamos juntos por el barrio en construcción, San José, para tomar un café en la pausa para comer. Habíamos salido a la autopista, Tío Mitică seguía contando como llenaba la bañera de vino tinto después de cada redada que hacía como agente de tráfico.
-Ya no tenía sitio para poner el vino, Alberto. Simplemente no tenía más damajuanas. Mi mujer estaba horrorizada. Temía que algún vecino se chivara. Pero yo, te lo juro, Alberto, nunca en mi vida he pedido nada a nadie. Aquí hacía largamente la señal de la cruz en el pecho y me paraba buscando mis ojos para que me convenciera de si sinceridad. Dios está arriba y me es testigo. No he pedido nada en mi vida. Ni siquiera un cabo de hilo.
Conocía la historia, me la repetía sistemáticamente cada dos meses. Así que le replicaba casi aburrido.
-Te creo, Tío Mitică, ¿qué cojones? Así eran esos tiempos, la gente daba lo que tenía.
-Todo lo que tengo está hecho con mi trabajo, con mis dos manos. Y otra vez me paraba para mostrarme las manos, de modo demostrativo.
La realidad era que Tío Mitică era alcohólico y se había pensionado de la ex milicia rumana, ayudado por unos compañeros, “por enfermedad”, porque ya no rendía como debía, ya que estaba todo el tiempo borracho en horario de trabajo. En España trabajaba desde hace cinco años, como peón. Con la pensión bastante ben de Rumanía, y con el salario de peón, le había comprado a su hijo un piso en Bucarest, y un coche bonito. Pero Tío Mitică tenía un secreto, un secreto sucio.
Nos acercamos al restaurante-bar donde tomábamos café todos los días. Lleno de trabajadores de todas las nacionalidades: españoles, rumanos, búlgaros, marroquíes, ecuatorianos, colombianos, brasileños, portugueses, chinos, etc. El ruido de las voces y el humo de tabaco parecía crear una atmósfera de guerra, parecía que en cualquier momento alguien iba a gritar: “¡Todo el mundo fuera, la movilización ha empezado!”. Entramos tranquilos. En ese ruido Tío Mitică me gritó al oído.
-Pídeme un coñac doble, yo voy al servicio.
Hice eslalon por entre un equipo de electricistas españoles y, empujando entre dos búlgaros y un sudamericano, en un final llegué a la barra.
-Un café con leche y un Veterano doble, por favor.
Tío Mitică regresó bastante rápido del servicio sofocado con trabajadores y se bebió la copa entera de un solo trago, guiñándome el ojo. Me tomé el café de pie, esquivando toto el rato el codo de un rumano que insultaba en voz alta a su encargado.
-¡Que le den por culo, a él y a toda su nación de chupapollas! Yo soy oficial de primera desde hace veinticinco años, pongo ladrillos hasta en sueño…
Salí a tomar aire. Tío Mitică entró en la pequeña gasolinera de al lado del restaurante. Me encendí un cigarrillo. Sólo los coches se oían en la autopista. El ruido del restaurante se había evaporado. En tres minutos Tío Mitică salió alegre.
Salimos del pequeño valle donde se construía la autopista Valencia-Zaragoza ayudados por la frágil vegetación.
-Se los hice esta vez también, dijo extasiado Tío Mitică. No entendí a la primera a quién había engañado. Pero cuando sacó del bolsillo los recambios de Gillette 5 robados de la gasolinera, ya no había duda: Tío Mitică, ex miliciano, robaba de las tiendas. No era cleptómano, simplemente robaba para redondear sus ingresos.
-¡Cuidado, co! Igual te pillan éstos.
-¿A quién, co, a mí? Pero si no me han pillado nunca. ¡Y mira que he robado! ¡Ojoooo, cuánto he robado! Yo nunca compro los recambios de Gillette o el chocolate para mi mujer. Las robo siempre. Y no sólo de éstos, cojo cualquier cosa pequeña que pueda meter en el bolsillo.

Las nóminas de pago

Nuestra oficina era bastante austera: tres mesas con cuatro ordenadores, dos impresoras fax, una secretaria, yo la hermana del jefe, otra habitación llena de herramientas, y esto es todo, más o menos. Situado en un edificio de doce pisos, lleno de empresas de construcción, abogados, notarios, agencias inmobiliarias, etc. Me gustaba mucho porque los ascensores eran grandes, llegaban muy rápido al séptimo piso. Trabajaba de ocho a dos, luego la pausa para comer hasta las cinco, y de nuevo a la oficina hasta las ocho de la noche. Como se acostumbraba en nuestra oficina de construcciones, las horas extra no se pagaban nunca a los trabajadores de nacionalidad rumana. Se consideraban una especie de homenaje para el jefe. Los pocos españoles que poblaban la empresa conocían muy bien los derechos estipulados en el contrato de trabajo y recibían el dinero por las horas extra. Y si no lo recibían, iban rápido al sindicato de los trabajadores y venían con un abogado especializado. En fin, los rumanos no tenían papeles, no eran legales, así que era una decisión normal para los patrones de empresas de construcciones rumanos que no pagaran nunca las horas extra. Más que esto, me enteré acompañando a Sică, en una de las reuniones con los otros empresarios rumanos, existía un pacto entre ellos: no pagar nunca las horas extra a los trabajadores ilegales y joder a los que huían de una empresa para mudarse a otra. Era una especie de atar a la tierra, como en el feudalismo. Los trabajadores, es decir los esclavos, podían aceptar sólo los salarios pequeños y las horas sin pagar. También en las reuniones de Sică me enteré de que los patrones, es decir los engañadores rumanos, habían hecho un trato para pagar lo mismo para el día de trabajo. Y como no existían contratos de trabajo, sólo existían cuadernos en los cuales se anotaban los días en los cuales los trabajadores habían estado en la obra. Era posible que un mes de treinta días trabajaras diecisiete, o treinta. En fin, la mafia de las construcciones tenía leyes claras y drásticas, que daban ventaja exclusiva a los patrones, alias los engañadores. Ganaban millones de euros. Una empresa con cien trabajadores ilegales, traía un beneficio anual para el patrón, de tres, cuatro millones de euros netos.

Estaba en esa oficina blanca y no conseguía identificarme con ningún personaje conocido. Podía haber sido un escribo del Egipto Antiguo, con mis dedos de pianista. Pero no era sólo un copista. A mí me invistió Cristina con poderes ilimitados. Estoy bromeando, no eran ilimitados, pero podía apuntar en una hoja separada las quejas de los trabajadores relacionadas con las nóminas.
Podía ser el Arcángel Miguel, con bolígrafo chino en vez de espada. Pero sólo era un funcionario que participaba en la ilegalidad, por otra parte en una doble ilegalidad, nada más. Era un individuo que cierra los ojos o gira la cabeza cuando un ladrón roba el bolso de una mujer a la luz del día. Un cero barato. Una nada con bolígrafo chimo y una nómina de pago lleno de injusticias. La historia era simple. Sică había dejado una suma de dinero para las nóminas, como hacía cada mes, sólo que, también cada mes, Cristina modificaba la nómina de cada uno a su favor, recortando mucho del dinero de los trabajadores, cien, doscientos euros de cada uno, para que, al final, saliera una diferencia, entre los dos montos de nóminas, de cinco, diez mil euros cash. Cristina se hacía rica por la noche, o, como decían los españoles, “de repente”. No tenía un pelo de tonta esta mujer, y generalmente se basaba en la indolencia de Sică cuando se trataba de las quejas de los trabajadores en relación a las nóminas con parches.

¿Y qué hacía Cristina cuando venía el día de salarios? Ponía junto a Alberto – el funcionario, el dinero de los trabajadores en sobres en los cuales escribía el nombre de cada uno, los días aferentes trabajados y las deudas de dicho trabajador hacia la empresa de construcciones, luego le metía una excusa a Alberto y desaparecía. Y Alberto se quedaba solo frente a la muchedumbre enfurecida.
-Alberto, yo me voy, el dinero está en los sobres. Me voy al banco, no vuelvo esta noche a la oficina. Tengo que llegar a casa a preparar la comida. (Lo cierto era que cocinaba excelentemente.) Luego seguía con un tono neutro. Si tienes problemas con los trabajadores, los anotas en un papel. Yo apago mi móvil que tengo mucha faena a casa y poco tiempo. Mira ver qué haces por aquí. ¡Adiós!
Y salía de la oficina a las tres y media. Los primeros trabajadores venían apenas a las cinco, así que tenía tiempo de pedirme otro café con leche en el bar de abajo, fumar cinco, seis cigarrillos y también conectarme al Messenger.
A las cinco el pasillo del séptimo piso del edificio se había llenado con insultos en rumano, olor de sudor, manele en el móvil y la eterna emoción “¿cuánto dinero cobraré este mes?”
Sólo recibía cinco trabajadores a la vez en la oficina. Cuatro en las sillas de la entrada y el quinto venía a mi mesa, firmaba la nómina, cogía el sobre, contaba el dinero y se iba. Había en esos sobres cuarenta, cincuenta mil euros cash. Era una suma bonita y qué extraño, he pensado mucho luego, nunca se me pasó por la cabeza evaporarme con ese pequeño tesoro de los sobres. De todas formas, estaba sin papeles, y no podían imputarme nada, además, los pagos eran ilegales porque todos esos trabajadores de la lista de nóminas no tenían los permisos de residencia y trabajo. Pero, en fin, estaba bastante preocupado con cómo hacer frente a los trabajadores y siempre olvidaba que no me hubiera ido nada mal en Rumanía con veintiséis años y cincuenta mil euros en los bolsillos.
A las cinco de la tarde los primeros trabajadores llamaron a la puerta de la oficina. Me levanté de la silla ergonómica, apagué el cigarrillo en el cenicero y abrí largamente la puerta.
-Sólo cinco a la vez, ¿¡vale?!
-Sí, jefe. Era un tono adulador, la gente estaba obligada a ser amables frente a un escribo con dedos de pianista como yo.
-¡Sentaros en las sillas, vosotros cuatro!
Ion Marín de Târgovişte se acercó. Abrí el cajón con los sobres con el dinero, le busque el nombre y lo encontré.
-Tienes que cobrar cuatrocientos setenta euros. En el sobre estaban anotados los días trabajados, el dinero que había tomado prestado de Sică y Cristina, y el alquiler, que siempre era el mismo, ciento veinte euros, indiferentemente si vivían dos o siete en la misma habitación. Con el alquiler Sică no hacía ninguna discriminación. Todos los que vivían en algún piso alquilado por él pagaban una suma fija al mes, la misma desde hace años: ni un céntimo más, ni un céntimo menos.
Conocía personalmente a Ion, delgado, de unos cuarenta años. Había venido con la esposa y la hija a España hace unos seis meses. Era un tío alegre.
Estalló instantáneamente.
-¿Pero por qué me cobró alquiler, Alberto? Si tú sabes que yo no vivo en los pisos de Sică. El colmo era que yo sabía que no vivía en los pisos alquilados especialmente por Sică para los trabajadores, pero me bloqueé. Luego me acordé de cómo Cristina había cobrado, a sabiendas, a absolutamente todos los trabajadores, los ciento veinte euros del alquiler, aunque algunos de ellos no vivían en los pisos de Sică.
-¡Pero para, Ion! Que no es mi culpa, yo solo te doy el dinero y te hago firmar. No he decidido yo el alquiler.
-Co, ¿tú no me escuchas cuando te digo que yo no vivo en vuestros pisos?
Si se me dirigió con “vuestros” significaba que ya había roto de repente la escarcha de amistad que nos había unido hasta entonces. Yo había pasado al lado de los opresores.
-¡Oye, hombre, no me metas en la misma olla con nadie, dirigiéndoteme con “vosotros”!, no te he metido la mano en el bolsillo. Llama a Cristina, si tienes quejas. Lo único que puedo hacer para ti es hablar con ella y decirle que seguramente hay un error en algún lado, porque tú seguramente que no has vivido en ninguno de sus pisos.
Ion Marín se había enfurecido de verdad.
-¿Y por qué cojones tengo dinero por dieciséis días de trabajo, cuando yo he trabajado dieciocho? ¿Y por qué tengo yo una deuda de cuarenta y cinco euros con Sică? ¡Nunca he tomado prestado dinero de él! Lo juro, por mi hija, Oana, que nunca he tomado dinero prestado de él.
En su sobre también estaba apuntada la deuda. Según conocía yo a Ion Marín, no era el tipo de hombre que tomara dinero prestado. Cristina lo había trabajado ejemplar: cuarenta y cinco euros, dos días de trabajo menos, más el alquiler, un total de doscientos cuarenta y cinco euros de un solo trabajador. ¡Hm! Había oído que ella y su amante empezaron la construcción de una casa alrededor de Braşov. Probablemente querían ponerse un jacuzzi.
-Es decir, ¿¡cómo te explico, hermano?! Yo sólo soy un funcionario, uno que reparte los sobres con el dinero. Yo no decidí sobre la cantidad que hay en cada uno. Yo no tengo dinero de más, los sobres se han hecho hoy por la mañana. Pero mira qué te digo: lo del alquiler se soluciona, Cristina te devolverá el dinero, pero con los dos días de trabajo que no salen en las cuentas y con los cuarenta y cinco euros prestados de Sică, no sé qué decir ni cómo ayudarte. En serio. Habla con Căpşună, es él quien le pasó a Cristina los días de trabajo en la obra.
Ion Marín me miró con rencor sin disimular, luego llamó primero a Cristina. Tenía el móvil apagado, exactamente como había dicho. Luego llamó a Căpşună.
Căpşună vociferó, se metió dos veces la polla en la boca de Ion y lo mandó al diablo de “vago”. Según Căpşună todos los trabajadores rumanos eran vagos. Gritó tan fuerte en el teléfono que todos habíamos oído claramente su voz y sus insultos.
Ion Marín tragó en seco, colgó el teléfono, luego cogió el dinero del sobre, los metió en el bolsillo y salió dando un portazo, sin olvidar decir “el gitano sigue siendo gitano”, alusión al color de piel de Sică y Cristina.
De la silla se levantó otro trabajador. Estaba alegre. Siguió igual de alegre después de darle el sobre con “la pasta”.
-¡De esta pasta me faltan setenta euros, es decir dos días de trabajo, Alberto!
Le había quitado bastante poco. Le dije que llamara a Căpşună, porque él era responsable con la estadística de los días de trabajo.
Ya tenía un cuadro completo sobre el día. A cada trabajador tenía que ponerle el mismo disco: “¡Llama a Sică! ¡Llama a Cristina! ¡Llama a Căpşună! ¡Yo sólo soy un funcionario!”
No sé cómo pasó el tiempo, pero según mis cálculos tenía que ser las ocho de la tarde, justo la hora de cerrar.
Entonces, hacia el final, entraron los tres hermanos. En la empresa había muchos ardeleni, habían venido juntos desde Rumanía o se habían avisado recíprocamente que en la empresa de Sică se recibían trabajadores sin papeles. Creo que eran unos veinticinco ardeleni, entre los cuales los tres hermanos que tenía frente a mí. Habían entrado los tres a mi mesa, aunque conocían la regla: sólo uno en la mesa del dinero. Los trabajadores se habían avisado en el pasillo sobre los días robados y los otros arreglos, así que Andrei, Pavel e Ion habían venido decididos de no ceder ni un euro de su trabajo. Además, los tres hermanos con nombres de apóstoles, se habían mareado bien con bebida, para pillar “coraje”. Eso no me olía bien.
-Anda, danos, Alberto, nuestro dinero. Habló Andrei, el mayor de ellos, como edad y estatura. Más alto que yo, de hecho.
Busqué un poco intimidado entre los sobres que quedaban y encontré su nombre de inmediato. Keleş Andrei tenía que cobrar casi mil euros. Lo que me hizo flipar a mí también era el hecho de que él había recibido todo el dinero que merecía, y parecía que no le faltaba ni un euro. Me he dicho que probablemente Cristina se dio cuenta de que arriesga mucho si mete la mano voraz también en el sobre del ardelean gigante.
Andrei cogió el sobre, le dio la vuelta en todos los sentidos, leyó dos veces en voz alta los días de trabajo y el dinero que ponía en el sobre. Levantó la mirada en el techo y exclamó en voz alta.
-Bueno, vale, tengo veintisiete días de trabajo.
Sică lo mandaba cada día a la obra, menos los domingos, así que Andrei tenía casi siempre por lo menos veinticinco días al mes. Contó el dinero. Estaba todo.
Le di la nómina.
-¡Firma, Andrei!
-¡Positivo, Alberto! ¡Positivo!
Era su expresión cuando todo estaba bien, “positivo” firmó y dio un paso atrás. Siguió Pavel. El mismo ritual con los mismos cuchicheos. Era “positivo” para Pavel también. Todos los euros estaban en el sobre y todos los días de trabajo correctos.
Los problemas aparecieron con el pequeño del rubio. Tras coger el sobre y leer el número de días de trabajo, estalló como un pastor de vacas.
-¡Me meto la polla en vuestra empresa, co!
Cristina le había cortado días de trabajo al pequeño, con lo cual, dinero. Tragué en seco. ¡Zaragoza, tenemos un problema!
-¡Estate tranquilo, Ion, que no es mi empresa!
-Co, rumano, pero tú cuando recibiste las listas con los días de trabajo, ¿no viste que tengo cinco días en la obra en Huesca? ¡Justo esos cinco días no están en la nómina!
En el sobre, a veces Cristina ponía también la obra en donde había trabajado el trabajador en cuestión.
-No sé nada, ¡Ion!
Era, de una forma u otra, amigo de Ion Keleş, habíamos tomado juntos algunas cervezas y cafés. Entró en el juego la artillería pesada, Andrei Keleş.
-¿Qué pasa, hombre Alberto, te has juntado con los gitanos?
-¡No es mi culpa, Andrei! ¿¡Crees que me he metido yo en el bolsillo el dinero de Ionică?! Estate tranquilo, que yo cobro menos dinero que vosotros aquí en la oficina.
-Co, que lo tengáis claro todos, nosotros no nos movemos de aquí hasta que no aparece el dinero de Ionică.
Se sentó en una silla delante de mí, con los brazos cruzados encima de pecho, decidido a transformarme, con la mirada, en cuatro billetes de cincuenta euros, justo lo que le faltaba al pequeño.
Pavel se mostró un poco más conciliador.
-Bueno, vale, llama, señor, a Cristina. Ionică estuvo cinco días a Huesca.
Era absolutamente inútil llamar a Cristina porque tenía el móvil apagado. La acababa de llamar por un problema del mismo tipo, pero en vano. De todas formas hice lo que los tres hermanos querían. Llamé.
De momento el número marcado no se encuentra disponible… colgué sin esperar que el mensaje siguiera.
-Cristina tiene el móvil apagado.
-Llama a Sică, qué cojones. Que aparezca el dinero de Ionică, y si no ¡habrá escándalo!
Llamé a Sică.
-¿Qué pasa, Alberto?
-¡Tengo un problema con los días de uno de los hermanos Keleş!
Sică preguntó directamente, probablemente estaba al tanto de los movimientos de Cristina.
-¿Cuánto dinero?
-Doscientos euros.
-Vale. Dile a Andrei que venga mañana a primera hora al bar y le doy el dinero.
Luego colgó de repente a su manera característica, sin saludar.
Yo puse el teléfono en la mesa y respiré tranquilo.
-Andrei, mañana por la mañana te vienes al bar a primera hora y Sică te dará personalmente los doscientos euros. La buena noticia tranquilizó a los tres Keleş. Ni siquiera me saludaron cuando salieron, sólo Andrei se giró hacia mí y me dijo satisfecho.
-¡Nadie engaña a la familia Keleş!
Hacia las ocho y media de la tarde cerré la choza y me fui hacia la parada del bus. Había dejado en la mesa para Cristina la lista con los nombres y las sumas de los desfavorecidos en las nóminas. Eran alrededor de siete mil euros que había hecho suyos esta mujer miñona y habladora. Muy inteligente el movimiento, ¿no? De todas formas, Sică gastaba mucho más en los casinos y en los burdeles. ¿Por qué no iba a aprovecharse ella también de la abundancia de estos billetes del banco?

En la parada estaba casi solo. La ciudad estaba espléndidamente iluminada, la gente estaba alegre e iban de una cafetería a otra. Yo estaba pensando en mis rumanos y en sus nóminas. ¿Por qué eran defraudados sólo los trabajadores de nacionalidad rumana? ¿Por qué a este pueblo lo roban siempre sus líderes? Así es la vida.

Tranquilo hasta que llegue la crisis

Estaba en uno de los muchos pisos alquilados por Sică por Zaragoza. Sonó el móvil.
-Alberto, mañana a primera hora te vienes al bar y te vas a trabajar con los encofradores.
-Pero no tengo ni idea de encofrar.
-No importa. Tienes que ganarte tú también un dinero. Tú sabes español, te quedas allí con ellos, les das a mano lo que te pidan y ya está. Vamos, que tú eres un chico listo, aprenderás rápido.
De hecho no tenía de dónde elegir. A las cinco y media me presenté en el bar. Sică ya estaba allí. Me hizo una señal para que me fuera a su mesa. Como siempre, estaba rodeado por mucha gente. Un nabab bajado de a ese bar de barrio. Pagaba a todos la consumición, más que eso, repartía billetes de cinco y diez euros a los trabajadores para que se compraran comida y tabaco. Me acerqué.
Pequeño de estatura, con panza, pelo corto y engominado, ropa marca Armani, perfume de la misma marca, tres móviles caros en la mesa, sonrisa larga, actitud de triunfador. Éste era Sică. Persuasivo. Lleno de dinero. Mafioso. Jugador de ruleta. Tiraba los billetes del banco a los intérpretes de manele más en boga, traídos justo de Rumanía.
-Se dirigió a mí directamente, sin saludarme.
-Si no quieres seguir trabajando en la oficina como los boyardos, tienes que trabajar en la obra y ganarte un dinero, como todos.
Me negué a trabajar más en la oficina por miedo a la policía y a la cárcel. Era demasiado joven para ir a la cárcel por treinta y cinco euros al día, un paquete de tabaco y dos bocadillos.
Continuó.
-Porque no has venido a España para ganar antigüedad.
Me callé. Cuando no tienes dinero está bien callarse. Me entregó un papelito. Era un nombre español y un número de DNI. Me iba a llamar Juan-Carlos Méndez, tenía treinta y cinco años y era residente en Utrillas, una pequeña ciudad de las afueras de Zaragoza.
El equipo de encofradores entró ruidosamente en ese bar de donde se iba la mayoría de los trabajadores de Sică. Eran siete, ocho conmigo. Dos de ellos tenían mi edad, igual de jóvenes. Fumaban chocolate, despreocupados, a primera hora del día.
Sică me presentó al jefe de equipo, un español regordete y muy hablador. Le guiñó el ojo y le habló en voz baja. Probablemente le dijo que yo era el nuevo miembro de su equipo y que no tenía papeles. El español regordete levantó la mirada hacia mí, me radiografió y dijo un “¡Vale!” decidido.
Ese español regordete se llamaba Luís. Tenía más de cincuenta años, de los cuales veinte como encofrador. Estaba orgulloso de sí mismo y de su oficio y dejaba entender que era capaz de hacer cosas sensacionales. Aún más que eso, como todos los españoles, tenía una opinión excelente sobre él y sobre su patria.
Subimos todos en la furgoneta. Nos quedaba bastante hasta la frontera con Francia, unas dos horas. Sică había pillado un contrato gordo con una inmobiliaria que construía en casi todas las ciudades de España. Ahora estaban haciendo un hotel y su equipo de encofradores estaba trabajando en los cimientos.
Hacia la mitad de la distancia, Luís se giró hacia mí. La agitación del humo denso paró.
-¿Entonces, cómo te llamas? No sabía cómo. Fue la primera vez en mi vida que no sabía cómo me llamaba. Y todo por culpa del papelito del bolsillo.
La práctica de Sică era simple: se hacía con los números de los DNI de los trabajadores de nacionalidad española de su empresa, y prestaba esos datos personales a los trabajadores rumanos ilegales. Entraba a la obra con un nombre español, Sică pagaba el seguro médico y la seguridad social a ese español, así que era casi legal. Si tenía cuatro carnés de identidad españoles, las podía usar para diez, doce trabajadores sin papeles. De hecho, su empresa tenía sólo diez trabajadores legales, y el resto de hasta setenta, ochenta hombres trabajaban con la ayuda de los carnés de identidad de los diez. Retomemos la historia. Luís me preguntó cómo me llamaba. Le dije que “Alberto” pero le di el papelito con el nombre y número de DNI de Juan-Carlos de Utrillas.
-Si te pregunta el encargado sobre mí, dale esto.
Luís cogió el papelito, me miró y en su cabeza se hizo luz.
-¿No tienes papeles, no?
Sonreí largamente y me hice el espiritual a las siete de la mañana en una furgoneta llena de encofradores españoles.
-Claro que tengo. ¿No ves?
La ironía del destino era que con su nombre y sus datos del DNI trabajaban otros rumanos ilegales. ¡Ja-ja-ja!
A veces los jefes de obra se daban cuenta de las ilegalidades. Venían, a ciertos intervalos de tiempo, trabajadores con el mismo nombre y número de DNI. Pero con otro aspecto físico. Era de risa, pero necesitaban mano de obra, y los términos límite para acabar las obras los apretaban, así que cerraban los ojos. En el fondo, todos íbamos a ganar: Sică alquilaba barato a sus trabajadores, siempre tenía el número de hombres que el empresario pedía y la calidad era aceptable; los trabajadores recibían también su parte de la paga, y los empresarios y la banca recibían lo grueso. ¡Viva el trabajo negro!
A las ocho y pico llegamos a la obra. Nos pusimos rápido los monos de trabajo, los cascos, los arneses e irrumpimos al séptimo piso donde nos habían asignado.
Luís empezó a pedir rápido todo tipo de cosas, en español. Aunque estaba familiarizado con el vocabulario usual, algunos términos técnicos no los entendía. Luís me explicaba con paciencia cualquier cosa. Hasta tenía la esperanza de que un día llegara a ser un buen encofrador. Era un tío agradable. Lo sentía que al final tuviera problemas con Sică. Éste se negó a darle el dinero por haber cometido algunos errores técnicos en la obra. Lo que era falso. Era un buen trabajador, hábil. Pero en España los sindicatos tienen un fondo especial justo para situaciones como éstas, como los casos en los cuales los patrones se negaban a pagar a los empleados.
A las nueve y media paramos el trabajo. Era la pausa reglamentar de treinta minutos del bocadillo. Bajamos del edificio directamente al bar. Uno de los jóvenes de mi edad me ofreció un cigarro de chocolate. Le di un calo largo, lo retuve en los pulmones y espiré. Era aceptable, pero nunca me gustó el chocolate.
-Está buena, ¿no?
-¡Genial!
En teoría, el almuerzo de las nueve de la mañana nos lo pagaba la empresa. Pero Sică tenía retrasos en el pago de los cheques hacia los proveedores de servicios. Y la comida tenía que pagárnosla él también, porque trabajábamos a una distancia de más de ocho kilómetros de la ciudad.
No pedí gran cosa: un café con leche y un bocadillo sencillo. Era todo bastante barato en ese bar lleno de turistas españoles y franceses que habían venido a esquiar.
Cuando volvimos a la obra aparecieron los problemas. Vino el jefe de obra. Pensé que nos pediría a todos la documentación. Así que me dije que mejor me callaba, para que no me delatara mi acento cojo. Pero no me dijeron ni siquiera una palabra. Se fue directamente a Luís para preguntarle si fue él quien preparó la estructura de hierro del octavo piso. Luís replicó orgulloso que “sí”.
El jefe de obra explotó instantáneamente al “sí” de Luís.
-¡Fuera! ¡Todo el mundo fuera! ¡No tenéis ni puta idea de hierro!
Luís se volvió hacia nosotros y nos dijo.
-¡Vamos p’acasa, chicos! ¡Y tú te puedes buscar a otros, nadie me habla así!
Fue mi único día de trabajo con un equipo de españoles. Me arrepentí sólo cuando oí decir a Luís en la furgoneta, hacia a casa.
-Tranquilo, así es la vida, una puta cabrona.

Después de tres años, después de que se regularizara la situación de los inmigrantes en 2005, tuve la ocasión de trabajar en la misma zona de los Pirineos, en Jaca. Esta vez tenía mi nombre real en el permiso de residencia y trabajo. Sică estaba en la cárcel, y yo trabajaba en una obra que estaba casi finalizada. Era chulo. El jefe de obra hacía mucho que me conocía y me había designado como responsable con la repartición de los materiales. Los cuatro edificios de la obra estaban casi para entrar a vivir. Ahora se amueblaban las cocinas con las neveras y con los muebles. Tenía una llave “maestra” que abría todas las puertas de los pisos. Por la mañana las abría para los trabajadores, y por la noche las averiguaba y las cerraba de nuevo. Tenía que estar atento a los trabajadores que repartían los materiales y a los que hacían la limpieza. A las dos en punto, después de acabar la pausa de comer, me dije que hubiera sido bien subir a ver qué hacían mis rumanos de la limpieza.
Subí al tercer piso, el ascensor todavía no era funcional. Sabía que allí, al tercer piso de un total de cuatro, tenía que encontrar dos hombres con las escobas en mano.
¿Pero de dónde tantos rumanos? Ni huella de ellos. Grité.
-¡Gheorghe! ¡Marín!
Nada. Una puerta de pasillo estaba abierta. Di un paso dentro. Ja-ja. Se oían ronquidos. Mis Gheorghe y Marín estaban tripas arriba en unos cartones en el suelo de parqué. Se habían sacado las botas y roncaban como en sus camas. ¡Sí! Después de una comida copiosa, se merecen una pequeña siesta en un trozo de cartón, ¿no? ¡Porque somos gente, no fajos de paja!
Decidí ser duro con ellos.
-Co, ¿qué cojones estáis haciendo aquí? ¿Qué es esto? ¿Un sanatorio?
Gheorghe se despertó primero y le dio un codazo a Marín. Donde hay dos rumanos, uno de ellos es jefe. Marín era el jefe, entonces. Éste último era un gorila de rumano casado con una española. Un tío que había pasado por todo que había aceptado trabajar en la obra por el gran salario de aquí. Abrió, sin ganas, un ojo.
-¿Qué pasa, Alberto, te has visto jefe?
-¡A la mierda de vida, Marín! No se trata de si me he visto como jefe. Pero ¿y si hubiera venido el jefe y os hubiera pillado con las panzas arriba? ¿Dónde está tu conciencia, Marín?
-¡No puede venir! Éste viene a las tres, que aún está tomando café. Lo sé, que lo he seguido. Me he puesto la alarma asonar a las tres menos cinco. Coge un cartón y quédate un poco echado, que seguirás cobrando el mismo dinero. Lo he sopesado todo: tenía razón. Javier, el jefe de obra, nunca aparecía antes de las tres, el hombre tenía sus costumbres.
-¡Anda ya, Marín! Mejor te pones a hacer el trabajo, que no está bien lo que estás haciendo.
Marín se sentó.
-¡Co, Alberto! ¿Tú no ves que todo el mundo en esta obra se toca los huevos? ¿Has visto tú a alguno que se rompe los huesos?
-¡Sí, he visto! Pero no es ésta la idea. A ti no te importa qué están haciendo otros. Tú tienes tu deber. Y punto. Luego cada uno con sus problemas, si trabajan o se hacen que trabajan. Me había puesto de los nervios con su coraje típico rumano. Escaquearse en el trabajo, trabajar lo menos posible.
-Marín, difícil contigo. ¿Es así como trabajabas también en Rumanía?
-Co, escúchame: yo no he venido a España a romperme los huesos aquí. De todas formas estoy tantas horas trabajando. ¿No basta que me paso nueve horas de pie? ¿Qué quieres de mí? ¿Que barra todo el pasillo hoy? ¿Y mañana qué hago? Me voy a casa… tranquilo, Alberto, tranquilo. Aquí todo el mundo está tranquilo. Tenía razón, nadie se mataba trabajando. Hacíamos edificios para vivir. ¿Cuántos edificios puedes hacer? Hasta que ya no se ven. Justo lo que pasó. Y entonces vino la crisis, en 2008, y nos tranquilizó a todos los rumanos de las obras españolas.

Trabajar en España nunca significó extenuación. El esfuerzo físico se paga bien en euros, pero no se aprovecha del trabajador. Sus derechos son respetados estrictamente, miedo aún, podría decir, por el patrón español. Hasta los policías son más benévolos con los trabajadores. En España se dice que si no tienes, tienes que ir a trabajar. En Rumanía, aunque trabajes como un esclavo, lo más probable es que no tengas nunca.

De vuelta a Rumanía

Estábamos en ese autocar un montón de rumanos terminados. Algunos se iban de vacaciones, pero la mayoría se retiraban vencidos de España. Rumanía sonaba como un nuevo comienzo, pero sabía que la patria que ya no me era querida nos esperaban, con los brazos abiertos, la pobreza, la corrupción, los precios altos, la miseria. Yo nunca he culpado al gobierno o a los políticos, sino sólo a los rumanos de la calle, los que tragaban sin masticar, como las garzas, todos los engaños a los cuales son expuestos a diario.
Pero dejemos la filosofía, mejor os cuento lo que pasaba en el autocar.
Gente variada, jóvenes, viejos, pobres, gitanos, ladrones. Más o menos ésta es la fauna de cualquier autocar de la ruta España-Rumanía. No tengo nada con los rumanos, no tengo nada en contra de ellos, pero mi opinión sincera sobre la mayoría de ellos: son unos pueblerinos no educados. Tuve la ocasión de vivir durante cinco años en un país civilizado, la gente no insulta por la calle, no hablan alto, no escupen en la acera, no comen pipas por la calle, no se cuelan en la cola, no mutilan los asientos en los autobuses, no roban las tapas de alcantarilla o el cobre de los ferrocarriles. Como consecuencia, el autocar estaba lleno de un montón de pueblerinos sin educar. Hasta ahora me entran nauseas cuando me acuerdo de los olores de allí. Desde fuera era un autocar moderno, encantador. ¿Pero sabéis que? No se podía usar el WC de ese autocar. ¿Y sabéis por qué? Porque los rumanos hacen sus necesidades en la tapa, o no tiran de la cadena. No se podía comer en ese autocar. ¿Y sabéis por qué? Porque los rumanos no comen con la boca cerrada, se les caen las migas en todos los lados y se limpian las manos de grasa en los asientos o en las cortinas de las ventanas. ¿Qué más decir? Mucho ruido, aire lleno de peste, pausas a cada cuatro horas, conversaciones estúpidas y sin sentido, y encima de todo reinaba el santo aburrimiento. Todos se habían comprado los eternos crucigramas para IQ de gallina o revistas con vedettes baratas. ¿Qué tenemos hasta ahora? Un autocar lleno de pueblerinos apestosos, crucigramas, vedettes baratas y el santo aburrimiento. Bueno, sigamos. Después de salir de España y atravesar toda Francia, nos encontramos a los eternos rumanos chulos de las gasolineras italianas. Los reincidentes no duermen nunca, ¿no es así? Un montón de infractores que practican un juego de suerte, que puede ser nombrado de todas formas (saque, pillaje, engaño), menos juego: “blanca-negra”. Los chóferes, dos ardeleni, no habían avisado a los amateurs de ganancias rápidas de que no tenían que tratar con ladrones así.
De este modo, paramos en la primera gasolinera italiana. Los viajantes se esparcieron cada uno según sus gustos: a comprar pequeñeces en la gasolinera, a fumar en un borde, o a comer en la hierba. Los del césped sacaron la comida de las bolsas de plástico, los del borde sacaron el tabaco, y los chulos se acercaron a todos con la intención de cogerles el dinero. No trabajo en el SRI (Servicio Rumano de Informaciones) o SIE (Servicio de Informaciones Externas), pero reconozco a los reincidentes en tres segundos. Primero se acercaron al borde de los fumadores. Eran sólo dos. Tenían tres tapes de plástico, una pelotita de esponja y un periódico doblado como accesorios. “¡Ésta tiene, ésta no tiene, ésta es marcadora!”. “¡Pon cien euros, señor, y coge el dinero!” el “señor”, el individuo que había sido invitado a apostar, pestañeó con ganas. Entonces se me aceleró el pulso. Miré alrededor. Descubrí enseguida a algunos de los compatriotas de los dos infractores que manipulaban los tapes con suerte. Eran dos gorilas como la puerta de grandes que seguían a los viajeros e indicaban las posibles víctimas. Estaba en Italia, una gasolinera bonita, con pizzería y todo lo demás. El “señor” apostó cien euros y, estupor, ¡ganó! Me dije que era un truco que no conocía. Entonces el individuo que manipulaba el juego alzó la apuesta a doscientos euros. El “señor” apostó esta vez también e, igual de milagrosamente, ganó de nuevo. Algo iba mal. Mire a los gorilas del público. Parecían aburridos. Me concentré en el “señor” que había ganado trescientos euros. Vestido con ropa fina, treinta, treinta y cinco años, morenito. Un tío cualquiera. De repente me di cuenta de que era sólo un escenario, una telaraña que esperaba a la mosca. De mi lado se levantó un joven curioso. El “señor” moreno había ganado otros quinientos euros. El de la “blanca-negra” sacó un billete morado de quinientos, lo agitó demostrativamente delante de las narices de los curiosos y se la ofreció al moreno. Éste lo metió lentamente en el bolsillo. “¡Ya está! ¡No juego más! ¡Que ganen otros también, yo ya gané lo mío! Y exactamente después del mini discurso del “señor”, el joven curioso puso la mano en un tape. ¡Wow! ¡Ganó! ¡Lo adivinó! Doscientos euros le entraron en la cartera. Otro juego. Ganó otra vez. Los gorilas se le acercaron. El reincidente que manipulaba los tapes se impacientó. “¡Oye! ¡Pon todo el dinero que tienes en la cartera, a ver! Y él también saco de la cartera un fajo de billetes de cincuenta euros. El joven curioso, de buena fe, sacó la cartera. Estaba llena de billetes. Entonces tuvo lugar el saqueo. Uno de los gorilas que se acercó al joven curioso le arrancó todo el dinero de la cartera. Simultáneamente con la acción del gorila el que manipulaba los tapes empezó a gritar. “¡He ganado!” de hecho no había movido ningún tape, pero necesitaba crear confusión, era un artífice para justificar el “saqueo”. En quince segundos desaparecieron tanto los gorilas, los dos que manipulaban los tapes, como el “señor”, y el dinero. Nunca volvimos a verlos. ¡¿Quién sabe cuántos miles de euros han “producido” desde entonces!?
Los chóferes tocaron la bocina largamente y nosotros nos refugiamos en el caparazón del autocar. Faltaba el “señor” que había ganado ocho cientos euros. Luego me di cuenta que aquel “señor” era parte de la banda y, el colmo, los chóferes sabían que el “señor hacía cada semana la ruta España-Italia”. En fin, después de quinientos kilómetros, en la primera parada, abordé al joven perdedor.
-¿¡Qué demonios, no te diste cuenta que era manipulación!? ¿Cuánto te han quitado?
-A la mierda ese dinero. Unos dos mil quinientos euros, los salarios por dos meses. Pero he llamado para que me manden dinero para cuando llegue. Ningún problema, se soluciona.
Estaba bien si se mantenía esperanzado. Me acerqué a uno de los chóferes. Uno rubio y alto.
-¿Por qué no avisáis a la gente de que hay tales desgraciados?
Me contestó con un acento de ardelean todo sabedor.
-¿Qué quieres que le haga, si son tontos y juegan? Hace dos semanas me rompieron las lunas del autocar, éstos que se llevaron el dinero del chaval, porque he dicho a la gente del autocar que son chulos. ¡Que se vayan a tomar por culo de tontos!
No me intimidé.
-¿Y la Policía?
-¿Qué les va a hacer la Policía si nadie se queja?
Tenía razón, sin denuncia no había infracción.
Después de quinientos kilómetros nos encontramos otro grupo de “blanca-negra”. Los viajeros los evitaron asustados. Este grupo había venido con dos mujeres también, vestidas elegantes, para ganar credibilidad. Ellas ganaban e invitaban a los viajeros a jugar, pero ninguno cayó en sus redes. Insistieron, pero sin suerte, hasta se acercaron a un viajero y le metieron cien euros en el bolsillo del pecho, con el motivo imaginario de que “había ganado”. El viajero, aterrorizado por sus insistencias diabólicas, le devolvió el dinero y corrió asustado al autocar.
Ésta es la ruta España-Rumanía. Llena de malhechores y pueblerinos apestosos. ¿Hay alguien que tome cartas en el asunto? ¿Habrá alguien alguna vez? No lo creo.

Cuando llegamos a la frontera con Rumanía era de mañana. Aquí, en la aduana, nos encontramos de nuevo con ladrones. Esta vez llevaban uniformes. Eran los agentes de aduana rumanos. Desde España hasta Rumanía no nos habían pedido dinero en ningún punto de aduana, pero aquí, a la entrada a Rumanía, nos pidieron. Uno de los chóferes habló al micrófono del autocar.
-Querida gente, vamos a hacer una colecta para que no nos tengan estos en el control de las maletas. Que cada uno ponga cinco euros y no perdamos más el tiempo.
No puse ni siquiera un céntimo.
-A mí que me controle la maleta, no tengo nada que esconder.
De hecho estaba asqueado por la actitud de los agentes de aduana rumanos. De todas formas no nos controlaban las maletas, pero pedían dinero por principios. El chófer me miró feamente y siguió su recaudación.

Si fuera de Rumanía íbamos con ochenta, cien kilómetros por hora, en Rumanía era un desastre. Las carreteras execrables, velocidad de caracol. Hasta Sibiu hicimos unas diez horas. Diez horas en las cuales hicimos cuatrocientos kilómetros. Fuera de Rumanía habríamos hecho mil. Pero, en fin, ésta es Rumanía.
¿Qué más decir?

El episodio ibérico acabó. El sueño español se esfumó. Los rumanos regresaron de allí llenos de deudas a los bancos españoles, y con la nostalgia de unas ganancias altas. Aquí estamos en Rumanía, aquí las cosas hermosas no pasan a menudo.
¿Qué significó España para los rumanos y para Rumanía? Me acuerdo que vi en Gijón unos paneles publicitarios enormes en los cuales ponía “Gijón-otro mundo”. Extrapolando, España fue otro mundo, otra dimensión para todos nosotros. Salarios altos, ciudadanos civilizados, respeto recíproco, hospitales limpios de sobornos, cuarenta horas de trabajo a la semana, vacaciones pagadas, fines de semana a la playa, miles de millones de euros enviados a Rumanía a través de Western Union. Fue la Tierra Prometida para más de un millón de rumanos. España limpió todos los escupitajos que Rumanía nos tiró a la cara, nos recibió con los brazos abiertos como a unos hijos perdidos, nos puso a la cabeza de la mesa y nos enseñó que en la vida se puede aún mejor.

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